La democracia está bajo ataque

El día en que Donald Trump se quiso tomar el poder a la fuerza

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Disparos en el Capitolio, congresistas evacuados, toque de queda en la capital y disturbios en las calles. Estados Unidos vivió su peor pesadilla y los republicanos son los únicos responsables de la crisis. En una maratónica jornada que se suponía debía transcurrir sin incidentes, el presidente intentó un golpe de Estado. ¿Qué sigue ahora?

Estados Unidos luce irreconocible. El miércoles, el Congreso se reunió para abrir y contar los certificados electorales de cada estado, un proceso que históricamente había sido un mero acto protocolario que ratificaba la victoria del presidente electo. Sin embargo, en la jornada de ayer, esta ceremonia se convirtió en cuestión de minutos en una pesadilla.

Cientos de seguidores de Donald Trump, quien aún se resiste a aceptar su derrota, entraron por la fuerza al Capitolio y causaron una emergencia en la capital del país motivados por el discurso incendiario de su líder, que buscaba detener el proceso y que lo declararan a él como ganador de los comicios en lugar de a su rival Joe Biden, presidente electo de la nación.

Como dijo el senador republicano Mitt Romney, “esta es una insurrección”. Uno de los objetivos de los manifestantes era quemar las papeletas con los votos para retrasar el conteo. Un esfuerzo sin sentido. El Archivo de los Estados Unidos guarda también copias de registro, al igual que las secretarías de estado de cada territorio. Sin embargo, si el personal de piso del Capitolio no hubiera agarrado las papeletas, la turba las habría destruido sin dudas, como advirtieron varios legisladores demócratas.

Tan pronto como llegaron las imágenes del asalto al Capitolio, que dejó una mujer muerta y varios heridos, los ministros de exterior de varias naciones comenzaron a pronunciarse sobre lo ocurrido. “Los enemigos de la democracia se están deleitando con lo que sucede en Washington”, dijo Heiko Mass, ministro de Exteriores de Alemania.

Estados Unidos dejó por un día de ser la nación que escribía comunicados rechazando el autoritarismo en otros países. “Estamos siguiendo con preocupación los desarrollos internos que están sucediendo en los Estados Unidos. Hacemos un llamado a todas las partes a la moderación y creemos que el país superará esto”, señaló el ministro de exteriores de Turquía, Mevlüt Çavuşoğlu. Una episodio histórico, sin dudas.

La alcaldesa de Washington, Muriel Bowser, se vio obligada a declarar el toque de queda en la ciudad luego de los primeros disturbios entre trumpistas y la policía. En la sede del Legislativo, los congresistas tuvieron que evacuar sus oficinas luego de reportarse bombas caseras y tiros en el recinto.

“No reconozco a nuestro país hoy y los miembros del Congreso que han apoyado esta anarquía no merecen representar a sus compatriotas estadounidenses”, señaló la representante demócrata Elaine Luria tras evacuar su oficina y escuchar disparos.

Pero el Capitolio no fue el único escenario de una insurrección del miércoles. Decenas de manifestantes en Olympia, Washington, en la otra costa del país, trataron de entrar a la mansión del gobernador del estado, Jay Inslee, quien tuvo que salir evacuado junto a su familia. También eran trumpistas.

¿Cómo llegaron a esto?

Luego de su derrota en noviembre, Trump continuó alimentando un discurso fantasioso en el que aseguraba que le habían robado las elecciones. Nunca hubo pruebas de esto. Y aunque presentó y perdió más de 60 demandas en varios estados, el mandatario no detuvo su retórica incendiaria. Y es que había mucho interés por mantener viva la ilusión en sus seguidores. Por ejemplo, Trump recaudó millones de dólares de sus incautos fanáticos para apoyar sus batallas legales, aunque el dinero, en su vasta mayoría, fue en realidad a parar a otro lado.

El republicano estaba dispuesto a hacer lo que fuera para mantener a sus fanáticos creyendo que todavía hay una mínima opción de quedarse en la Casa Blanca otro periodo. El dinero seguía fluyendo, mientras tanto. Incluso si todo implicaba ir en contra de la Constitución y tomarse la presidencia con su ejército de fanáticos armados, como lo vimos el miércoles, Trump mostró que era capaz de todo.

El problema para el presidente es que se le estaban agotando las vías para mantener la ilusión. El 14 de diciembre, el Colegio Electoral se reunió y certificó todos los votos de las elecciones. Ese paso, que Trump también buscó torpedear, sentenció la derrota del republicano frente al demócrata Joe Biden. Y también marcó el distanciamiento total con el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, quien reconoció ese día la victoria del candidato demócrata. Para Trump ese fue un acto de deslealtad contra él que no fue capaz de perdonar. Continuó tratando de atacar la democracia resistiéndose a aceptar la derrota. Luego de la certificación, el Congreso tenía que reunirse este 6 de enero para contar los votos como último acto protocolario. Aquí el presidente aprovechó esta instancia para desatar la tormenta final. Convocó a todos sus seguidores a marchar a Washington para “recuperar su victoria” en un discurso lleno de incitaciones a la violencia.

Para acompañar esta marcha subversiva, y legitimar su intento de golpe, el presidente les pidió a varios senadores que se opusieran al conteo agendado para el miércoles y que pidieran una nueva auditoría. Solo once senadores, liderados por Ted Cruz, se unieron a su causa. Pero la estrategia de Trump era el equivalente a vender humo. No había forma en la que esta oposición cambiara los resultados. La mayoría de los republicanos ya han abandonado a Trump, en especial el hasta ahora líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, y sin los apoyos de todos los senadores de su partido esta estrategia no tenía futuro. McConnell, de hecho, les pidió a los miembros de su partido que se abstuvieran de seguir el pedido del presidente.

Lo único que haría Trump con ello era extender el debate, el cual, tras el asalto al recinto, quedó suspendido. Pero el mandatario también les hizo creer a los suyos que el vicepresidente Mike Pence tenía el poder de rechazar los resultados. Eso era falso. Pence solo podía leer y contar los votos en el Congreso, no rechazar lo que el pueblo había votado. Él mismo lo aceptó, pero cuando lo hizo ya era muy tarde. Trump ya había convencido a sus fanáticos de que Pence tenía el poder para revertir los resultados, y cuando este no lo hizo, todos se fueron contra él. Comenzando por Trump. El presidente le echó la culpa a Pence de todo el desorden ocasionado por no haberse sometido a su plan fantasioso. Su ejército de fanáticos ya había entrado al Capitolio para tomarse el poder. La turba, según el portal BuzzFeed, llevaba planeando este ataque durante semanas.

La democracia está bajo ataque

Es fácil apuntar a Trump como el principal responsable de la crisis desatada en la capital, pero el presidente no es el único que debe responder por ello. Su círculo, el mismo que le acolitó lanzar batallas legales sin pruebas en varios estados, fue el mismo que lo acompañó a echarles gasolina a las llamas. Horas antes del asalto al Capitolio, el abogado del presidente Trump, Rudy Giuliani, pidió un “juicio por combate” para quienes intentaban “robarse las elecciones”. Los hijos del mandatario lo acompañaron y alentaron a una lucha en el Congreso.

Estas polémicas declaraciones pueden ser interpretadas como un discurso de sedición, por el cual el mandatario republicano y sus aliados podrían enfrentar investigaciones y cargos federales más adelante.

Pero quizá los mayores responsables son los líderes republicanos. A medida que Trump aumentaba su discurso incendiario, McConnell y compañía guardaron silencio. Dejaron que el presidente fuera alimentando la bomba que estalló el miércoles. Algunos continuaron agachando la cabeza luego de la decisión del Colegio Electoral en diciembre.

Uno fue Ted Cruz, quien dijo que pediría una nueva auditoría a los votos en el Congreso como se lo pidió el presidente. Esto dejó la esperanza viva en los trumpistas, pero era una esperanza falsa. ¿Por qué lo hizo Cruz? La respuesta es clara: todos quieren quedarse con el botín de Trump. Aunque haya perdido las elecciones, no hay que olvidar que el presidente obtuvo más de 70 millones de votos en 2020, a pesar de enfrentar un juicio político, a pesar de que el país se convirtió en el epicentro mundial de la pandemia de coronavirus.

“Las primeras especulaciones tienen a Cruz entre los republicanos que buscan la nominación presidencial de su partido en 2024, uno en una lista de nombres que cambiarán constantemente de acuerdo con las volátiles brisas de la opinión y la atención públicas. Los votantes republicanos están locos por Trump, y Cruz y todos los demás aspirantes quieren atrapar a tantos votantes como puedan cuando Trump deje la Casa Blanca. No importa cuándo suceda, ya sea en dos semanas o en cuatro años. La opinión de Trump es una preocupación a corto plazo para Cruz y compañía, pero esos votantes todavía estarán aquí: ofenderlos ahora podría ser costoso en cuatro años”, escribió Ross Ramsey, analista de The Texas Tribune.

¿Qué sigue tras el caos vivido en el Capitolio?

Esta era una tragedia anunciada que evidencia una tremenda pasividad de las autoridades para anticipar las crisis. En los últimos dos años, manifestantes pro-Trump armados se tomaron los capitolios de Michigan y Kentucky. El miércoles no se tomaron medidas para evitar una toma del Capitolio, aunque la amenaza era latente. La semana pasada, las viviendas de McConnell y de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, fueron vandalizadas. Las alarmas estaban ahí, pero nadie las escuchó.

De hecho, y uno de los aspectos más debatidos apenas estallaron los disturbios, fue la pasiva reacción de las autoridades. En algunos videos se observa cómo algunos manifestantes se tomaron fotos con la policía del Capitolio. En medio de la tormenta, la policía abrió las puertas para facilitar la entrada al recinto.

“Tenemos que dejar que hagan lo suyo ahora”, dijo un oficial en el Capitolio, según The New York Times.

El episodio del miércoles reveló las fallas que causó la ambición del Partido Republicano por recuperar el poder. Trump fue un fenómeno que se salió de control. Como el propio Partido Republicano dijo en un mensaje horas antes de la toma, elegir a Trump “fue un trato con el diablo”. Y aunque el partido invitó a sus seguidores a ver el lado positivo -”recuperamos las cortes”, dicen- el costo para los republicanos y para el país es abismal. Ante los ojos del mundo, la democracia estadounidense quedó pendiendo de un hilo.

Estas dos semanas serán intensas. El Congreso retomará sus labores y reconocerá a Biden como el presidente de la nación, quien en un mensaje, lamentando la situación en el Capitolio, llamó a la calma.

“Prevaleceremos. El trabajo de este momento y el de los próximos cuatro años tiene que ser la restauración de la democracia”, concluyó el presidente electo.

Por otro lado, se avecina una tormenta aún mayor. La representante demócrata Ilahn Omar comunicó en la tarde del miércoles que ya estaba redactando los artículos necesarios para un nuevo juicio político al presidente. Esta vez el cargo sería mucho más grave que los presentados en 2018: conspiración por sedición. La muerte de una mujer en medio de la insurrección solo complica el panorama para el presidente. Él es el principal responsable de la situación.

No hay que olvidar que todo esto llegó la misma semana en la que se divulgó una llamada en la que Trump le rogó a un funcionario electoral de Georgia que le ayudara a “conseguir” los votos necesarios para revertir el resultado electoral. Razones para enjuiciar al mandatario sobran.

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