Dos visiones de la declaratoria de independencia catalana

Una Cataluña dividida

El conflicto que provocó las aspiraciones independentistas de una parte de los catalanes aumentó la brecha con quienes están en contra. Muchos piensan que la situación nunca debió haber llegado a este extremo y anticipan un camino precario.

Una mujer reza antes de la declaratoria de independencia; nadie sabe qué puede seguir. / AFP

“Empieza una fiesta fea”

Elvira Sánchez*
Soy catalana. Tengo 68 años y nací en Barcelona. Enseñé a mis hijos catalán. Amo esta tierra como cualquier otro que haya nacido acá, pero estoy en contra de la independencia. Soy de izquierdas y partidaria de una Europa grande y no de hacer países pequeños. No me gusta el futuro de una Cataluña independiente que se convierta en un paraíso fiscal, como Luxemburgo o Andorra.

La ola del independentismo se formó cuando el Partido Popular de Mariano Rajoy (PP) presentó un recurso de inconstitucionalidad contra el nuevo Estatuto de Cataluña del 2006. Es curioso ver que el Partido Popular recurrió 30 artículos del estatuto de Cataluña mientras que los mismos están vigentes en el estatuto de Andalucía.

En las últimas elecciones del 2015 ganaron los que no querían la independencia. Los dos partidos independentistas, Juntos por el Sí y Candidatura de Unidad Popular (CUP), ganaron sólo el 48 %, que no representa la mayoría. Sin embargo, en el Parlamento, traducido en escaños, sí que tienen la mayoría absoluta. Ocuparon 72 escaños de un total de 135. Los partidos proindependentistas creyeron que habían ganado, empezaron el pleno con el himno de independencia. Se han apoderado de Cataluña.

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El 6 y el 7 de septiembre de este año anularon artículos del estatuto catalán y aprobaron la ley del referéndum y de la transitoriedad. Para hacer esto necesitan 90 votos, pero ellos tiraron adelante con 72. Cuatro escaños por encima de la mayoría absoluta. La intención de la ley del referéndum fue legalizar la consulta del 1º de octubre (1-O), que fue suspendida por el Tribunal Constitucional.

En el referéndum 1-O no dieron ni la posibilidad a los políticos de hacer campaña para el No. Los que organizaron el referéndum sólo querían una gran participación ciudadana. Los síes y noes les daban igual. Querían mostrar que había mucha gente que quería votar. Yo no fui a votar. No iba a regalarles mi voto, aunque hubiera votado que no.

Lo que pasó ese día fue una vergüenza, pero la participación les daba la razón para seguir adelante con el proceso de independencia. Creo que la situación se manejó muy mal. Ha habido un desencuentro total por ambas partes. Los independentistas querían el diálogo, pero la única opción de que querían hablar fue: independencia, sí o sí.

Como respuesta a la declaración unilateral de independencia (DUI), el Senado ya aprobó el artículo 155. Ya está en marcha. Empezará otra fiesta. Una fea. Muy fea. La solución estaba en las manos del presidente Carles Puigdemont. A través de la convocación de nuevas elecciones autonómicas podría haber frenado el artículo 155. Se echó para atrás. El viernes, el presidente del gobierno Español, Mariano Rajoy, nos pidió estar tranquilos. Yo no lo estoy, se ha abierto la caja de Pandora.

* Ciudadana catalana

La resiliencia catalana

Anna Josa*
La resiliencia es la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas. Por ello, no es extraño que Cataluña celebre su día nacional el 11 de septiembre, para conmemorar la resistencia a una derrota. Barcelona cayó el mismo día en 1714 frente a las tropas de los borbones —actual dinastía monárquica española—, que reprimió brutalmente a la población, estableció una monarquía absolutista, prohibió las instituciones catalanas y cualquier expresión de su cultura y su lengua, el catalán.

Esta práctica también se llevó a cabo durante la dictadura franquista, después de una guerra civil que también aniquiló y exilió a buena parte del republicanismo y la izquierda española. Cuando murió —en la cama— el dictador Francisco Franco en 1975, se llevó a cabo la transición y el restablecimiento de la democracia española. Esta transición, lejos de incomodar a ciertos sectores y al ejército, no supuso una reforma democrática y social profunda.

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Como catalana y de izquierdas, siempre he pensado que la cuestión del encaje entre Cataluña y España nunca se ha querido resolver y, como suele pasar, ha sido por falta de voluntad política. A lo largo de los 40 años de democracia, el independentismo catalán, un movimiento que hasta estos últimos 10 años había mantenido un perfil bajo, se ha cargado de razones políticas y sociales, además de las ya existentes a nivel cultural y económico. Lo que ha sucedido esta última década es la historia de un Estado español que ha sido incapaz de dar respuesta a las innumerables peticiones de diálogo catalanas. Desde el recorte de un Estatuto de Autonomía a manos del Tribunal Constitucional en 2010, pasando por ignorar el reclamo de más autogobierno, de reformar la Constitución, de hacer una consulta no vinculante y, finalmente, de hacer un referéndum pactado.

Este ninguneo constante de España hacia Cataluña —con la complicidad de gran parte de los medios de comunicación de Madrid— ha hecho que Cataluña saliera a la calle y levantara la voz, pero el inmovilismo y la intransigencia del gobierno de Mariano Rajoy, del Partido Popular, ha hecho más por la independencia que los mismos independentistas, como se vio en la brutal represión policial durante el referéndum del 1º de octubre. Yo misma, sin estar de acuerdo con el centro derecha catalán, que ha encabezado el proceso, y sin haber sido independentista, celebro la declaración de independencia y rechazo completamente los agravios estatales a este movimiento de amplia base social, transversal, cohesionado, pacífico y sostenido en el tiempo más importante que ha existido en Cataluña.

La proclamación de la República Catalana es fruto del legado de Rajoy y de unas élites españolas —también del Partido Socialista— que, incapaces de hacer política, han optado por refugiarse bajo la idea neocolonialista de la “unidad de España”. La sociedad civil catalana, con una demanda legítima y democrática, no se ha resignado ante unas amenazas injustas y retrógradas.

* Periodista catalana.