Hay 32.000 venezolanos en México

Una Venezuela sin millones de sus hijos

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 90 países reciben migrantes venezolanos. Aunque la crisis se concentra en Colombia, Ecuador y Perú, México también recibe a miles de personas de ese país.

Desde 2017 empezó una de las migraciones más criticas de venezolanos que salieron a otros países. / EFE

En una casita pintoresca que acoge a refugiados en la colonia Roma de la Ciudad de México, en una placa de metal se lee: “¿Habrá una razón más poderosa que la guerra para hacer las maletas?”. Millones de venezolanos creen que sí. El hambre, por ejemplo, la mayor inflación de la historia de su país, la inseguridad, 73 asesinatos cada 24 horas.

Zakarías todavía no cumplía los treinta cuando recibió un correo electrónico desde México hasta su casa en Barquisimeto, al noroeste de Venezuela. “Si tienes la oportunidad de irte, vete. No quieres quedarte como yo, que no tengo ni para comer”, dijo el papá del joven escritor en una estación de autobuses cuando se enteró de que habían invitado a su hijo a la Feria del Libro de Hidalgo en México.

Era comienzos del 2016 y Zakarías Zafra decidió escapar, “no del país, sino de mí mismo”, explica sentado en una silla zancona frente a un auditorio de aproximadamente cien venezolanos que hoy están en el Museo de la Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México, para apreciar una conferencia multimedia donde migrar evoca, duele, da esperanza, invita a la paz: #BoardingPaz.

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¿Qué pasaría si no regreso de este viaje?

¿Acaso me atrevería a irme así?

¿Sin despedirme de nadie?

¿Dejando todo atrás de golpe? Cuatro preguntas a cuestas, un boleto de avión invitado desde México, su mejor ropa y dos libros marcaron el adiós de un escritor con pantalones rojos que ahora camina en una tarima como queriendo explicar esos pasos migrantes que dejan una Venezuela sin millones de sus hijos.

Zakarías tiene nombre y apellido de reguetonero latinoamericano, pero en realidad es un textoservidor que resiste desde la escritura. A comienzos del 2016 todo era incierto en Barquisimeto y en toda Venezuela. Recuerda con un dejo de molestia los racionamientos eléctricos de hasta cuatro veces al día, las dificultades para conseguir productos básicos de aseo personal, “una cotidianidad de queja y de encierro”.

Tomó el boleto de avión de Venezuela a México y no regresó. Era un hecho: se iba.

Para entonces, las imágenes de cientos de venezolanos cruzando la frontera con Colombia a pie llenaron de fotografías la prensa de América Latina, pero el éxodo iba más allá. Con él, la incertidumbre de un país nuevo, la nostalgia de la tierra atrás, la despedida rapaz y dolorosa de tener que irse del lugar donde se anclan raíces. Niños, jóvenes, empresarios, petroleros, clase media, alta y baja, pasaportes vencidos, personas sin estatus migratorios, “grupos sin estadísticas”, precisa Zafra antes de tocar en una especie de órgano conectado a la computadora, una melodía más triste que otra cosa.

Hace más de un lustro, Venezuela abrió las puertas de su casa para acoger italianos, colombianos, chilenos, argentinos. Todos huían de la guerra, la persecución política, la dictadura, la guerrilla, el narcotráfico. Pero la historia los pone hoy del otro lado: ahora son ellos, los venezolanos, los que ocupan más de 90 países en el mundo. En México residen 32.000.

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En los años 90 salieron del país suramericano los primeros empresarios. En el 2003 el turno fue para los petroleros y en el 2017 comenzaron a salir jóvenes y trabajadores de todas las clases sociales. Salieron mujeres, creció la cifra de expatriados, se llenaron cientos de solicitudes de asilo y se fue, de uno en uno, la Venezuela que estaba en un solo lugar al sur de América Latina.

Zakarías invita a entretejer unos versos colectivos para cerrar la tarde de domingo: “Migrar es tocar tierra sin mi familia, tierra donde extrañar se vuelve tu apellido. Abrazar un silencio sordo, anidar una grieta, volver a comenzar… dejar de ser de algún lugar es hacerse infinito”.

Acoger o deportar

Alicia Núñez es una psicóloga venezolana que lleva 18 meses radicada en Michoacán. Antes había migrado a Buenos Aires (Argentina), pero desde que pisó suelo mexicano “todo comenzó a fluir mucho mejor”. Ese 2017, cuando Alicia llegó a México, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) recibía más de 4.000 solicitudes de asilo de venezolanos que, como ella, buscaban un futuro.

Cuatros años atrás (2013), en México sólo existía una solicitud de asilo venezolana documentada en la Comar. En el 2016 ya eran 361 y hoy día, Venezuela es el segundo país del que más solicitudes de asilo se reciben en México, y está por desplazar a Honduras, la nación centroamericana que lucha contra las pandillas de las maras salvatruchas y sus rivales desde hace más de una década.

El mexicano te dice: “Bienvenido a México” y ya con eso Alicia siente el alivio que necesita todo migrante. Cuando le preguntan por qué millones de venezolanos huyen de casa, la psicóloga hace una pausa y piensa en sus dos hijos que están con ella en México y los millones de niños venezolanos que hoy no tienen acceso a pañales ni comida.

Pero no todo es miel sobre hojuelas para los migrantes venezolanos en México. Las rígidas políticas migratorias mexicanas son conocidas por millones de extranjeros que radican en territorio nacional. Si vienen a estudiar, no pueden trabajar. Si quieren trabajar legalmente, deben irse a su país de origen y esperar una carta de un empleador que pida por el migrante. Si lo que buscan es asilo, aunque se especifica que el trámite tarda 45 días, hay varios venezolanos que llevan más de 15 meses esperando una respuesta satisfactoria.

Eso y el acecho de los grupos de delincuencia organizada y narcotráfico ubicados en las frontera con Estados Unidos, que esperan la llegada desesperada de migrantes centro y suramericanos para robarles lo poco que llevan, venderles servicios de protección o asesinarlos.

Los aeropuertos mexicanos son el coco que deben enfrentar muchos migrantes. Autoridades del Instituto Nacional de Migración regresan a cientos de ecuatorianos, colombianos y venezolanos aun con visa de trabajo pegadas en sus pasaportes.

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Marcela Betancourt llegó hace 14 años a México, cuando la deportación sistemática de venezolanos todavía no era una constante. Es arquitecta y museógrafa. Vive en un país con un presidente electo de izquierda, pero eso no la atormenta porque tiene claro que “la historia de Venezuela es una y la de México otra”.

La fuga de talento profesional venezolano quedará algún día en los libros de historia, así como la reciente crisis humanitaria que desborda sus fronteras. Sael Arellano se radicó en la Ciudad de México, pero salió de Venezuela en el 2008, cuando vio que “perdía un país”. El desempleo crecía, la desesperanza también, y con ellos el miedo de que su esposa y sus hijas no vieran un futuro digno. Es ingeniero petrolero y ahora escucha desde la distancia de su tierra natal, los testimonios de cómo miles de trabajadores de la industria energética de su país han seguido sus pasos y abandonado Venezuela por los bajos salarios.

“México ya es mi país”, dice el ingeniero con una suave sonrisa. Él y su familia son naturalizados mexicanos. Ninguno tiene el pasaporte color vino venezolano; ese se venció y ha sido imposible renovarlo.