Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 12 horas

Venezuela: “diálogo” es una mala palabra

Después de años de choques, la posición del oficialismo y quienes lo enfrentan parece ser irreconciliable. Aunque es más necesario que nunca, las puertas del diálogo parecen estar cerradas en Venezuela.

AFP

En Venezuela, desde hace muchas décadas, prosperó una cepa local de antipolítica que, entre otras consecuencias no deseadas , tuvo el advenimiento de Chávez al poder.  

La antipolítica  (uso esa voz en la acepción favorecida por la sabiduría convencional periodística) sigue obrando lo suyo entre los venezolanos. En especial entre quienes, para facilidad discursiva, llamaré la “masa” opositora, por oposición a la “dirigencia política” opositora.

Los accidentes de estos últimos dieciocho años han hecho que la idea de una negociación entre los bandos que mueven nuestra política sea anatema para un número significativo de venezolanos opositores   al gobierno.  Hablando en general,  las suspicacias se excitan muy especialmente cuando  asoma la palabra “diálogo”:  los venezolanos tienen a fundir su significado con el de trapisonda, pacto vergonzoso o compraventa.

El morbo es, digámoslo de una vez, más acusado en la masa opositora.  Comenzó a manifestarse tan temprano como 2001, cuando tuvieron lugar las primeras marchas multitudinarias de la oposición.  La percepción, errada o no, de que se estaba en mayoría alimentó su intrasigencia.

Por otra parte, el chavismo ( el de Chávez  y el de Maduro) ha recurrido a la noción de diálogo cada vez que ha necesitado un respiro. Y como en cada caso ha defraudado  toda buena fe, la palabra  “diálogo”, en boca suya, suscita suspicacia cuando no franco rechazo.

Algo llamativo es que las  cabezas de ambos bandos procuran no desatar las iras de sus minorías intransigentes y, con  ello, han incurrido en lo que la jerga leninista llamó “seguidismo”.  Así, la dirigencia opositora  ha obrado, en varias ocasiones,  más atenta a las encuestas o las TL del Twitter.  

Desde fines de marzo, este año, la dirigencia opositora se vio forzada a  recuperar el crédito perdido en las gesticulaciones, finalmente inconducentes,de un diálogo promovido por los expresidentes  Samper, Fernández y  Rodríguez  Zapatero, y visto con buenos ojos hasta por el Vaticano. El episodio, como es sabido,  no paró en nada y la dirigencia opositora se vio blanco de fulminantes dicterios: traidores, colaboracionistas, “enchufados”, etc.  

Al tomar la calle para denunciar el “golpe constitucional” de Maduro, ciertamente los  líderes de oposición se pusieron al frente de protestas sumamente justificadas, pero entre sus motivaciones estuvo también, sin duda, el agradar a quienes pedían acciones “rudas” destinadas a generar tal ingobernablidad  que forzase la intervención de un ser mitológico: el militar constitucionalista de oposición.

El pulso entre Maduro y “la calle” ( la insurreción civil que en tras meses arrojó saldo de 120 muertos)  ha terminado en una situación de dualidad de poderes en la que ninguna de las dos partes luce capaz de neutralizar los designios del contrario.

La consolidación del propósito totalitario madurista es para muchos solo  aparente: su ineptitud ante los enormes problemas que enfrenta la sociedad venezolana delatan la debilidad esencial que caracteriza el actual trecho  de su mandato. Y los tiránicos hechos de Maduro ( mata al reprimir, encarcela, inhabilita, cohonesta la barbarie de los cuepos represivos y de los paramilitares, etc. ) se compadecen poco de sus ocasionales llamados al diálogo. 

Por otra parte, la oposición se muestra renuente a debatir con sosiego la estrategia que la nueva situación reclama. ¿Acudir a elecciones  regidas por un CNE recusado  hasta por la ONU, o continuar en la calle, poniendo los muertos? 

No parece que el debate, tan necesario, pueda desarrollarse en calma. Para mal de Venezuela,  porque nada le vendría mejor que un diálogo franco y crucial.

  @ibsenmartinez