El rapero de la Comuna 13 que le quita niños a la guerra

Las operaciones militares que dejaron cientos de víctimas en la comuna 13, marcaron la vida de Jeihhco, años en los que “los sonidos de la guerra no paraban” y que lo llevaron a buscar la pacificación de la zona a través de la música.

El Grifitour es una de las banderas para el cambio de imagen de la violencia en la Comuna 13, en Medellín. Mateo Jaramillo.

Esta es una de las 16 crónicas de "Sin armas ni nombre propio", trabajo ganador del premio nacional de periodismo del Círculo de Periodistas de Bogotá en la categoría tesis de grado.

La estrella de Orión 

 

"Amamos y sentimos todo el día el Hip?hop, pero también rechazamos muchas cosas malas que han pasado en la Comuna 13 y las contamos para que no se repitan". Jeihhco


Si usted llega a la Comuna 13 de Medellín y pregunta por Jeisson Alexander Castaño puede que nadie le sepa dar razón de él, pero si decide recurrir a las señas y relacionarlo con el Graffitour, La Morada o el Hip?hop de C15, sabrán a quién se refiere: Jeihhco.
Su nombre artístico nace de la mezcla de tres palabras que bastan para definirlo: Jeisson, Hip?hop y Colombia; esa patria de la que habla con orgullo, la misma donde creció viendo cómo los grupos armados herían sin discriminar en las calles de su barrio.
Este rapero tiene 28 años, es de contextura gruesa, al igual que su voz; usa aretes, pantalones anchos, camisetas con estampados, barba de pocos días y una gorra de visera plana. En sus versos solo destila ternura, como lo hacen sus ojos cuando brillan. Sus pupilas se agrandan lo suficiente cuando habla de su trabajo, al igual que cuando escucha el nombre de su hijo.

?Jeihhco, ¿a Juan David le gusta el rap? ?le pregunto, luego de haberlo oído hablar orgulloso de su hijo por más de una hora.

?Sí, yo por ahí le he oído unos versos.

?¡Ah!, ¿entonces él también canta?

?No, a él le da pena. Yo le digo que cante conmigo, pero solo lo hace cuando estamos solos, en público no le gusta.

Fue padre joven, no había llegado ni a los 20 años cuando la vida le dio a ese “enano”, como le dice cariñosamente. Él representa todo lo que es, lo que hace y lo que sueña. El pequeño Juan David siempre quiere estar a su lado, lo ve como un ídolo y él sabe que su pequeño ya quiere devorarse el mundo. Y es que a su escasa edad ya usa gorra, igual que su papá, toca la guitarra y monta patineta.

Hace menos de un mes estuvieron de gira, juntos, en México. Era la primera vez que el “enano” salía del país. Visitaron los parques y disfrutaron como niños en cada una de las atracciones.

Este paisa ha logado traspasar las fronteras del país para promover su cultura.
Ahora es famoso. Sale en portadas de periódicos, lo entrevistan en radio y televisión, fue nominado por la Revista Semana como uno de los mejores líderes de 2012 y es un activista en redes sociales.
También es un hombre humilde, habla con el corazón en la mano y aún no se cansa de contar su historia.

La primera vez que oyó el sonido de la violencia tenía cuatro años. Estaba en la tienda de su abuela, en la Comuna 13. A las 10:00 p. m. tuvo que ver cómo mataban a tres personas. Corría el 89, los grupos al margen de la ley comenzaron a dominar el sector, marchaban, cantaban himnos e impartían sus juicios. Pero solo fue hasta el 94 cuando las milicias populares se dividieron y repartieron los barrios, crearon fronteras entre las calles de los vecinos. Hacia allá las Farc. Hacia acá el Eln.

En ese momento cambiaron los sueños de Jeisson. Su mamá, preocupada por lo que pasaba, decidió trasladarlo a un colegio ubicado en el barrio Santa Mónica de la Comuna 12. Más lejos, pero con mayor seguridad.

Este joven comenzó a ver las diferencias entre sus nuevos y antiguos compañeros, conoció las brechas sociales, entendió como cientos de personas tenían dinero de más, mientras que miles aguantaban hambre.

Se estrelló con otra ciudad a unas pocas cuadras de su viejo vecindario. En una clase de sociales del nuevo colegio, una de sus compañeras preguntó qué era lo que pasaba en la Comuna 13, por qué encabezaba los titulares de los noticieros, qué la hacía diferente a las demás. La versión del profesor no mostraba todo el panorama de la vida de Jeihhco y sus vecinos, o por lo menos eso le refutó el rapero.

?Yo me paré y les expliqué la situación ?me cuenta recordando la indignación que lo invadió cuando por primera vez oía un relato parcial de su querida comuna?. Les dije por qué habían llegado las guerrillas; y la importancia de su ubicación geográfica: puede brindarle a la ciudad el desarrollo que llega del Puerto del Urabá, Santafé de Antioquia y San Jerónimo, o traer las disputas por la competencia de las drogas y las armas.

Aunque Jeihhco no tenía grandes amigos, sí se convirtió en un referente. El presente de su barrio no era gratis, había una historia detrás y un complejo universo social que sus nuevos compañeros y su profesor no entendían.

?Me volví el líder chévere, eso sí, sin serlo para los profesores que me veían como “pirobo” ?toma un poco de aire para continuar?. Los tres primeros meses de clase saqué las mejores notas porque me la pasaba estudiando. Pero a veces se me salían lágrimas de la tristeza.
Esta frustración lo obligó a refugiarse en la lectura. Conoció a José Saramago ?su favorito?, a Gabriel García Márquez, a Héctor Abad Gómez, leyó Las aventuras de Tintín y entendió qué era la poesía erótica. Pasaba sus días alternando los libros con su deporte favorito: el basquetbol. Al club de lectura de la biblioteca asistía todos los sábados, fue huésped tiempo completo de lo que Borges llamaría el paraíso en la tierra. Según cuenta, se dedicó tanto a las novelas que dejó de ir a clase, lo que se reflejó en sus notas y un séptimo grado perdido. Sin embargo, como cuando se lo propone, el año siguiente fue alumno distinguido.

?Para mí fue una gran lección, porque entendí el esfuerzo que hacía mi mamá para que yo pudiera tener mis tenis de basquetbol.

Tanto así, que obtuvo el mejor puntaje de su promoción en el examen de Estado. Ni el mismo lo podía creer.

En esa época todavía no se involucraba en los gajes de artista ni de activista. Era un simple adolescente con la clara visión de que la violencia estaba junto a él pero no de su lado.
Su voz no revela su edad. Habla con firmeza y seguridad, conoce bien el pasado de la 13. Narra con su historia, la de sus vecinos y con la cadencia del acento antioqueño, un pasado que no quiere que se repita.

Cuenta que para el fin del siglo XX, era normal ver en las calles grupos de 30 guerrilleros que bajaban del monte. Mientras se refugiaba en su casa por el toque de queda impuesto por los milicianos, antes de que la luna pudiera alumbrar las paredes de las casas, afinaba el oído junto a sus amigos, ya fuera por el retumbar de los revólveres o por los versos de los raperos locales.

?Para ese entonces ya éramos expertos en el sonido de las armas, lográbamos adivinar de dónde salían las balas. Había un pelado de 12 años que aprendió a reconocer cuál estaba sonando: un AK 47, una pistola, una ametralladora, cuándo era pólvora y cuándo eran balas de fuego.

***

Es sábado 14 de julio de 2012 y Medellín tiene un verano más caluroso de lo normal.

?Algunos hablan de 6 y otros de 11 ?se refieren a las operaciones armadas de las que ha sido víctima la Comuna 13: Otoño, Antorcha, Contrafuego, Mariscal, Potestad y Orión ?recita como en un examen escolar.

Pasa un poco de saliva y con efusión habla del 21 de septiembre de 2002, cuando se ejecutó la Operación Élite Hip?hop. Esta vez no fueron los helicópteros ni los fusiles los que sacaron a los paisas de sus casas. Los micrófonos y las líricas sirvieron de armas y municiones. No era una operación violenta. No. Fue un festival de música que crearon bajo el lema “En la 13 la violencia no nos vence”, con el que le indicaban al país un camino distinto, uno en el que no caerían más personas en sus calles y la sangre no sería la encargada de pintar sus paredes.
Pocos fueron los efectos de esta batalla musical sobre las autoridades. El 16 de octubre se evidenció que los violentos no habían entendido su mensaje. Llegó lo que Jeihhco denomina una ofensiva sin precedentes en la historia patria: la Operación Orión.

?Dos helicópteros Black Hawk ametrallando indiscriminadamente sobre una comunidad ?recita este rapero con la misma velocidad de sus canciones?. Más de mil hombres armados de las fuerzas estatales. El Instituto Popular de Capacitación habla de mil paramilitares. En cifras: 72 muertos y más de 300 desaparecidos que el 9 de abril de 2012 la Sala Penal de Justicia reconoció que estaban en la escombrera de la Comuna 13. Sergio Fajardo, Aníbal Gaviria y Alonso Salazar, exalcaldes de Medellín, han dejado que funcione.

Esta fue una de las primeras acciones del gobierno de la Seguridad Democrática de Álvaro Uribe Vélez, quien se posesionó un par de meses atrás como Presidente de la República.

?El festival Hip?hop era una revolución sin muerte ?pasa la mano por su gorra naranja en la que se leen una “N” y una “Y” ?. Amamos y sentimos todo el día nuestra música, pero también rechazamos muchas cosas malas que han pasado en la Comuna 13. Por eso las contamos, para que no se repitan. Así que: let's go.

Esa es la introducción al Graffitour, un recorrido de tres horas por las calles de la 13, lleno de colores en los murales, aromas en las aceras e incluso sentimientos encontrados de tristeza y orgullo cuando ven la imagen en la pared de sus “parceros”: los caídos bajo el régimen de quienes piensan que con armas se construye la democracia.

Caminamos dos cuadras y encontramos una pared con cinco rostros en blanco y negro, y un gran “A la memoria” en tonos azules y morados. El turno para hablar es de “El Perro”, como llaman a un grafitero que hace parte de 'Parcharte', un colectivo en el que unen la música, el baile y el arte de pintar con aerosol. Él se encarga de explicar las técnicas y los estilos con los que hicieron este mural.

?Es un homenaje a estos “parceros” ?dice “El Perro”, un paisa de corta estatura, con la misma actitud de los raperos urbanos?, por su lucha, por mantener los sueños y los recuerdos. Creemos que se muere es cuando se olvida, no cuando se va de esta tierra.

Jeihhco se gira. Enumera las historias de los rostros del mural frente a nosotros:

?“Kolacho” fue asesinado el 24 agosto de 2009 a las once de la noche cuando caminaba en su barrio Eduardo Santos. Andrés Medina, de la corporación Son Batá, cayó el 4 de julio de 2010, un domingo a las seis de la mañana mientras esperaba a un amigo en una frontera invisible. Fue un tiro por la espalda. “Chelo”, del grupo Escalones, se fue un jueves 5 de agosto luego de cruzar la frontera invisible entre las comunas 12 y 13. El 13 marzo de 2002, un domingo, se llevaron al “Gordo”. A las dos de la tarde dos hombres desconocidos llegaron a su casa y
lo mataron. El 24 de marzo callaron a “Yhiel”, un pelado de 17 años del grupo “Rutadifusa”, a las ocho de la noche, mientras iba del barrio El Socorro al Antonio Nariño.
Sigue siendo una realidad a la que no se acostumbran.

?Pasar por acá y ver el muro de hacer memoria, de los “panas”, los rostros de los “compas”, es un aliciente para seguir trabajando. Todas esas metas, lo que nos dijimos en las canciones, en medio de borracheras en las esquinas, pasan otra vez por la cabeza. Son un motor. Por eso nos decimos: no podemos parar.

Esa es la primera estación del recorrido.

Seguimos caminando varias cuadras y vemos los muros pintados. La madre monte nos mira desde uno de ellos. De allí seguimos camino a “La Morada”, una casa de dos pisos en el barrio San Javier y que, como lo dice su nombre, es de color púrpura. Es un colectivo hecho por jóvenes con el apoyo de todo el que quiera proponer y crear iniciativas para la comunidad. Allí los grupos musicales pueden ensayar, también es la sede de su emisora que funciona por internet y el lugar en el que se reúnen día a día a pensar nuevas ideas.

El anfitrión del día es “Aka”, un rapero y estudiante de licenciatura en artes plásticas. Su mayor pasión es la tierra, nos ofrece una aromática ?o “senserótica”, como él la llama? con las plantas que cultiva en pequeñas materas de plástico. Su huerta es pequeña en comparación con la de Loma Linda, un lugar al que no ha podido volver porque los violentos lo amenazaron. Así que ahora, desde la parte baja de la Comuna, sigue en contacto con lo rural y recuerda las matas religiosas que dejó atrás. Para él son mágicas. Son parte de su vida, se resiste a dejarlas. Por eso, a través de su programa radial “Aradores: arando la tierra para sembrar amor”, labra entrevistas y cosecha puntos de vista para la reconciliación.

 

 

Jeihhco y Aka relatan la historia de la Comuna. Foto: Mateo Jaramillo

 

***


Escarbando en sus recuerdos, me cuenta de su infancia. Dice que nunca fue testigo de un reclutamiento forzado, pero sí vio cómo la guerra se llevó a muchos de los de su generación.

?Los ponían a hacer mandados, ellos ayudaban y así los iban entrenando: los enviaban a patrullar. La gran mayoría ni siquiera era del barrio, venía del monte. Una noche de 2002 recuerdo a la gente bajando sucia y empantanada. Le pregunto cómo podía vivir así.

?Hay un vicio que tenemos los seres humanos: normalizamos todo. Entonces, al escuchar las balas nos escondíamos y al rato salíamos. ?Responde con cara de frustración y una mirada inclinada al piso?. En estos días he estado escribiendo mucho, debería sacar un libro. Algún día.

Jeihhco: el rapero

En 1996 llegó una familia de Bello, Antioquia, a la Comuna 13. Él se hizo amigo de los dos hijos de la casa, compartían videojuegos acompañados de esa música que él no conocía: el rap.
?La cabeza inconscientemente se me empezaba a mover ?recuerda que el primer casete que le prestaron era del grupo Public Enemy, luego La Etnnia, después Rap España de Puerto Rico y de ahí pasó a los grupos locales, que para la época ya estaban en furor en la ciudad.

Comenzó a tener amigos raperos. Su gusto lo denomina algo mágico. Confiesa que no se dejó contagiar por el furor del rock. Los hermanos cantaban, pero él era muy tímido para eso y aunque se sabía las canciones al derecho y al revés nunca lo hacía en público. O por lo menos hasta un concierto en el barrio Antonio Nariño, donde debutó como artista en un homenaje a “El Loco”, uno de los hermanos que murió de cáncer.

Así llegó al rap y desde ese momento no se ha podido escapar de los “fraseos”. Su vida transcurre en C15, el grupo que se ha convertido en su segunda familia. Allí cantó con “Kolacho” hasta que en 2009 lo asesinaron. El final de este líder convocó a decenas de artistas en torno a una nueva escuela de Hip-hop, donde nació “Aquí sí hay amor”, una de las canciones con la que le rinden tributo a su tierra, un rap que nació sin planearlo.

Un día estaban reunidos, listos para grabar un video y Jairo, el corista, dijo que todas las noticias que sacaban de la comuna eran muy negativas ?lo que le recordó a Jeihhco su época de colegio? así que decidió que ellos serían los encargados de cantar los atributos de sus barrios.

?¿Cómo así que solo muertos?, cuando mi mamá me abraza yo no siento la muerte, ahí siento la vida ?dijo su compañero y entonó el coro.

?Todos contaron lo que es la 13 y yo hice una invitación para los que no están acá. Para que estén con nosotros y se den cuenta de lo que hay, ?dice Jeihhco antes de comenzar a cantar.

Amores que vienen y van,
esperanzas que no morirán.
Se siente en mi gente otro ambiente, latente.
Te invitó a que visites esta tierra de occidente.
Puro amor, pura pasión.
Son luchas con corazón
Camina por mis calles,
ven conoce mi versión.
Un mundo con otros colores, olores, sabores, mejores amores
soñadores, autores,
de la felicidad gestores,
Somos nosotros los hacedores de propuestas contra el dolor,
propuestas que te retumban
y te dicen que aquí sí hay amor,
Aquí sí hay amor, amores
Porque aquí sí hay amor
Hay ilusión
Hay corazón
Hay sentimiento
De gente que lucha por lo que siente
Se puede cantar,
se puede jugar,
se puede rayar,
se puede pintar,
se puede pensar
Amar y sonreír

Después de eso la grabaron y ahora las nuevas generaciones la reconocen en las calles de sus barrios. Eso lo llena de energía y dice que en un futuro ve a la Comuna 13 como un territorio de artistas. En cuanto a sus logros personales, espera estar en 10 años viajando por todo el mundo llevando mensajes de paz, los mismos que compone en la cancha del barrio Cuatro Esquinas, donde ha vivido siempre, donde se concibe a sí mismo y se siente más Jeihhco.
Para este rapero todo puede ser mejor, pero no saca de su mente los hechos de principio de siglo, las violentas operaciones militares en su comuna y las crudas historias de quienes habitaban el barrio.

Durante la Operación Mariscal una bala hirió a un niño de 13 años mientras veía televisión. La madre del pequeño salió a pedir ayuda y Wilmar, su vecino de 16 años, fue a auxiliarlo, lo alzó y cuando iba bajando las escaleras hacia la clínica, los militares le dispararon desde La Escombrera, el lugar donde reposan los desaparecidos. Intentó refugiarse con el herido en una casa, pero le dieron un balazo fulminante en el pecho.

Los sonidos de la guerra seguían uno tras otro, se escuchaban los tiros, no habían parado en ocho horas. Como un milagro, el estruendo cesó luego de que una niña de 12 años y su mamá sacaran sábanas blancas y comenzaran a caminar hacia los heridos; a ellas se fueron uniendo más y más vecinos.

En dos minutos en la cancha de fútbol del barrio 20 de julio había 300 personas.
Parecía una bola de nieve.

Jeihhco aún recuerda ese día en el que el niño de 13 años se salvó y Wilmar murió en su intento por salvarlo.

Esa muerte sigue en la impunidad, como la de tantos crímenes que no se quieren ir, porque la violencia quiere quedarse en la 13. Raperos, artistas, estudiantes y vecinos siguen siendo silenciados.

Por ahora, Jeihhco y sus parceros le siguen cantando al fundador de su grupo C15, “Kolacho”, y hasta le compusieron “Homenaje”.

No lloraré, caminaré entre aquellas sonrisas
Viviré, recordaré que por mi siguen juntas nuestras vidas
Recuerdos imborrables hasta el fin de mis días
Espero que no sea pronto
Sigo, continuo, mis problemas los afronto
No quiero ser el próximo al que le lleven las flores
No quiero una pronta despedida
Con miles de honores
No quiero despedirme hasta que mis sueños realidad los haya hecho
Somos el legado de sueños
Pa’ alcanzarlos en tu honor.

*"Sin armas ni nombre propio" es la tesis de grado de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana de Mariana Escobar, Marcela Madrid, Mateo Jaramillo y Catalina González, esta última periodista de El Espectador.

[email protected]