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hace 5 horas

En 2016, toda una época se desvaneció con la muerte de Fidel Castro

El líder de la Revolución cubana, que revolcó la historia entera de América Latina, dejó en la isla lo que para algunos es una muestra de dignidad política y, para otros, una dictadura nefasta.

Viandantes dan el saludo militar ante la llegada de las cenizas de Fidel Castro a Santiago de Cuba, el 3 de diciembre. / AP
Viandantes dan el saludo militar ante la llegada de las cenizas de Fidel Castro a Santiago de Cuba, el 3 de diciembre. / AP

Lector: así usted aborrezca o elogie a Fidel Castro, debe aceptar, de entrada, que su figura modificó casi por completo la historia de América Latina. Cuando murió, el 25 de noviembre, sus críticos se encargaron de recordar su legado imperdonable: los fusilamientos, las traiciones, el hecho de que callara a cientos de periodistas y encarcelara a decenas de opositores. Aunque lo llamaron dictador y tirano, el título no resultaba del todo adecuado: para algunos cubanos, los que vivieron el cambio entre el gobierno de Fulgencio Batista y el de Castro —y para los que nacieron y sólo han vivido en la Cuba posterior a la Revolución—, Castro era un héroe que les había dado, más allá de salud y educación gratuitas, dignidad.

La muerte de Castro no tuvo un efecto determinante en la Cuba actual. Retirado de manera oficial del poder desde 2008, cuando lo cedió a su hermano Raúl Castro, Fidel se había convertido ya en una leyenda, un hombre afantasmado que salía cada tanto para recordarles a sus seguidores, y sobre todo a sus enemigos, que todavía estaba vivo. Su herencia estaba construida y determinada: tras su salida, su hermano Raúl continuó con el modelo socialista, aunque impulsó cierta apertura y un régimen más flexible, que se decantó en el restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Fidel desdeñó, en parte, dicho trato; su hermano, en calidad de presidente, siguió el camino contrario.

Pese a que su efecto político fue menor, puesto que en el último congreso del Partido Comunista Cubano se determinó que el camino era, es y será el socialismo —y que a partir de 2018 Raúl Castro ya no gobernará más—, la muerte de Fidel sí obligó a repasar la historia de toda América Latina: su guerrilla inspiró más de un movimiento rebelde en el continente y su triunfo, al menos bélico, ante Estados Unidos fue el soporte de numerosos jefes de guerrilla para argüir que sí era posible tomarse el poder por las armas. En sus últimos años, Castro —a propósito de los diálogos de paz con las Farc en Colombia— había afirmado que ya no era el tiempo de las armas.

Su muerte fue el entierro de toda una era: la crisis de los misiles, la Guerra Fría, la tensión constante por el dominio entre Rusia y Estados Unidos, el llamado general al orgullo en América Latina. Fidel Castro era el remanente de un tiempo que ya parecía antiquísimo. Veinticinco años después de la caída de la Unión Soviética, Castro insistía aún, aislado pero chapuceando, en que la única salida era el socialismo. El mundo cambió y Cuba siguió con obstinación. La arquitectura que Castro había construido ya era para entonces un ejemplo para un bloque de resistencia: Corea del Norte, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina e incluso Rusia. Castro era un monumento. Y todo monumento tiene sus grietas.

Su muerte señala, también, su legado: un Partido Comunista que parece más fuerte que nunca y que en su último congreso decidió que ya era hora de un cambio generacional. En este momento, el buró político está conformado por dirigentes mayores de 65 años y la siguiente generación, que comenzaría a tomar el poder a partir de 2018, estaría compuesto por miembros de entre 50 y 55 años. En los últimos dos años, desde que empezaron las negociaciones entre Estados Unidos y Cuba, el énfasis político y económico se ha abierto a nuevas posibilidades. Si bien Cuba continuará con el socialismo como modelo, sus proyecciones se acercan más a la apertura que al irremediable asedio que produjo el embargo económico de Estados Unidos.