30 de septiembre: matemática pura

La insurrección policial del 30 de septiembre de 2010 en Ecuador se presta para varios diagnósticos, mismos que fueron cambiando desde el día de los hechos.

 

Un año después, el gobierno de Correa prepara una celebración financiada con donaciones “voluntarias” de los servidores públicos. Los familiares de las víctimas denuncian el uso político de imágenes violentas de los asesinados y la pacata oposición desvirtúa lo ocurrido.

En la mañana: una protesta contra la promulgación de una ley del servicio público que afectaba los intereses y privilegios del sector policial. Un presidente descontrolado y desafiante frente a un cuartel insatisfecho. Un grupo de actores de la peor tradición política listos a avivar el fuego golpista, incluyendo al defenestrado presidente Gutiérrez y varios cazadores de la derecha.

En la tarde: apresurados asambleístas pidiendo amnistía para los rebeldes. La teoría del golpe fraguándose gradualmente desde un hospital policial en el que el presidente encontró refugio frente a los amotinados. Voces oficiales, contradictorias, hablando sobre su calidad de reposo o secuestro.

En la noche: la teoría oficial se impone. Un operativo militar rescata al presidente. Varios muertos y decenas de heridos en el cruce de fuegos.

Un año después: un puñado de policías rasos recluidos. Un coronel de la policía absuelto por cargos de conspiración. Cuatro secretarios de Estado, que fracasaron al no informar de la potencial amenaza, reciclados dentro del gobierno. La polarización mediática presentando la historia en blanco y negro, con los medios públicos como plataforma para las teorías conspirativas y los privados menospreciando la conjunción de fuerzas que quisieron capitalizar los hechos. Y un presidente convencido de que la publicidad hace la historia y de que hay que celebrar un año más de democracia.

Pero, ¿sin justicia y transparencia sobre lo acaecido, se puede celebrar algo? Es la matemática pura del cálculo político, el legado dejado. No hay razón para festejar mientras se imponga una actitud gubernamental que ve, hasta en el folclor golpista, una oportunidad para hacer al pueblo más ignorante. Protesta e intento de golpe: para un ciudadano que experimentó el surrealismo de un país con un día sin policías, la disputa de significados da cuenta de los límites de la democracia en una aldea con amplia tradición golpista. Tanto el conflicto como su resolución lo atestiguan crudamente.

*Analista y antropólogo ecuatoriano

Temas relacionados