Acostumbrarse a Maduro

Nicolás Maduro, dijo que el fallecido Hugo Chávez se llevó a la tumba la respuesta de por qué lo eligió como su sucesor.

Un sacerdote hace una oración por el presidente encargado y candidato oficial, Nicolás Maduro, que ayer llenó el centro de Caracas con miles de chavistas. / AFP
Un sacerdote hace una oración por el presidente encargado y candidato oficial, Nicolás Maduro, que ayer llenó el centro de Caracas con miles de chavistas. / AFP

Allí donde estaba Hugo Chávez, hoy está Nicolás Maduro. Donde decía que el comandante era el corazón de la patria, ahora reza que, “Desde mi corazón”, Maduro será el presidente. En los carteles que antes tenían al presidente en campaña, cambia la cara, aparece el bigote, pero los colores y la tipografía siguen siendo los mismos. Maduro no sólo fue ungido por el poder político de Chávez, heredó sobre todo el rojo que suele colmar las calles cuando el oficialismo va a hablar. El comandante sigue siendo el oficialismo, pero por estos días a Maduro le corresponde ser su mensajero, su intermediario. Nicolás, de cariño, heredó también su amistad con Maradona.

La Avenida Bolívar es la más grande de las siete que tiene Caracas y que Maduro y su corte le “metieron por el pecho” —así dijo en su discurso en la víspera— a la oposición, como si fueran puñaladas. En todo caso la metáfora pareció más sutil que cuando en otro mitin el presidente encargado vaticinó, con un plátano en mano, que el 14 de abril le iban a meter medio maduro al “majunche”, que es Henrique Capriles Radonski. Una bomba de racimo: la campaña en Venezuela, que terminó a la medianoche, estuvo más agresiva que nunca.

Fue, asimismo, Igual de multitudinaria desde los dos bandos, como ocurrió con las elecciones del pasado 7 de octubre, pero breve como ninguna otra de las anteriores, con poco más de 10 días en los que se debían exponer los planes de gobierno, las ideas y el juego de ser el bueno entre los malos, además de, claro, descalificar al otro.

La campaña terminó y hoy Luis Rodríguez no fue a trabajar. Desde que tomó el metro hacia La Hoyada, cerca de la Avenida Bolívar, sabía que su jornada terminaría a la mañana siguiente; fue a ver a Nicolás Maduro a la tarima y a despedir la campaña de la que él formó parte: trabaja en un ministerio que no quiso nombrar, pero se sentía orgulloso de su decisión de tomarse el día libre: “Y ojo, tengo 10 más acumulados”, se pavoneaba.

“Hoy bebo cerveza, whisky y lo que me pongan. Lo que me pongan me lo bebo, siempre y cuando haya reales”. Esto lo dijo mientras iba subiendo las escaleras de la estación de metro de La Hoyada, que daba a la tarima en la que después estarían Maduro y Maradona. Y sí, Luis, un hombre de 55 años, 1,90 de estatura, gorra de Venezuela en la cabeza y un celular destartalado, llamaba excesivamente la atención. Sobre todo en el vagón, cuando todo el mundo estaba en silencio.

Cuando bajó en La Hoyada, en el centro de Caracas, sintió más ánimo, en una estación abarrotada de camisas rojas: “¡Chávez vive!”, y la gente respondía: “¡La lucha sigue!”. “Chávez, yo te juro, mi voto es pa’ Maduro”. Fue muy feliz cuando sonó Che che colé en su teléfono: juntos Willy Colón y Héctor Lavoe cantando. Coreaba, se ponía la mano en el pecho, bailaba, sonreía. ¿Willy Colón? ¿El mismo que le acaba de dedicar a Maduro su última canción: Mentira fresca? ¿El mismo que está apoyando a Capriles? “Bah, esta música es vieja, todas las músicas son viejas. ¿Acaso tú vas a votar por la música? Lo que yo sí te digo es que el pobre Willy no va a volver a pisar Venezuela porque Maduro va a ganar”. Después, la charla sobre salsa —dijo amar a Eddie Palmieri— fue cambiando de rumbo.

A medida que Luis Rodríguez hablaba de la bondad del fallecido Chávez, iba subiendo los bajos. Pasó por frases como “Maduro es el hijo de Chávez y hay que votar por él”, y terminó con otras como “a nosotros no nos saca nadie. Menos esas ratas de la oposición, las ratas del imperio”. Entonces Venezuela no tendrá de amigo a Willy Colón, pero tendrá a Maradona.

La campaña ha estado muy subida de tono, se reconoce también en las calles, pero eso no le quitó la candidez a Melbin Romero de Velázquez ni a Antonia Torres de Hernández, dos señoras que se instalaron en uno de los costados de la tarima, dos de las miles de almas que coparon la Avenida Bolívar, y la México, la Universidad, la Fuerzas Armadas, la Baralt, la Lacuna: las siete puñaladas del chavismo.

Las dos juraron amar a Chávez. Lo aman porque, además, “era hermoso”. Antonia —“tengo la misma edad de mi comandante: 58 años”— cargaba con un cartel que en una cara tenía a Chávez apuntando con un rifle y en la otra el afiche de campaña de Maduro. Leyó la frase que acompaña al presidente fallecido: “Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”. Y en seguida dio la vuelta al aviso y bromeó: “Yo amo a Chávez pero, bueno, chica, Maduro no está nada mal”, y le dio un beso al cartel, justo encima de ese bigote que se consigue en las calles a cambio de 10 bolívares.

La señora Melbin se reía, pero se negaba siquiera a pensar que lo que siente o sentía por Chávez lo pueda sentir por su sucesor: “Pasarán muchas lunas antes de que nos olvidemos de él”. La señora Torres de Hernández, vestida de overol rojo, lanzó una frase rotunda, con tono trascendental: “Nos tenemos que acostumbrar a Maduro, él fue el elegido”.

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@Motamotta

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