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hace 6 horas

Adolfo Suárez o la gallardía del perdedor

Después de las elecciones de 1982, Suárez luchó contra los poderes que había enfrentado como presidente.

Madrid, 23 de febrero de 1981. El entonces presidente del gobierno, Adolfo Suárez (izq.) intenta socorrer al vicepresidente y teniente general Gutiérrez Mellado, en el intento de golpe de Estado. / EFE

A diferencia de otros periodistas que conocieron a Adolfo Suárez en tiempo de victoria, yo lo conocí en tiempo de derrota, como el presidente defenestrado por el 23-F que trataba de levantar cabeza al frente de su nueva criatura, el Centro Democrático y Social. Era su “travesía del desierto”, entre las elecciones del 82 y el 86, en la que demostró que la estatura de un hombre se mide tanto o más en la derrota que en el ejercicio del poder.

Tuve la suerte de conocerlo y tratarlo durante algún tiempo cuando, a mi llegada a Madrid en 1983 para trabajar en Telediarios de TVE, se me asignó cubrir la información del CDS.

Como buena parte de los jóvenes de esa época, me consideraba demasiado de izquierdas para votar a un político y partido como la UCD o el CDS, pero la imagen del 23-F había quedado grabada en nuestra conciencia. Un acontecimiento que para mí fue un despertar a la realidad cuando, en mi condición de joven un tanto diletante, llegaba un día a la pensión de un pueblecito de la costa turca y veía en televisión esas imágenes del general Gutiérrez Mellado y del todavía presidente del Gobierno español enfrentándose a Tejero y a sus guardias civiles en el Congreso. Los dueños de la pensión me traducían las palabras en off y parecía como si les hubieran bastado una foto o unos minutos de video para comprender de golpe esa España tan admirada en el extranjero por su flamante “transición política”. La recién inaugurada democracia se sostenía sobre cimientos más frágiles de lo que todos creíamos.

Ese día supe que el mundo no se cambiaba con utopías y ensueños, sino dando la cara. La noticia del asesinato de Carrero Blanco la había conocido en 1974 por la prensa indonesia, el referéndum por la democracia de 1977 me había pillado atravesando Malí, y ahora seguía despierta toda la noche el desarrollo del intento de golpe. Fue cuando me dí cuenta de cuánto me importaba mi país y de que por lejos que estés no puedes alejarte de tus orígenes, y mucho menos desentenderte de los afanes colectivos.

De ahí nació mi decisión de abandonar mi vagabundeo y volver para integrarme en la redacción de El Periódico de Catalunya, en Barcelona. El Periódico me enviaba con frecuencia a Madrid para entrevistar a políticos, desde ministros del último gabinete de Suárez a líderes de la oposición como Felipe González y Manuel Fraga, pasando por toda una UCD de la que muchos estaban ya abandonando el barco o sumándose a la operación de acoso y derribo contra su líder.

Con este bagaje, mezcla de escepticismo y fascinación, llegaba a Madrid para trabajar en la sección política de los telediarios de Televisión Española en 1983.

Así me convertí en cronista de las intervenciones de Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados, en parte de su caravana en campañas electorales, en visitante de su despacho de la calle Maura para alguna de las pocas entrevistas que concedió a televisión, en depositaria de esperanzas y decepciones por parte del pequeño pero fiel equipo que lo acompañaba. Conocí, por tanto, a Suárez no como presidente del gobierno, sino después de que las elecciones de 1982 hubieran dado tal revolcón al Centro Democrático y Social que poco le faltó para convertirse en extraparlamentario. Sólo obtuvo dos diputados.

Eran los momentos más duros por los que puede pasar un político: tocado y aparentemente hundido. El tesón, la humildad, la compostura que demostró dan medida del gran caballero que era. Inasequible al desaliento, y, mucho más difícil, al resentimiento, sufría la decepción de ver cómo un país al que le había dado todo le volvía la espalda.

Suárez fue entonces más que nunca el tipo quijotesco que llevaba dentro. Abandonado por la mayoría de UCD, se quedó con un equipo zen, depurado de arribistas, reducido a incondicionales como el llorado Pepín Vidal Beneyto.

No a la OTAN, freno a la banca, encuadramiento democrático de los militares, una serie de poderes fácticos a los que se atribuye su defenestración, podían obligarlo a dimitir, pero no lo harían callar. Desde su modesta formación política siguió luchando incansable contra los mismos poderes a los que se había enfrentado como presidente.

En un momento en el que Felipe González había, a los ojos de muchos, “traicionado” los sentimientos de toda una generación contraria a las bases norteamericanas, arrancando el sí a la OTAN en una campaña marcada por el miedo —sobre todo, el miedo a quedar fuera de Europa—, el CDS de Adolfo Suárez fue capaz de votar en contra.

Se ha dicho que la defenestración de Suárez se fraguó desde el momento en que Alexander Haig, secretario de Estado de Ronald Reagan, afirmó que “España tiene que fijar fecha y hora para su entrada en la OTAN” y el presidente del gobierno dijo no a Washington. Y también que su tensa relación con Botín tuvo mucho que ver. Lo que no le impediría presentarse a las elecciones de 1986 con una pegatina que decía “Yo también tengo problemas con la banca”. Y no era sólo una metáfora. La gran banca había creado un “cordón sanitario” en torno a su persona, negando al CDS los créditos para sus campañas, por lo que tuvo que depender de entregados militantes para proseguir el combate.

En esa campaña, Suárez denunciaba que “los socialistas han seguido una política orientada por el Fondo Monetario Internacional, con lo que han aumentado sustancialmente los beneficios de la banca”. “La banca nos ha dado la espalda, lo que quizás obedece al hecho de que el CDS no se pone de rodillas ante ella. Me enfrenté a los que querían hacer una España para ellos solos, y no una España para todos”.

Se había convertido en algo así como un artista, torero de culto que despertaba un fervor inigualable entre sus seguidores. Sentimientos similares evocaban sus intervenciones, que eran de las más esperadas. Era fácil trabajar con él, siempre daba un buen titular, a pesar de su reconocido e invencible miedo escénico a hablar en público. Tanto en la derrota como en la victoria, Suárez seguía siendo el personaje más fascinante de la política española, el que había mirado de frente el agujero negro de los problemas del país.

Es difícil olvidar no sólo la valentía con la que Suárez defendió sus posicionamientos hasta el final, sino cuán premonitorias o reveladoras resultaban muchas de sus palabras. Uno de los lemas de la campaña de 1986 fue la reducción del servicio militar a tres meses, como paso previo a su disolución, así como desviar recursos destinados a las Fuerzas Armadas a educación, sanidad y programas de inserción laboral para la juventud.

Todavía recuerdo con emoción cuando desde la sede del CDS TVE retransmitía en directo la recuperación de escaños en la noche electoral del 22 de junio de 1986. Fue su momento cumbre antes de que se retirara definitivamente en 1991 abandonando la presidencia del partido.

Nadie supo como él encarna aquel ideal de la transición: ocupar los cargos para servir a los demás y no para servirse a sí mismo. Por ello, hoy Suárez entra con todos los honores y por la puerta grande en la Historia de España. Genio y figura, por los siglos de los siglos, de un gran español.

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2014-03-25T21:18:50-05:00

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2014-03-25T22:06:31-05:00

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Pepa Roma, Especial para El Espectador - Madrid

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