Afganistán, una guerra sin fin

El siete de octubre de 2001 Estados Unidos lanzó una ofensiva militar contra los talibanes. Hoy, Afganistán está arrasado por el conflicto armado y las terribles consecuencias se sienten en toda la región: desplazados, pobreza y abandono.

Luego de los ataques de Al Qaeda a las Torres Gemelas, el gobierno de George W. Bush lanzó una cruzada contra el terrorismo. El primer blanco de esa lucha fue Afganistán, país señalado de ser el refugio del cerebro de los actos terroristas, el líder de Al Qaeda, Osama bin Laden. El 7 de octubre de 2001 comenzó la que terminó convirtiéndose en la guerra más larga y costosa en la historia de Estados Unidos. Hoy, diez años después, el panorama es oscuro: el fin del conflicto no se ve cercano ni fácil y EE.UU. y la OTAN ya iniciaron la retirada de sus tropas, dejando el país a merced de los talibanes, que incrementaron sus acciones terroristas en todo el territorio.

“Hay mucho en juego. Todas las partes temen que la marcha de Estados Unidos permita que Al Qaeda y sus aliados extremistas se recuperen en Afganistán, lo que amenazaría aún más la seguridad del centro y el sur de Asia, que ya es la región más peligrosa del mundo, con su explosiva mezcla de terrorismo, armas nucleares y Estados fracasados”, escribió Ahmed Rashid, autor de Descenso al caos: EE.UU. y el fracaso de la construcción nacional en Pakistán, Afganistán y Asia Central y de Los talibán.

Los talibanes fueron desalojados rápido del poder, pero una década después Afganistán vive uno de los momentos más violentos. “No se puede matar a tiros a un mosquito escondido tras un elefante”, dice el exmilitar y antiguo miembro del Ejecutivo, Abdul Hadi, quien denunció que la estrategia de Estados Unidos siempre fue errada. “Afganistán necesita una guerra de inteligencia”, asegura este exviceministro de Interior, que afirma que la prioridad es encontrar a un enemigo que se esconde entre la población civil, “algo imposible de hacer sólo con policías y soldados”. Las cifras de violencia confirman la situación. Según un informe de Naciones Unidas, el número de ataques en el país subió un 39% este año, lo que hace de 2011 el año más sangriento en la historia de la guerra.

Las cifras recopiladas por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas revelan que en los primeros seis meses de este año fallecieron 1.462 civiles, un incremento del 15% respecto al mismo periodo del año anterior. El número de desplazados se calcula en cerca de dos millones y hay seis millones de niños sin educación. De acuerdo con el portal iCasualties, que lleva un recuento independiente de militares muertos en ambas guerras, Estados Unidos ha perdido 1.801 soldados desde que comenzó la guerra.

Incluso la batalla contra las drogas también se está perdiendo. Una investigación de la oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen (ONUDC), señala que Afganistán sigue siendo el productor número uno de opio del mundo, pero ahora tiene una de las mayores tasas de adicción.

Según escribió hace unas semanas en The New York Times el parlamentario británico y buen conocedor de Afganistán, Rory Stewart, “el fracaso en la guerra afgana se ha convertido en inconcebible, invisible e inevitable. Afganistán se convirtió en una verdadera paradoja para los Estados Unidos”.

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