¿África? Ese lugar no existe

Sus países tienen democracias que crecen rápidamente, como Ghana y Botsuana; minichinas represivas, como Ruanda y Etiopía; estados corruptos, como Angola y Gabón; fallidos como Chad y Somalia.

Una postal de la región del Sureste de Somalia, en África. /AFP

A menudo el comentario desafortunado de un político puede revelar una visión de mundo. Hace poco en Johannesburgo, Sudáfrica, el presidente Jacob Zuma estaba defendiendo los peajes electrónicos. Son un estándar mundial, dijo, y luego añadió: “No podemos pensar como africanos en África, en general (risas del público). Estamos en Johannesburgo. Esto es Johannesburgo, no es una carretera nacional de Malawi (risas)”.

El partido de Zuma se llama el Congreso Nacional Africano, pero su desdén implícito por el resto del continente apunta a una realidad: la palabra “África” ha perdido cual sea que fuese su significado y debería desecharse.

Cuando nací en Uganda, en 1969, aún tenía sentido hablar de “África”. Es verdad, el continente era imposiblemente diverso, pero la mayoría de los países africanos que estaban al norte de la punta austral, dominada por los blancos, compartían algunas experiencias similares. Habían sido descolonizados recientemente, eran en su mayoría agrarios, pobres y encaminados hacia una dictadura. Durante esa generación, la caída del colonialismo ofreció un verdadero elemento de unión continental. Sin embargo, desde aproximadamente el año 2000, la experiencia de los países africanos resulta tan distinta que ya no tiene sentido hablar de “África”.

La idea misma de “África” vino de fuera de África, comenzando con Herodoto. El panafricanista africano más influyente, Kwame Nkrumah, fue inspirado por los pensadores de la América negra y del Caribe, como W.E.B. Du Bois y Marcus Garvey.

“África” se pegó como una categoría, porque el continente pocas veces recibe suficiente atención mundial para que se hable de él en términos más sutiles. Es típico que al continente se le describa con una sola oración, que inventan los extranjeros anglófonos: el “viento de cambio” de Harold MacMillan en 1960, el “¿Saben si es Nochebuena?” de Bob Geldof en 1984, el “Continente sin esperanza” del Economist en 2000. La clase dirigente mundial cada vez más deriva sus conversaciones del Economist y en diciembre de 2011 la portada de la revista proclamó: “África asciende”.

Pero para muchos africanos de carne y hueso, la noción de un continente común no tiene mucha correspondencia con la realidad. Viajar al pueblo vecino a menudo es lo suficientemente difícil, por no decir al país vecino. Para volar entre dos países africanos, muchas veces es más fácil hacerlo a través de Londres, París o Dubái. Me dicen que la frontera entre Ruanda y Burundi ahora puede cruzarse en 10 minutos, pero eso no es común en África. No es de extrañar que buena parte de los países africanos realicen la mayoría de su comercio internacional fuera del continente.

Europa existe: sus países están apretados y relativamente cerca, y a menudo no se necesita de un pasaporte para viajar entre ellos. Hay un gobierno central europeo, y porque todo esto se está uniendo, las experiencias de los polacos y de los españoles cada vez son más parecidas.

En cambio, África está llena de divisiones como la que resaltó Zuma. Dambisa Moyo, economista de Zambia, me dijo: “Son muy diferentes el África francófona que el África anglófona, que el África lusófona”. Moyo emplea cada vez menos la palabra “África”. “Me he alejado de ella. Creo que es tonto poner a todos estos países en la misma canasta”. La economía de Nigeria, dice, se asemeja más a la de otros grandes exportadores de petróleo, como México e Indonesia, que a Ghana y a Zambia.

En efecto, los países africanos han estado creciendo en direcciones distintas desde aproximadamente el año 2000, dice Ricardo Soares de Oliveira, politólogo de la Universidad de Oxford que investiga temas africanos. A pesar de ciertos elementos comunes, como la inversión de China, los teléfonos móviles baratos y el fin de la guerra fría, estos países se han vuelto muy distintos. África tiene democracias que crecen rápidamente, como Ghana y Botsuana; tiene minichinas represivas, como Ruanda y Etiopía; tiene estados petroleros corruptos, como Angola y Gabón; estados fallidos como Chad y Somalia; y el norte de África es ahora pos-primavera Árabe. No hay mucho que una estas experiencias.

Es cierto, la palabra “África” aún expresa una realidad emocional. Desde los años 1940 muchos africanos se han sentido africanos. Es una de las identidades que tienen, junto con la local, la nacional y quizás la mundial. La identidad “africana” puede ser positiva. A menudo, sin embargo, sencillamente se emplea para referirse a una víctima o a un miembro de la categoría más baja de crecimiento. Si esa es la identidad, nadie quiere ser africano.

Algunos países africanos pronto podrían dejar atrás esta categoría. La participación del continente en la economía mundial ha aumentado en los últimos años a quizás el 3%. Luego el teléfono inteligente de 40 dólares americanos podría aparecer para darle impulso a esta participación. Si el continente sigue estando en aquel extraño lugar de la economía mundial donde los inversionistas pueden encontrar retornos, “África” ciertamente va a recibir más atención detallada. Esto nos permitirá abandonar generalizaciones tan mentalmente débiles como la que hace de una sola compañía de zapatos de Etiopía, SoleRebels, la representante del supuesto auge de las manufacturas africanas.

Algunas frases geopolíticas oscurecen la realidad más que revelarla. Al igual que “el mundo islámico” o “la comunidad internacional”, “África” no existe.

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