Al interior del cónclave

En las horas de encierro se desarrollan compromisos, se compran y venden votos, se traman intrigas y vetos. También hay mucha oración y confesiones de fe y humildad.

Los cardenales, durante el canto 'Veni Creator Spiritus' (Viene el espíritu del Santo Creador) antes del comienzo del cónclave. / EFE
Los cardenales, durante el canto 'Veni Creator Spiritus' (Viene el espíritu del Santo Creador) antes del comienzo del cónclave. / EFE

La historia de la elección de los papas ha pasado por todas las vicisitudes imaginables. Los papas, después de experiencias a veces dramáticas, otras humorísticas, fueron cambiando las normas de la elección del pontífice para ir perfeccionándola. La regla de la necesidad de los dos tercios de votos que rige hasta hoy es la que hace posibles muchas de las sorpresas a las que nos tienen acostumbrados los cónclaves. Es allí dentro donde, la mayoría de las veces, se forjan candidaturas alternativas ante la imposibilidad de conseguir los dos tercios de los que entraron papables y no dan su voto a los contrincantes, como fue evidente en el cónclave en el que salió elegido el polaco Karol Wojtyla.

Crece la idea de que, al igual que el cónclave que eligió a Juan Pablo II quebró una tradición de 500 años de papas italianos —al no conseguir ningún italiano los dos tercios—, también esta vez pueda ocurrir algo semejante. Sobre todo porque se trata de un cónclave atípico y con numerosas incógnitas. La incertidumbre ante la gravedad de los hechos de corrupción y de las intrigas internas del Vaticano que agitan a la Iglesia y que hicieron dimitir a Benedicto XVI, ha removido todas las certezas. Se enfrentan dos corrientes: los que quieren centrar la renovación en la simple reforma de la curia y los cardenales de la periferia que pretenden mucho más: un diálogo abierto con el mundo y sus desafíos.

Hasta Pablo VI, la elección del papa podía realizarse en cualquier lugar. A partir de Juan Pablo II se introdujo la obligación de hacerlo en la Capilla Sixtina. Poco a poco el cónclave se fue revistiendo de sacralidad y misterio, con las papeletas de las votaciones colocadas en un copón que se usa para la eucaristía, en bandejas de plata, con la letra de los cardenales deformada, y enseguida quemadas en la estufa más famosa del mundo. Excomuniones y castigos para los que violen el secreto.

Y al mismo tiempo, bajo esa capa de sacralidad, en las horas de encierro del cónclave se desarrollan compromisos, se compran y venden votos, se traman intrigas, vetos y hasta amenazas, junto con halagos y solemnes confesiones de fe y humildad. Y muchas oraciones. Se habla siempre del cónclave más largo de la historia, el celebrado en la catedral de Orvieto en 1268, tras la muerte de Clemente IV. Duró dos años y nueve meses. El más corto de los últimos tiempos fue el que invistió a Juan Pablo I, con sólo 12 horas, pero hay que significar que su pontificado sería también el más breve: 33 días. Hubo un cónclave en el que la elección fue fácil. Una paloma se posó en el hombro de uno de los cardenales. Dicho y hecho. No hubo ni votación.

Son sólo botones de la rica y agitada historia de los 75 cónclaves realizados hasta hoy, cada uno de ellos hijo de su tiempo y de esa mezcla de una Iglesia mitad espiritual y mitad política, mitad santa y mitad pecadora. De una Iglesia en la que el tiempo se mide no con los relojes digitales sino con los de la eternidad.

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