Al-Qaeda, el mito

Al-Qaeda existe, pero no como nos la imaginamos. Un ejército de radicales, interconectados y jerarquizados, una red articulada de terrorismo que incluye células en todo el mundo con gran capacidad militar, eso no existe.

El problema es que esta idea equivocada es funcional tanto a los de Al-Qaeda como a sus enemigos.

La traducción más correcta de su nombre no es “la base” como base militar sino la base conceptual de lucha, incluso algunos traducen Al-Qaeda como “el fundamento”. Como explica Jason Burke, Al-Qaeda es más una idea que una organización internacional.

En los años 1990s, muchos grupos radicales musulmanes nunca habían oído hablar de Bin Laden y los pocos que le conocían tenían prioridades más locales -como los kurdos de Ansar ul Islam- antes que de una guerra internacional. Sólo hasta 1998 el Departamento de Estado de los Estados Unidos usó la expresión Al-Qaeda en sus documentos.

Al-Qaeda es hija de las milicias afganas que financió los Estados Unidos en la lucha contra la ocupación soviética de Afganistán. Su “éxito” se limitó a Afganistán por el matrimonio entre Al-Qaeda y los Taliban. Otros grupos cercanos ideológicamente tampoco aceptaron su liderazgo -como el grupo Abu Sayyaf, de Filipinas-. El ataque a las Torres Gemelas les dio popularidad para que, desde un pensamiento simple y mediático, fueran presentados como la “vanguardia” de los radicales musulmanes, los voceros del Islam y el Estado Mayor de grupos armados que invocaban al Profeta Mahoma.

Muchos grupos armados de orientación musulmana han rechazado públicamente a Al-Qaeda, no sólo porque es una asociación políticamente impopular sino porque en la realidad no tienen una agenda común: es el caso de Hamas en Palestina, de Hizbollah en Líbano, de los rebeldes de Ogaden en Etiopia, del Frente Polisario en Sahara Occidental, el Movimiento por la Justicia y la Equidad en Darfur, entre otros. En las revueltas árabes, con la excepción de Yemen, el papel de Al-Qaeda es prácticamente inexistente y podríamos decir que uno de los perdedores en las revueltas.

Al-Qaeda no es militarmente potente: en pocas semanas las tropas de los Estados Unidos llegaron a Kabul en 2001 sin que encontraran una resistencia relevante. Pero les valió un solo “golpe de suerte” para saltar a la fama. Los recursos financieros que aportaron a otros grupos hicieron el resto para crear la falsa imagen de una red estructurada de terrorismo islámico internacional. Esto fue alimentado por el uso del nombre de Al-Qaeda por otros grupos con el fin de darse más realce.

Lo demás es de dominio público: se asumió erróneamente que todos los musulmanes eran terroristas, que todos los terroristas tenían una agenda internacional y que todos ellos pertenecían a Al-Qaeda. Inventaron armas de destrucción masiva en Irak y vínculos entre Al-Qeda y Sadam Hussein; “células durmientes” en Europa; realizaron 1245 vuelos “secretos” de la CIA transportando personas secuestradas con colaboración de países europeos hasta centros de tortura; restringieron los derechos humanos en prácticamente todo el planeta; y declararon “guerras contra el terror” en Chechenia, Palestina y Colombia. A diferencia de los que creen en la lucha de religiones, hay que recordar lo que decía Olivier Roy: Al-Qaeda atacó Wall Street, no el Vaticano.

Al final nos queda un balance de la guerra contra el terrorismo preocupante: dos países ocupados y su infraestructura destruida (Irak y Afganistán), los presos de Guantánamo, las torturas de Abu Ghraib, una creciente islamofobia y un mundo más inseguro. Gracias, en parte, a un enemigo creado al tamaño de las necesidades de los Estados Unidos.

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