Al volante en las tierras del 'Chapo'

Un taxista recorre Mazatlán (México) y con narcocorridos de fondo hace una radiografía del “Chapo” Guzmán en su tierra y cuenta por qué muchos creen que es el jefe de todo el país.

“¿Cómo reconoces a un narco en Mazatlán?”. Las calles del puerto sinaloense pasan en ráfaga a través de las ventanillas del taxi de José, quien conduce hacia uno de los aeropuertos más importantes (por distintas razones) de México. El hombre guarda silencio apenas unos segundos ante la pregunta y contesta que “es bien fácil darte cuenta, porque se los carraquean (acribillan) a plena luz del día, dentro de sus troconas (camionetas de lujo) o mientras pistean (beben) con sus cuates”.

El hombre de cabeza rapada tiene 36 años y recorre las ardientes calles mazatlecas en busca de pasajeros desde hace apenas unos meses, cuando dejó “el vicio” (las drogas), porque lo llevaron a ver de cerca la muerte. En el interior de su auto retumban canciones de banda, que él adelanta constantemente en busca del narcocorrido perfecto para la ocasión.

Aprovechando el alto en un semáforo, cuenta que muchas personas todavía piensan que la ciudad está “roja”, pero que ya no es así. “¿Y sabes por qué, plebe? Pues por la gente del Chapo, que tiene la plaza bien tranquilita. Ese bato es otro nivel, por eso todos acá lo quieren y lo protegen machín”.

Con un ojo a la carretera y otro al estéreo, no se detiene hasta encontrar unos acordeones norteños, tras los que canta a pleno pulmón:

Todo el tiempo he peleado

contra el poder del Estado;

desde aquel abril, recuerdo, del año 57,

desde entonces no he parado.

Yo trabajo pa’ mi pueblo,

tengo un gran equipo armado.

Mil historias han contado

y hoy por ser primer ministro me mantienen señalado...

“Para mí, esta de El primer ministro es la mejor canción que le han compuesto. Lástima que ya lo agarraron de nuevo. Le dije al cabrón que no se anduviera exponiendo”, bromea y suelta una carcajada. “Yo lo admiro un chingo porque empezó de la nada, cultivando y recogiendo naranjas y mota (marihuana) allá en los ranchos de La Tuna, en Badiraguato, donde nació”.

“Desde entonces ya no paró de trabajar, ganar dinero, crecer y ayudar a su raza. Hasta que hoy ya se peló (huyó) dos veces de la cárcel y, con lo chingón que es, seguro alguna vez ya comió con gobernadores, senadores o hasta con el presidente de la República. Y que se cuiden, porque en una de esas se les escapa por tercera vez”, dice José, quien pide que lo llamen por su alias: el Buto.

“Pero soy Buto con b, no con p, ¿eh?”, aclara con insistencia, ya que en México decirle “puto” a alguien es asumirlo como homosexual.

A lo largo del trayecto, patrullas y camionetas del Ejército rebasan al taxi. Incluso helicópteros de la Marina Nacional sobrevuelan cerca. Pero es “normal”, dice el enorme hombre detrás del volante forrado de cuero negro. “Ustedes tranquilas, mijas, que vienen con alguien que sabe cómo se es la cosa por acá”, asegura, confiado.

La temperatura del noroeste mexicano golpea con la plena furia del mediodía, pues el aire acondicionado del vehículo está averiado. No así el lujoso estéreo que, como todos los de la región, salta de una a otra historia de contrabando, traición y glorias cotizadas en billetes verdes.

José continúa: “Si yo pudiera ver al Chapo alguna vez en la vida, sin pensarlo lo primero que le pediría sería que me diera jale (trabajo), o le preguntaría si puedo ayudarlo en algo, fuera lo que fuera. Imagínense nomás qué honor...”.

El Buto dejó de trabajar por dinero desde que, por ir drogado, chocó contra un tráiler, quedó prensado con todo y auto debajo de él y sobrevivió para contarlo a cuanto pasajero aborda su atmósfera de historias sobre cuatro ruedas.

Cambiando nerviosamente de canción, y reproduciendo por error I Will Always Love You de Whitney Houston, admite que alguna vez sí anduvo en “malos pasos”, pero que por eso se arrepintió, le juró a su madre que nunca más bebería, ni se drogaría, y se volvió cristiano.

“Dinero ya tuve. Morras… ¡de a montón! Mota, perico, pisto, whisky, ¡claro! Y de lo mejor. Pero cuando vi que estuve a punto de perderlo todo por una pendejada, hasta se me quitaron las ganas de caminar ‘chueco’”.

“Eso sí, si se tratara del Chapo otro gallo me cantaría, con el perdón de mi madrecita chula. Y seguro que cualquier otro sinaloense te diría lo mismo. A ese bato lo logras ver una vez en tu vida, si tienes suerte. Yo sí me andaba pegando con él hasta donde me permitiera Diosito, chingá”.

Tras media hora de camino, la Zona Dorada y turística de Mazatlán ha quedado atrás. Por las ventanillas ahora pasan amplios tramos de tierras verdes, y alguna que otra casa de tabiques con nombres pintados a brocha gorda y bellas mujeres en vestidos estrechos, sentadas en las entradas.

“¿Cómo van con su pisto (trago), plebes?”, pregunta, y mira de nuevo por el retrovisor atiborrado de rosarios de metal y plástico. “N’hombre, esas chilangas sí que son lentas, ¿eh? Jálenle machín, que ya casi llegamos al aeropuerto y es de mala suerte dejar un ballenón (envase de un litro) de cerveza Pacífico a medias. Las voy a ambientar mientras, pues…”.

El Buto sube el volumen a sus bocinas y a un par de historias de hondo desamor que se hicieron populares en México por cantarse a ritmo norteño. “Jálenle pues pa’ adentro, mijas”, reclama a grito tendido.

Hasta Élmer Mendoza, el escritor sinaloense considerado como precursor de la narcoliteratura en tierra azteca, sabe que dejar una Pacífico (“la única ‘chela’ del mundo que no engorda”, según dice siempre con un guiño) es casi sacrilegio. Y tiene razón. Lo grave de la falta radica en que a eso sabe Sinaloa: a su cerveza Pacífico, a narcocorrido y peligro.

El taxi entra en la zona federal del puerto aéreo con los vidrios hasta arriba y da vueltas despacio alrededor de la glorieta central, hasta que su conductor se asegura de ver el fondo limpio de las botellas de pisto.

“Ahora sí, morras, que les vaya bien. Cuando vuelvan, llámenme para que les dé un verdadero narcotour por la ciudad. Hay varias esquinas que les van a gustar, ya verán. Por cierto, ahora hagan el favor de tener siempre a la vista sus maletas, no sea que les metan mano, y de paso otra cosita…”.

José se despide persignándose con el billete recibido, bajándose los lentes oscuros y subiéndole de nuevo a la música.

Con lo indefinible que es, Mazatlán se concreta en esa imagen. Por un lado está su gente viviendo en la normalidad de una violencia entre líneas, en calles donde hasta los taxistas tienen alias de guerra, en sierras henchidas de secretos camuflados, y, por el otro, la ciudad no se entiende sin sus retenes y despliegues exagerados de seguridad para intentar desmentir una de las frases más repetidas por pescadores, tenderos, turistas y por el mismísimo Buto a lo largo del camino: “El Chapo es el jefe: el de todo Sinaloa y el de todo México, ¡y a ver cómo le hacen!”.