Alemania negocia reparaciones por un genocidio cometido hace más de 100 años

Los gobiernos de Alemania y Namibia discuten una posible reparación monetaria por la casi aniquilación de las tribus herero y namaqua entre 1904 y 1907, a manos de los ejércitos colonizadores del Imperio Alemán. Hoy, los problemas por tierras siguen en pie.

Los soldados sobre camellos de la entonces llamada África Alemana del sudoeste, durante el genocidio en tribal.German Federal Archives

Cuando un grupo de soldados alemanes recorrieron el desierto de Omaheke en busca de hereros, sobre sus camellos prepotentes y luciendo unas charreteras que resultaban exóticas ante el paisaje de resequedad que los rodeaba, sólo encontraron esqueletos en fosas de trece metros de profundidad. Los restos atestiguaban una historia desastrosa: los herero, que huían de la derrota en la batalla de dos días en Waterberg, cavaron hasta la muerte en la arena para encontrar agua. El desierto y la fuga los aniquilaron. Las fuerzas alemanas, la comandancia colonizadora que principió su campaña en 1884 en las tierras que hoy se llaman Namibia, habían asesinado a 5.000 hereros que se habían revelado en su contra en agosto de 1904. También los namaqua formularon una insurrección: fueron devastados con el mismo pragmatismo.

Quizá iracundo por la afrenta, el general Lothar von Trotha, que moriría por la fiebre tifoidea en 1920, formuló un bando riguroso: “Yo, el gran general de los soldados alemanes, envío esta carta a los herero.  Los herero ya no son individuos alemanes. Han asesinado, robado, cortado las orejas y otras partes de los cuerpos heridos de los soldados, y ahora son demasiado cobardes para pelear. La nación herero debe dejar estas tierras. Si se niega, debo invitarla a ello con el ‘tubo largo’ (el cañón). Cualquier herero que sea encontrado dentro de la frontera alemana, con o sin arma, con o sin ganado, será ejecutado. No tendré en cuenta si son niños o mujeres”. Para entonces, el Imperio Alemán les había quitado tierras, alimentos y el bienestar entero a los herero. Aunque las fuerzas de von Trotha habían ganado la batalla, el desastre vino después: los hereros que se encontraban en el camino, en plena fuga o por una coincidencia fatal, eran asesinados sin regla de juicio o dispuestos en campos de concentración, donde morían por la sed, el hambre o los latigazos.

Así asesinaron, según un reporte de Naciones Unidas, a 65.000 hereros (eran 80.000) y a cerca de 10.000 namaquas. Otras fuentes apuntan 100.000 en la cifra general de muertos. Durante un siglo, Alemania negó que hubiera sido un genocidio. Hasta 2004, el gobierno aceptó tal clasificación. En 2015, el gobierno de Merkel lo llamó un “crimen de guerra” que fue “parte de una guerra racial”. Von Trotha tal vez hubiera estado orgulloso de semejante título cuando dijo: “Yo destruyo las tribus africanas con corrientes de sangre. Sólo al seguir esta limpieza puede emerger algo bueno, que permanezca”. Dado que casi las destruyó y condenó al resto de su estirpe a vivir en campos diminutos y sin tierras cultivables, el gobierno alemán está negociando una posible reparación monetaria para los descendientes de quienes fueron asesinados y vejados por el entonces régimen colonial de Alemania, que, aunque careció de la expansión colonizadora del Reino Unido y Francia, dejó un mecanismo mortal que luego heredaría un fiel aprendiz espiritual de von Trotha: Adolfo Hitler.

Según reporta el diario The Guardian, el gobierno alemán prepara una disculpa pública que se daría antes de junio de 2017. Representantes de los gobiernos de Alemania y Namibia —donde están los descendientes de ambas tribus— están negociando los términos para la reparación. Sin embargo, existen todavía hoy obstáculos para realizarla y algunos consejeros políticos piden que de hecho no exista, puesto que sería impráctico y acarrearía demasiado peso burocrático. Aunque hayan pasado más de cien años desde el genocidio, los descendientes no han podido recuperarse de los sablazos, las muertes, el robo de tierras y la humillación general.

Los descendientes de los colonizadores alemanes, que tomaban como “esposas” a la fuerza a las mujeres de las tribus, tienen derechos sobre tierras que en principio pertenecían a miembros de las tribus. Los hereros ocupan el 10% de la población de 2,3 millones en Namibia. Según activistas contactados por el diario inglés, los problemas por la posesión de tierras siguen vivos. Veraa Katuuo, activista por las tribus y quien vive en Estados Unidos, dijo: “Vivimos en reservas sobrepobladas, sobrecultivadas y demasiado llenas —campos de concentración modernos—, mientras nuestros pastos fértiles están ocupados por los descendientes de los perpetradores del genocidio contra nuestros ancestros. Si Alemania paga una reparación, entonces los hereros pueden comprar de nuevo esa tierra, que fue confiscada de manera ilegal a través de las fuerza de las armas”.

Cuando el gobierno alemán aceptó el genocidio en 2004, la reparación monetaria fue descartada de entrada. En esta ocasión, los representantes de los herero han dicho que las negociaciones entre los gobiernos de Alemania y Namibia podrían terminar en una reparación, pero no tienen claro si dicho dinero será utilizado para reparar de manera directa a las víctimas o si hará parte del presupuesto nacional. Los herero, como registró The Guardian, dicen sentirse marginalizados en la negociación.

La historia colonizadora de Alemania quedó en el olvido después del Holocausto que cometieron los nazis contra los judíos. Sin embargo, el valor histórico del genocidio contra los herero y los namaqua permitiría entender parte de la historia moderna de Alemania. Después de que perdieron la batalla, los herero fueron encarcelados en campos de concentración cuya mecánica era muy similar a los que fundó Hitler en Alemania y el resto de naciones vecinas que fue conquistando entre 1939 y 1944: campos de trabajo forzado sin acceso a los servicios básicos, donde los herero comían arroz sin preparar y morían de deshidratación y enfermedades que podían haber sido tratadas. En dichos campos, también se practicaron experimentos médicos con los miembros tribales: los médicos los enfermaban para conocer los efectos de ciertas drogas y también los asesinaban para obtener cierta retribución médica en el estudio de sus cadáveres. Las técnicas las heredaron médicos como Josef Mengele. Más de 300 cráneos de hereros fueron enviados a Alemania para que fueran estudiados a la luz de la teoría, en boga en ese entonces —y hoy naturalizada por algunos—, de que la raza blanca era superior a la raza negra y de que era posible probarlo a través del examen detallado de la composición física. La arqueología los desmintió: todos somos parte de la misma familia. Y la raza no existe. Para el general von Trotha, los hereros eran sólo material de exterminio.

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