Alepo: fuente de toda desgracia

Mevlüt Mert Altintas, el supuesto homicida, tenía 22 años y era policía. Su ataque habría sido en retaliación por la campaña rusa en esa ciudad siria, donde han muerto cerca de 3.000 civiles, según estimados.

Mevlüt Mert Altintas (de pie, con su pistola) grita ante el público en una galería de Ankara tras asesinar al embajador ruso Andréi Karlov (en el suelo). / AFP
Mevlüt Mert Altintas (de pie, con su pistola) grita ante el público en una galería de Ankara tras asesinar al embajador ruso Andréi Karlov (en el suelo). / AFP

Andréi Karlov, embajador ruso en Turquía desde 2013, discursaba ayer en la noche ante una audiencia reducida en el Centro de Arte Contemporáneo de Cankaya, en Ankara. Detrás de él estaba su verdugo, erguido con cierto rigor funerario y vestido con saco y pantalón de paño negro, corbata del mismo color y una camisa blanca y límpida. Se llamaba, según dijeron las autoridades de Ankara, Mevlüt Mert Altintas: tenía 22 años y se había graduado como policía en la escuela de Esmirna. (Lea: Asesino del embajador ruso en Turquía es un policía turco: alcalde de Ankara)

Había entrado minutos antes a la sala de exposiciones, donde se inauguraba una muestra de fotografía con Karlov como invitado principal, presentando una credencial que lo acreditaba en su oficio. Tenía todo el porte de un cancerbero molesto: el rostro pétreo y los modales fríos. Era el único guardia en la sala, puesto que el embajador había concurrido a la ceremonia sólo con un asistente y un traductor. Entonces, mientras Karlov hablaba, se escucharon los disparos: fueron cinco o seis, todos por la espalda. (Vea: El asesinato del embajador ruso en Turquía y su relación con la guerra en Siria)

Karlov se derrumbó y los periodistas que estaban en la sala, a pesar de la certeza de la muerte, siguieron grabando y tomando fotografías. El verdugo gritó: “Alá es grande, Alá es grande. Alepo, venganza”. Tras fulminar al robusto Karlov, el atacante disparó varias veces y levantó su mano izquierda hacia el cielo. “Sólo la muerte me llevará de aquí”, dijo y parecía orgulloso. Karlov murió en el acto. Las autoridades abatieron al verdugo minutos después.

El asesinato ocurrió en la víspera de una reunión entre Turquía, Irán y Rusia dedicada al alto el fuego en Alepo (Siria), que comenzó la semana pasada. Las razones que tuvo el asesino para disparar contra Karlov son confusas: podría ser, según las primeras versiones, un ataque de una célula yihadista inconforme con los vínculos del gobierno turco en la guerra en Siria; podría ser también un ajuste de cuentas por los ataques que ha alentado Turquía contra el Estado Islámico; podría ser una retaliación por el apoyo de Turquía a las fuerzas armadas de la oposición en Siria; podría ser una advertencia al gobierno ruso, comprometido en ayudar militarmente al presidente Bashar al Asad, sobre lo que le espera si continúa bombardeando como lo hizo hasta la semana pasada en Alepo.

Meses atrás, la diplomacia de Washington había advertido al gobierno ruso que sus ataques indiscriminados contra civiles eran un alimento para los radicalismos, que en algún punto, aunque no necesiten justificación para atacar, los yihadistas tomarían cualquier ataque como una afrenta personal. La portavoz del ministerio ruso de Relaciones Exteriores, Maria Zakharova, dio en parte la razón a la diplomacia de Estados Unidos al calificar el asesinato como un acto terrorista, justo en momentos en que más de 50.000 civiles son evacuados de Alepo hacia la provincia de Idlib y cuando observadores internacionales, aprobados por Naciones Unidas, se desplazan hacia esa ciudad para supervisar las labores de evacuación.

“¡No se olviden de Alepo, no se olviden de Siria! —dijo el asesino tras dispararle a Karlov— A menos que nosotros estemos todos seguros, ustedes tampoco sentirán seguridad. Todos los que estén involucrados en este sufrimiento pagarán su precio”. Karlov, de 62 años y quien sirvió también como embajador ruso en Corea del Norte, había participado en las discusiones entre Turquía y Rusia que llevaron al cese del fuego y a la evacuación de los civiles de Alepo. Por meses, ambos países han enfrentado relaciones gélidas a causa, por un lado, del avión ruso que tumbaron las fuerzas turcas en noviembre de 2015 y, por otro, del apoyo irrestricto de Vladimir Putin al gobierno de Al Asad. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, aunque al principio de la guerra se mostró fraternal con Al Asad, lo descalificó después por sus ataques contra la población civil.

Karlov es otra víctima del desastre humanitario en Alepo, donde los hospitales carecen de personal para atender a los heridos, los edificios quedaron derruidos y más de 130.000 personas han tenido que desplazarse por los bombardeos que azotaron, hasta la semana pasada y por más de tres meses, al este de la ciudad. Según estimados de ONG, puesto que no existe una cifra exacta, más de 3.000 civiles fueron asesinados durante la campaña de Rusia en Alepo. La evacuación se ha convertido en la salvación de quienes estaban asediados: según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, más de 5.500 personas han salido de la ciudad.