Algo se está moviendo en Cuba

Raúl Castro dijo que su reelección para el cargo sería por un período de cinco años más, hasta 2018, fecha en la que con 86 años renunciará a volver a presentarse.

Y todo ello debido a una reforma constitucional que impondrá en los altos cargos de la administración la limitación de mandatos por dos períodos consecutivos de cinco años, así como el establecimiento de un límite de edad para poder desempeñar un cargo público.

El primer efecto de estas medidas es claro: la élite cubana se prepara para un cambio generacional. Desde enero de 1959 hasta nuestros días ha sido la generación que luchó contra Batista la que ha ocupado los cargos más importantes en el entramado institucional. Se trata de una generación que en la actualidad es octogenaria. Así que el paso del tiempo hace inevitable el relevo. Como primera medida, en esta dirección se ha procedido a elegir como presidente de la Asamblea Nacional a Esteban Lazo, de 68 años, y como primer vicepresidente a Miguel Díaz-Canel, de 52 años, en sustitución de los históricos Ricardo Alarcón y José Ramón Machado Ventura, respectivamente. Especialmente relevante es el nombramiento de Díaz-Canel que lo sitúa como el número dos dentro de la jerarquía de poder, y por tanto como favorito para suceder a Raúl Castro en la Presidencia del país.

Con estos cambios, el hermano menor de Fidel prosigue su línea de reformas desde que lo sucediera en el año 2006. Medidas económicas como la legalización y el impulso a la iniciativa privada, la legalización del mercado de bienes raíces o la relajación de las restricciones que pesaban sobre los cubanos para poder viajar al extranjero, han sido implementadas por Raúl Castro, forjándose una reputación de reformista. Ahora el programa se completaría con el inicio de un relevo generacional programado para asegurar el futuro del régimen socialista en la Cuba poscastrista.

Muchos son los interrogantes que se abren en el futuro de la isla. ¿Cuál será la posición de Estados Unidos ante estos cambios? Es pronto todavía para poder saberlo. Pero a juzgar por las primeras reacciones del lobby anticastrista de Miami, estas reformas son juzgadas como puramente cosméticas y por tanto insuficientes para inducir un acercamiento diplomático norteamericano. Y sin el consenso de la Fundación Cubano-americana, el margen de maniobra de la administración norteamericana para una relajación de los mecanismos sancionadores de la Ley Helms-Burton es muy estrecho.

Por otra parte, también es una incógnita saber cuál es la concepción que tiene esta nueva generación de cómo debe ser la Revolución cubana en esta nueva etapa que se abre. Su fidelidad al ideario revolucionario es clara, pero es plausible suponer que su proyecto de revolución va a diferir del de sus mayores. Y es aquí donde se abre un gran reto para esta nueva dirigencia. Hace ya tiempo que el modelo cubano no despierta en la izquierda global, y la latinoamericana en particular, la ilusión por emularlo. La pérdida de influencia de la Revolución cubana como modelo atractivo ya fue patente en la década de los setenta con el Chile de Allende, en los ochenta con la Revolución sandinista y continuó profundizándose con las experiencias actuales de Venezuela, Bolivia y Ecuador. La izquierda latinoamericana mira a Cuba como a ese abuelo al que se respeta y ama pero que también provoca tedio cuando empieza a contar batallitas. De esta nueva generación depende cambiar esta percepción y que el modelo cubano vuelva a recuperar el brillo que tuvo en la década de los sesenta.

 

* Profesor de ciencia política de la Universidad Complutense de Madrid.

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