La amenaza de la dinastía Kim

La política exterior del fundador de Corea del Norte, Kim Il-sung, basada en el avance armamentista como elemento de disuasión, ha sido emulada por su hijo y su nieto, el actual presidente Kim Jung-un.

Kim Jung-un, líder norcoreano y tercero en la dinastía de los Kim, saluda a sus fieles en Pyongyang, la capital de Corea del Norte.  / AFP
Kim Jung-un, líder norcoreano y tercero en la dinastía de los Kim, saluda a sus fieles en Pyongyang, la capital de Corea del Norte. / AFP

Kim Jung-un llevaba cuatro meses como presidente de Corea del Norte cuando anunció, en abril de 2012, que iba a enviar un cohete con un satélite al espacio, para conmemorar el centenario del nacimiento de su abuelo, Kim Il-sung, venerado fundador del país comunista. La comunidad internacional se opuso, pues consideraba que se trataba de un ejercicio nuclear encubierto. El preámbulo del lanzamiento fue un ir y venir de amenazas entre Pyongyang y los países que advertían sobre el avance secreto del programa atómico norcoreano. Finalmente el desafiante líder ordenó el lanzamiento y provocó una paranoia mundial, pero el cohete voló dos minutos antes de desintegrarse y caer al mar Amarillo. En una reunión al final de ese año en la Casa Blanca, un comediante hacía chistes sobre el cohete y Obama y sus invitados reían.

Para el recién nombrado presidente de Norcorea fue un fiasco no poner en órbita el Unha-3 para la conmoración de la fecha más importante del país. Sin embargo, el joven dirigió las majestuosas celebraciones en las que el pueblo rindió culto a la mítica figura de su fundador.

Kim Il-sung, abuelo del actual líder, dirigió durante la Segunda Guerra Mundial un contingente coreano en el ejército soviético, antes de convertirse en presidente de Norcorea en 1948. Con la llegada del primero de la dinastía Kim se establecieron dos gobiernos independientes en el norte y el sur (antes controlados respectivamente por la Unión Soviética y EE.UU.). Ambos reclamaban la soberanía sobre toda la península de Corea.

Kim Il-sung, decidido a conquistar el Sur, amenazó y cumplió sus amenazas. En 1950 comandó las fuerzas armadas norcoreanas que cruzaron el paralelo 38 —la línea divisoria entre las dos Coreas— para atacar a sus vecinos. Así estalló la Guerra de Corea. El Norte, con el apoyo de China y la Unión Soviética, se enfrentó al Sur, con el apoyo estadounidense. El enfrentamiento se suspendió tres años después con un armisticio, pero sin un tratado de paz, por lo que técnicamente ambas naciones siguen enfrentadas desde entonces. Por eso, cuando Kim Jung-un declaró su país en “estado de guerra” el pasado viernes, agitó a la opinión pública, pero no dijo nada nuevo.

Tras la guerra, Kim Il-sung transformó el aparato estatal en una dictadura militarista y totalitaria. Norcorea empezó a convertirse en el país aislado y hermético que aún es. Además, el abuelo Kim desarrolló un orgullo nacionalista vinculado al avance de su programa atómico y armamentista (en la década de los 80 compró a Egipto sus primeros tres cohetes Scud-B de fabricación soviética). El primer Kim también estableció un culto a su personalidad basado en una abundante propaganda de su figura, que le permitió seguir en el poder hasta su muerte en 1994. Incluso después de su fallecimiento fue nombrado el “presidente eterno”.

Hoy sus imágenes, presentes en las calles, plazas y campos de arroz del país comunista, aún son objeto de veneración. Los siguientes dos de la dinastía Kim han emulado el estilo, los lineamientos políticos y militares del primero, aunque no se han mostrado tan decididos a cumplir con sus amenazas.

Kim Jong-il era el segundo al mando del país desde 1980. Había escrito cuatro óperas de contenido político como ministro de Cultura, había publicado Los diez mandamientos sobre el pensamiento de su padre y había sido acusado como responsable de un atentado que mató a 17 miembros de una delegación surcoreana que visitaba Birmania. Cuado murió su padre, Kim Jong-il recibió la primera trasmisión hereditaria de poder en un régimen comunista, que se convertía en una dinastía. Su gobierno estuvo marcado por el hambre y la fiebre nuclear.

Una devastadora hambruna se apoderó del país desde 1995. Se debió, en parte, a los desastres naturales, aunque también a que Kim Jong-il pagó el precio de la doctrina de extremo de aislamiento y autosuficiencia establecida por su padre. Tardó en buscar ayuda internacional y alrededor de dos millones de personas murieron.

En los mismos años de la hambruna, Washington aseguró tener evidencias de que Pyongyang había iniciado en secreto el desarrollo de armas nucleares, violando acuerdos firmados en 1994. En respuesta, Kim Jong-il prohibió el ingreso a su país de los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica, anunció la puesta en funcionamiento de un reactor nuclear desconectado y de un laboratorio que podía reciclar barras de combustible agotado en plutonio. A principios de 2003 se retiró del Tratado de No Proliferación Nuclear y dos años después confirmó que poseía armas nucleares, para servir como elemento de disuasión. La existencia de ese arsenal nunca ha sido comprobada. En todo caso, tuvo que poner fin al programa nuclear a cambio de energía, alimentos y otras ayudas del exterior para salvar a su país.

El 17 de diciembre de 2011 el segundo de los Kim falleció mientras realizaba un viaje en tren. El tercero de sus hijos, Kim Jung-un, ya había sido designado heredero del gobierno desde el 28 de septiembre de 2010, porque era el favorito y el más ambicioso de los tres hermanos, pero también por descarte.

El primogénito, Kim Jong-nam, parecía destinado al trono, hasta que fue descubierto en el aeropuerto de Tokio con dos mujeres y un niño de cuatro años, utilizando un falso pasaporte dominicano. En los interrogatorios de la Policía japonesa confesó que viajaba a Japón para visitar Disneylandia, lo que representó una vergüenza para el régimen anticapitalista. Desde entonces, vive entre China y Rusia, donde se dedica “al juego y las mujeres”, según el diario surcoreano Chosun Ilbo. El segundo hijo, Kim Jong-chul, era considerado demasiado “afeminado” por su padre como para soltarle las riendas del país.

Así que quedó Kim Jung-un, quien era un total desconocido antes de su designación. Un antiguo cocinero de la dinastía Kim ha dicho que el joven líder es aficionado al basquetbol (hace poco invitó a Dennis Rodman al país para grabar un misterioso documental) y las películas de Jean-Claude Van Damme. Se especula que es hijo de una bailarina que murió de cáncer, que estudió en Europa utilizando un seudónimo, que habla inglés, francés y alemán, pero la información es incierta. Ni siquiera se conoce con exactitud la fecha de su nacimiento, aunque algunos la sitúan entre 1983 y 1984.

Desde el principio, al mundo le asustó la corta edad y falta de experiencia de Kim Jung-un al mando del cuarto ejército más numeroso del mundo —con 1,2 millones de soldados y otros 4,7 millones en la reserva—, y cuyo gasto consumía al 33% del Producto Interior Bruto de Corea del Norte, según la CIA.

El nieto del ‘eterno presidente’, arropado por la cúpula militar, tuvo un ascenso meteórico por todos los cargos posibles. El mismo día que su satélite caía sobre el mar Amarillo fue nombrado primer presidente de la Comisión Nacional de Defensa y pronto consiguió el control total del Estado.

Después del frustrado episodio del satélite, el joven no se resignó. El pasado 12 de diciembre tuvo éxito en el lanzamiento de un cohete de largo alcance con el satélite Kwangmyongsong-3 a bordo. Luego, en febrero de este año, realizó un ensayo nuclear por el cual fue sancionado en la ONU. Desde entonces no ha parado de amenazar a sus enemigos del sur y a EE.UU. Ayer anunció que volverá a poner en marcha todas sus instalaciones nucleares, tanto para usos civiles como militares. Su retórica desafiante contra la primera potencia mundial le garantiza, al igual que a sus antecesores, un lugar en el mapa de la política internacional —en el que en todo caso se encuentra muy aislado—.

Washington dice que toma muy en serio las amenazas norcoreanas, pese a la poca credibilidad que generan. Es poco probable que Norcorea tenga ahora la capacidad para realizar un ataque a EE.UU., aunque nada se ha comprobado excepto que cuenta con algunas instalaciones y plantas de enriquecimiento de uranio. Lo cierto, sin embargo, es que el régimen de los Kim tiene una estrategia clara: construir misiles balísticos intercontinentales para llevar una cabeza nuclear hasta suelo estadounidense. Esa es su amenaza.

 

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