Antimonumento para Ayotzinapa

La escultura, puesta de manera clandestina por familiares y activistas, pretende ser “una protesta permanente de reclamo y de justicia” por los estudiantes desaparecidos.

Un monumento en comemoración de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa fue levantado de manera clandestina en la capital de México. / Cortesía

El ángel dorado, símbolo de la Ciudad de México, se observa a lo lejos entre un signo de +, un 4 y un 3 de más de dos metros hechos en metal rojo. La tierra revuelta del camellón delata el apuro y la clandestinidad con que fue colocado. En el Paseo de la Reforma, esquina con Bucareli, en el corazón del Distrito Federal, se erigió desde el domingo un monumento (o antimonumento, como lo llaman los activistas y padres de los normalistas que lo colocaron) para conmemorar a los 43 estudiantes víctimas de desaparición forzada hace ya siete meses.

La escultura, puesta de manera clandestina por familiares y activistas el domingo 26, ha despertado la curiosidad de los transeúntes que diariamente recorren ese cruce que lleva de la Alameda Central hacia el monumento a la Revolución. El semáforo peatonal demora un poco más que el resto que se encuentra sobre el Paseo de la Reforma, cuatro avenidas convergen en ese pequeño espacio que ahora ocupa el número que ha marcado la historia reciente del país. Lo indiscreto del 43 en rojo y el signo + contrastan con la sobriedad de los edificios circundantes. Como una herida abierta, el nuevo memorial pretende ser, de acuerdo al comunicado difundido, “una protesta permanente de reclamo y de justicia al Estado en el espacio público. +43 quiere ser una llamada de atención a los transeúntes que cruzan cotidianamente la zona”.

Un turista solitario con una cámara busca cómo encuadrar mejor el subversivo +43 que no sólo comparte espacio con el monumento más importante de la ciudad, el Ángel de la Independencia, sino también con las sedes más importantes de poder en el país. A unas pocas cuadras por la calle de Bucareli se encuentra la Secretaría de Gobernación y sobre Reforma la Procuraduría General de la República y el Senado. Paseo de la Reforma es fácilmente la avenida más importante, no sólo como vía sino desde el punto de vista simbólico.

Desde turistas hasta grupos de jóvenes se detienen a tomar una foto del memorial. Mientras cruzan la calle los toma por sorpresa, en el centro de la capital, un recuerdo de los hechos que han puesto en evidencia la incapacidad del Gobierno para proteger a su población. A los pies de la escultura una línea de veladoras de varios colores enmarcan la frase que se ha vuelto a la vez promesa y grito de guerra contra la desaparición forzada: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Sobre la banqueta de enfrente se lee “Ayotzi vive” escrito con aerosol y un hombre de unos 40 años con semblante cansado vigila para que el gobierno de la ciudad no retire el antimonumento que sin permiso ni preguntas ahora ocupa un lugar entre los héroes de la patria y Cristóbal Colón.

El antimonumento es un reto a no aceptar la “verdad histórica” que el Estado ha dado a los familiares. En palabras de los activistas, “es un antimonumento porque es una transgresión y un reclamo al Estado que quiere olvidar —¡y quiere que olvidemos!— la terrible realidad de violencia cotidiana a la cual él mismo nos somete y que ha cobrado la vida de más de 150.000 personas y desaparecido a más de 30.000 +43”.

El +43 pretende ser un compañero incómodo del transeúnte promedio, para que, aunque cansado por su cotidianidad, no olvide a los 43 estudiantes.

Es un reto para las autoridades permitir que los activistas modifiquen el paisaje simbólico de la ciudad, para que en el centro del poder del país permanezca ahí, en el cruce más importante de la capital, la muestra del Gobierno que todos los días falla, hasta que haga justicia. Ahí, subversivo, está el recordatorio de 43 madres, padres, hermanos, amigos y todo un país que espera saber qué pasó la noche del 26 de septiembre de 2014.

 

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