La “apertura” de Irán

Pese al levantamiento de sanciones por parte de la ONU, las restricciones impuestas por EE.UU. y la caída en el precio del petróleo no pintan el mejor panorama para los iraníes.

Aunque McDonalds tiene prohibido abrir franquicias en Irán, algunos locales utilizan su logo. / EFE

En Irán y en muchas compañías extranjeras crece el optimismo sobre la apertura de una nueva puerta en la economía internacional, después de que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el gradual levantamiento de las sanciones económicas impuestas contra la República Islámica. Sin embargo, este optimismo puede ser exagerado por al menos dos razones: primero, a pesar del levantamiento gradual de las sanciones, Irán seguirá sujeto a restricciones impuestas principalmente por Estados Unidos y la Unión Europea. Segundo, la firma del acuerdo no llega en el mejor momento para el sector energético iraní, teniendo en cuenta la caída en el precio del petróleo y las tensiones geopolíticas entre Irán y los países sunníes de la OPEP.

Hay un amplio paquete de sanciones impuestas contra Irán que no están directamente relacionadas con su actividad nuclear y que seguirán en vigor. Entre estas, algunas impuestas por Estados Unidos son las más importantes. Desde 1984 fue impuesta una prohibición a la venta de armas a raíz de la invasión iraní a Irak. Ese mismo año se fortalecieron las sanciones debido al apoyo de Irán a Hezbolá, organización implicada en el ataque a una base militar estadounidense en Beirut, por lo cual Washington incluyó a Irán en la lista de países patrocinadores del terrorismo. A pesar del acuerdo nuclear, Irán no saldrá de esa lista, esto implica que sigue sujeto a restricciones en asistencia extranjera y comercio de armas, entre otras. En 1995, Washington impuso un embargo comercial que prohibe a la mayoría de las firmas estadounidenses comerciar con Irán o invertir en ese país. Aunque con algunas excepciones, el embargo seguirá en pie.

Desde 2006, a raíz de información del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) sobre el incumplimiento iraní de sus compromisos nucleares, el Consejo de Seguridad de la ONU impuso una primera ronda de sanciones, la cual incluía un embargo en materiales y tecnología usada en la producción y enriquecimiento de uranio y en el desarrollo de misiles balísticos y un bloqueo a transacciones financieras. En 2007 y 2008 el Consejo aprobó sanciones que bloquearon la asistencia financiera no humanitaria para Irán. Una cuarta ronda de sanciones llegó en 2010, con la cual se fortalecieron las anteriores y se impusieron restricciones al sector bancario y energético iraní, con el objetivo de reducir su capacidad económica para desarrollar armas nucleares.

Estados Unidos y la Unión Europea en 2012 reforzaron esas sanciones de la ONU. La legislación estadounidense exigió a los compradores del petróleo iraní reducir de manera significativa sus compras. En febrero de 2013, el Congreso de EE.UU. exigió a otros países compradores del petróleo iraní pagar en cuentas depositadas en países como China, India, Japón, Corea del Sur, Turquía y Taiwán. Los fondos estaban disponibles para Irán, pero sólo para comprar bienes locales de esos países o bienes humanitarios de otros.

Todas estas medidas aislaron a Irán en el comercio y el mercado energético internacional e impactaron su economía interna. Los efectos incluyen tasas de desempleo de dos dígitos y altos índices de inflación. Desde 2012, el país entró en recesión durante dos años y sus exportaciones de petróleo cayeron de 2,3 millones de barriles diarios a menos de un millón. En enero de 2013, el ministro de petróleo iraní admitió que esa caída le costaba al país entre 4 y 8 billones de dólares mensuales.

Esta asfixia económica llevó a Irán a negociar el acuerdo nuclear con el P5+1. Para los iraníes, el pacto significa abrir puertas para el retorno de la inversión extranjera, para crear empleos e impulsar el crecimiento, así como acceder a depósitos que tenía congelados y que suman alrededor de US$100 billones en ventas de petróleo. La llegada de Hassan Rouhani al poder en 2013 y el inicio de las conversaciones impulsaron algunas mejoras. Con el acuerdo interino (Plan de Acción Conjunta) logrado en noviembre de ese año, Irán recuperó alrededor de US$4,2 billones a cambio de frenar el enriquecimiento de uranio y otorgar a los inspectores del OIEA mayor acceso a sus instalaciones nucleares. El mismo acuerdo, sin embargo, ponía un tope a la producción de petróleo iraní en 1,1 millones de barriles diarios, menos de la mitad de lo que exportaba en 2011. Con esto, Irán salió de la recesión y su economía empezó a crecer (en 2014 creció al 3%). Hasta este año, la inflación del país bajó del 42% al 15% y se ha empezado a estabilizar el real iraní, que había perdido hasta el 56% de su valor entre 2012 y 2014.

Con la firma del acuerdo final las perspectivas de recuperación económica se incrementaron, pero este proceso no será automático. El levantamiento de sanciones depende de la verificación que haga el OIEA sobre el cumplimiento de Irán de los compromisos alcanzados en Viena. Hasta que el OIEA se pronuncie a finales de este año o comienzos del próximo, se podrán desbloquear los US$100 billones que siguen congelados en depósitos extranjeros y se levantarán sanciones al sector bancario y energético, el más importante en un país que tiene las segundas mayores reservas de gas natural y las cuartas de petróleo. Sin embargo, se mantendrá el embargo de armas durante cinco años y de tecnología para misiles durante ocho.

Las sanciones que se levantarán serán las impuestas por la ONU, no las de Estados Unidos ni la UE. Los europeos, no obstante, ya pusieron en marcha el levantamiento de sanciones a la compra de petróleo iraní, aunque mantendrán, al igual que EE.UU., restricciones a la exportación de tecnología de misiles balísticos y sanciones relacionadas a los derechos humanos y al terrorismo.

Las restricciones impuestas por EE.UU. al comercio y a la inversión se mantienen, a excepción de algunas importaciones de alimentos, tapetes y equipamiento para la aviación civil. El embargo comercial sigue y la mayoría de empresas estadounidenses seguirán excluidas de Irán. Esto es una desventaja para compañías como Exxon, Chevron, Apple y McDonalds, entre otras, que tendrán que esperar un rato mientras otras empresas europeas pisan suelo iraní. Ya hay delegaciones de grandes compañías de Alemania, Italia, Francia, Suiza y España con un pie en Teherán.

Para los iraníes lo más importante es la reactivación de su sector energético. Alrededor del 15% de su economía depende del petróleo. El Ministerio de Petróleo iraní pretende atraer más de US$100 billones en inversión extranjera para modernizar este sector. Irán tiene alrededor de 53,3 millones de barriles listos para ser vendidos cuando le sea permitido. El país espera recuperar su cuarto lugar como productor más grande después de Arabia Saudita, Estados Unidos y Rusia.

El regreso iraní al mercado energético, sin embargo, enfrenta la estrepitosa caída en el precio del petróleo, por lo cual los ingresos pueden ser insuficientes para impulsar sus exportaciones y modernizar su sector energético en el corto plazo. Además, Irán tendrá que abrir un espacio en la OPEP para sus exportaciones, pero no tiene buena relación con Arabia Saudita, el líder de la organización, ni con sus aliados sunníes. Los saudíes, enemigos del acuerdo nuclear, han acusado a Teherán de apoyar a milicias chiitas en Yemen, Siria e Irak, y no le darán una cálida bienvenida a Teherán en el mercado energético. Ante este panorama, los expertos coinciden en que a Irán le tomará años volver a exportar alrededor de 2,5 millones de barriles diarios, como lo hacia antes de 2012. Por estas razones, la apertura iraní después del acuerdo nuclear debe ir por ahora entre comillas.