Árabes de todos los países, uníos

En 2011 cayeron varios regímenes autoritarios del mundo árabe. Hoy, los sueños revolucionarios parecen frustrados y el panorama es el de un regreso al pasado. Pero el grito de la revolución sigue vivo.

Pese a las amenazas del gobierno, miles de egipcios siguen protestando por el retorno del depuesto presidente Mohamed Mursi.  / EFE
Pese a las amenazas del gobierno, miles de egipcios siguen protestando por el retorno del depuesto presidente Mohamed Mursi. / EFE

Los árabes se pusieron de pie. Como en una cascada de banderas, el mundo árabe, desde Marruecos hasta Irak, desde Siria hasta Sudán, se llenó de pedidos de cambio en dos direcciones: apertura política de regímenes autoritarios y excluyentes, y justicia social para una región con grandes desigualdades y necesidades básicas sin resolver.

Estos levantamientos son fruto del autoritarismo, las políticas neoliberales, un alto índice de desempleo y, sobre todo, del día en que los árabes perdieron el miedo. Esa frase la oí a sirios en el mercado de Damasco, a jóvenes egipcios en la Plaza de Tahrir y a mujeres tunecinas en la avenida Burguiba.

Décadas antes, hubo levantamientos en muchos países. En 1977 Egipto se rebeló y tumbó las leyes neoliberales del presidente Anwar el-Sadat. En Siria, cartas de intelectuales al actual presidente terminaron en persecución. En Bahréin, la protesta se remonta a los años cincuenta, dirigida por obreros petroleros. En 1982, la ciudad siria de Hama fue masacrada por el padre del actual presidente. Una revuelta carcelaria en Libia en 1996 dejó 1.270 asesinados. Estas manifestaciones tuvieron que esperar a 2011 para tener otra oportunidad.

2011

En 2011 cayó en enero el gobierno de Túnez (en el poder desde 1987); en febrero, Mubarak en Egipto (gobernaba desde 1981) y en octubre Gadafi (jefe de Estado desde 1969). Ese año hubo protestas en Bahréin, Argelia, Marruecos, Sudán, Yemen, Jordania, Siria, Irak y Palestina.

En Libia, Gadafi no siguió el camino de los líderes de Túnez y Egipto , sino que optó por una cacería “casa a casa” que obligó a la oposición a saltar a la lucha armada. La superioridad era aplastante y los rebeldes sacaron provecho de la presencia militar de Naciones Unidas para acabar con el régimen.

Yemen, históricamente fracturado entre norte y sur, confesiones y tribus, parecía unido en torno a la exigencia de democracia. Masacres de civiles fueron rechazadas por líderes tribales e incluso por mandos militares. Pero el presidente navegó ágilmente entre la represión y el llamado al diálogo.

Egipto no saltó a la democracia, sino a un gobierno de transición. Los militares, en el poder desde 1952, se erigían como defensores de la revolución y cedieron a la celebración de elecciones.

En Siria, el régimen siguió el ejemplo de Gadafi. A los tres meses de iniciadas las revueltas, opositores y exmilitares crearon el Ejército Libre Sirio, una organización armada que es más una confederación de grupos.

2012

2012 empezó con la salida al exilio del presidente de Yemen. Pero allí, a diferencia de otros países, los líderes de los partidos políticos se robaron las banderas de la juventud y negociaron una falsa transición en la que el vicepresidente quedó de presidente.

En Libia, la forma en que cayó el régimen alimentó una imagen de fracaso, como si la violencia fuera una fatalidad que haría imposible la democracia. A pesar de no tener tradición democrática, el balance de las primeras elecciones fue aplastante: participaron más del 80%, funcionó casi el 100% de las mesas y ganó una coalición liberal con más del 48% de los votos.

En Túnez, en 2012, se avanzó en una Asamblea Constituyente. El problema central, como nos decía el ministro de Asuntos Sociales, era la falta de recursos financieros para hacer posibles las banderas de la revuelta. El miedo es que los préstamos recientes del FMI terminen por empujar la agenda económica hacia el neoliberalismo, en sentido opuesto a la revuelta.

En Egipto, las elecciones fueron ganadas por los Hermanos Musulmanes. Su celebración representó uno de los momentos más emotivos que he vivido en el mundo árabe, en medio de gritos, cánticos y rezos en la plaza Tahrir.

2013

La alegría se transformó en pesimismo. El caso más doloroso es la destrucción de ciudades enteras por parte del régimen genocida en Siria. Los refugiados por día superan a los que en su momento hubo en Ruanda, los desplazados se miden por millones. Los muertos son más de cien mil.

 Libia avanza bastante en comparación con el régimen de Gadafi, pero no lo necesario. Hay tensiones regionales, étnicas y religiosas, que son el principal reto del gobierno. En Túnez, la crisis económica y las amenazas salafistas son respondidas en la calle con fuerza.

En Egipto, los errores de Morsi (falta de liderazgo, intentos de islamización, exclusión política) fueron aprovechados por los militares, que recogieron el malestar social para “justificar” su golpe militar. La Hermandad demostró ser buena en la oposición pero pésima en la administración. El movimiento antigolpe ha sido reprimido, dejando cientos de muertos.

 Con la vuelta de los militares al poder y el nombramiento de ministros mubarakistas, pareciera que Egipto ha vuelto al pasado. Ni Hermanos Musulmanes ni militares representan una opción democrática, ambos recogen adeptos en parte por los errores del contrario.

A las tropas sirias y sus paramilitares (los shabiha) se han sumado los guardias revolucionarios iraníes y los libaneses de Hizbolá. En el lado rebelde, su confrontación con núcleos pro-Al-Qaeda venidos de Irak hace más difícil su lucha, lo que se agrava con un grupo de kurdos con una agenda separatista. La visión occidental ha reducido los rebeldes al “terrorismo”, lo que es funcional al gobierno sirio.

Lo que vendría

Las quejas de que no hay unidad en la lucha árabe preocupan a Occidente, desconociendo que lo árabe es, por definición, heterogéneo; no gratuitamente un arabesco no es lineal ni uniforme. Desde la OLP hasta Hizbolá, son fruto de alianzas, como las coaliciones en el poder en Libia y Túnez. Las revueltas no han tenido una vanguardia ni única bandera y eso las hace excepcionales. Negar la heterogeneidad es negar la esencia de las revueltas y desconocer lo árabe.

Sin duda, en medio de las crisis, EE.UU., Europa, Rusia y China tratan de posicionarse, al igual que poderes regionales como Arabia Saudita e Irán. Ninguna potencia tiene una agenda ingenua, ya sea por los intereses económicos de China, la geopolítica rusa, el interés egoísta de Europa o la agenda de EE.UU. al servicio de Israel.

Los árabes sufrieron el reparto de sus tierras entre franceses e ingleses (1916), la imposición de Israel (1947), la mentira de las armas de destrucción masiva en Irak (2003), entre otras trampas, pero no por ello podría explicarse todo por la “teoría de la conspiración”, forma de pensar muy extendida en el mundo árabe.

Las primeras protestas fueron contra los gobiernos autoritarios; ahora hay marchas en Túnez y Egipto contra expresiones políticas que buscan la islamización del Estado. En el caso tunecino, el 98% de la población es musulmana, pero mayoritariamente quieren un gobierno laico, es decir: distinguen su papel como ciudadanos del de creyentes. En el caso sirio, la lectura minoritaria de que no se trata de una guerra contra un dictador sino de una guerra religiosa, pervierte las banderas que han permitido la unidad operativa de los rebeldes y aumenta las tensiones regionales entre suníes y chiíes.

Una tercera ola podría ser a futuro (una vez superados los viejos gobiernos, lo que todavía no se ha hecho ni en Yemen ni en Siria) la lucha contra las políticas neoliberales. Estas, en cuanto transnacionales, deberían ayudar a que el mundo árabe deje de pensarse en clave de estados y se piense más en términos de comunidad trasnacional. Es decir, apelar al llamado de “árabes de todos los países, uníos”. Como dice Hegel, “la lechuza de Minerva sólo levanta el vuelo al anochecer” y el anochecer de estas revueltas todavía está muy lejano.