Arafat, asesinado

Después de una investigación técnica, expertos del Instituto de Radiofísica Aplicada de Lausana (Suiza) no descartan el envenenamiento del líder palestino.

Patrice Mangin, director del Centro Universitario de Medicina Legal y uno de los responsables de la investigación sobre la muerte de Arafat. / EFE

Conocí a Arafat en el verano de 2003, en la Mukata, la sede del gobierno palestino en Ramalá. Transcurría la segunda Intifada y el ejército israelí mantenía a Arafat atrapado en sus oficinas. Israel había bombardeado buena parte del complejo de edificios de gobierno, algunos de los cuales estaban reducidos a escombros, varillas retorcidas y muebles aplastados. Parecía más una visita a un campamento después de un terremoto que a una sede de gobierno.

En aquellos días había muerto su hermana y hubo una romería de delegaciones para darle el pésame. Arafat era más pequeño de lo que había imaginado. Vestía su uniforme verde de combatiente y en la solapa lucía una bandera palestina.

Los intentos de asesinato que había enfrentado, la situación de ese momento en la Mukata y la cruda respuesta israelí a la Intifada, no permitían descartar el asesinato de Arafat. Su liderazgo era indiscutible y su reconocimiento general, no sólo entre los diferentes sectores políticos palestinos sino también entre la comunidad internacional. A pesar de esto, las misiones diplomáticas prefirieron enviar a su funeral a cargos menores, o no asistir, antes que molestar a Israel. Suecia fue la excepción.

Desde los primeros días de su muerte se barajó la posibilidad del homicidio por envenenamiento, cosa que muchos descartaron, en parte porque sonaba fantasioso y en parte porque la misma edad de Arafat, 75 años, hacía muy probable una muerte natural.

En 1974, Arafat habló ante las Naciones Unidas: “Vengo con el fusil del combatiente de la libertad en una mano y la rama de olivo en la otra. No dejen que la rama de olivo caiga de mi mano”. Para escucharlo, la Asamblea General en pleno se desplazó desde Nueva York hasta Ginebra, porque Estados Unidos no quiso darle visa.

Yasser Arafat fue siempre una piedra en el zapato para el proyecto sionista de colonizar toda la histórica Palestina para el Estado israelí. Desde los años sesenta encarnó la lucha por la consolidación de una organización de resistencia contra la ocupación (primero Fatah y luego la alianza conocida como OLP) y encarnó la resistencia misma. Desde el refugio en Jordania, la guerra en Líbano, el gobierno en el exilio de Túnez, etc., siempre fue el símbolo de su pueblo. Pero de nada le sirvió haber reconocido a Israel en 1988, ni haber firmado la paz de Oslo con Isaac Rabin en 1993. Murió sin ver a su pueblo liberado.

Hoy se comprueba que Arafat fue asesinado por sus enemigos. Tal vez sólo resta decir que la comunidad internacional —la misma que dejó caer la rama de olivo de las manos de Arafat y que a la vez le exigió dejar el fusil del combatiente— no condenará su crimen ni lo castigará.