Argentina: disfuncionalidad sistémica

Buenos Aires. Caminando por la emblemática calle Florida de la capital argentina, cada pocos metros se topa uno con un ser que en voz baja, buscando no delatarse, repite la palabra “dólares”.

Cristina Fernández de Kirchner durante la más reciente reunión de Mercosur en Brasil. / AFP

Son los comerciantes de divisas del mercado negro que por estos días ofrecen por la moneda americana unos catorce pesos, cuando el cambio oficial está en nueve. Los turistas hacen su negocio, mientras que los ciudadanos de esta Argentina castigada por una nueva crisis sufren severas restricciones para conseguir moneda extranjera. Argentina, además del fútbol pareciera estar marcada por dos términos que se tornaron parte indeleble de su identidad: peronismo y crisis.

El peronismo es un embeleco argentino único, que muchos en otras latitudes quisieran emular. No es de izquierda, ni de derecha, ni de centro, no profesa ideología política alguna, no necesita vender espejitos, pero en un país sofisticado y educado como la Argentina, se ha posicionado en la opinión como la única alternativa de poder, como el gobernante natural investido por una fuerza divina. Diferente al PRI mexicano, que usó la represión para mantenerse 70 años seguidos en el poder, el peronismo no la necesita. El peronismo no es un partido político, es el paradigma del oportunismo y la maleabilidad ideológica, encarna a la nación, es la vocación total por el poder como medio y como fin.

Los pilares sobre los cuales reposa esta criatura fundada a mediados del siglo pasado por el teniente general Juan Domingo Perón son, entre otros, culto a la personalidad, Evita como el paradigma máximo, líderes todopoderosos, nepotismo, grandes clientelas en la sociedad, especialmente los sindicatos, asistencialismo a través de generosos subsidios como política pública para comprar y mantener lealtades y corrupción, mucha corrupción. Cuando la situación se torna difícil, el peronismo tiene la habilidad única de crear su propia oposición interna o entregar el poder a sucesores no peronistas con cargas de profundidad que garanticen que estos caigan pronto, tal como ocurrió con “el corralito” que en 2001 le heredó Menem al no peronista Fernando de la Rúa y que pulverizó a la legendaria clase media argentina.

Las crisis económicas en Argentina son cíclicas y severas, parecieran integradas al sistema político peronista quizás como clave de su supervivencia. Hiperinflación, deuda externa desbordada, cambios de moneda eliminando ceros, inestabilidad cambiaria y enfrentamientos con el sistema financiero internacional, han hecho parte del paisaje de una macroeconomía fracasada.

Cristina, en esta nueva-vieja crisis con la inflación bordeando el 30%, fuerte caída en los ingresos fiscales y en plena campaña electoral, apela al discurso nacionalista, acusando a los “fondos buitres” de querer acabar con el país, olvidándose que son simplemente acreedores que prestaron plata. La habilidad del peronismo de inventarse enemigos para aparecer como el salvador de la nación es otra de las fórmulas de su supervivencia, pues como reza el saber popular, “sólo el peronismo puede gobernar Argentina”.