Berlusconi no descarta adelantar las elecciones

El mandatario ha perdido el control parlamentario desde que Gianfranco Fini le dio la espalda.

Cuenta Fabio Granata que en los últimos tiempos, cuando va a trabajar por la mañana, una mujer le para frente al Congreso y le espeta: '¡Comunista!'. Ahora bien, a pesar de la atmósfera nebulosa de finales de reino que flota sobre Italia, con cambios de bando, declaraciones sibilinas, acercamientos secretos y cuchilladas públicas, una cosa queda muy clara: Fabio Granata no es comunista. Sin embargo, este diputado procedente de la posfascista Alianza Nacional se ha convertido en la última semana en el símbolo de la rebelión contra Silvio Berlusconi.

Granata, siciliano de 51 años, elegido diputado en las listas del gubernamental Pueblo de la Libertad (PDL), es uno de los hombres de primera línea del grupo de disidentes liderados por Gianfranco Fini, cofundador con Berlusconi del PDL. La insistencia de Granata, que es vicepresidente de la Comisión Antimafia, en pedir públicamente la cabeza de los miembros de su partido investigados en turbios casos de corrupción o por pertenecer a logias secretas que trataban de influir en la vida de las instituciones democráticas italianas, hizo perder los nervios al primer ministro. Y, con ellos, los precarios equilibrios sobre los que se regía su Gobierno.

Il Cavaliere reunió la semana pasada a la directiva del PDL -también partido del amor, en la exuberante retórica del magnate-, que votó un documento de censura a Gianfranco Fini y suspendió a tres de sus hombres con tendencia a efectuar declaraciones incómodas: Italo Bocchino, Carmelo Briguglio y el mismo Granata. El tiro le salió por la culata.   Il Cavaliere hizo mal las cuentas y perdió bastantes más hombres que esos tres.  Fini condujo sus tropas hacia un nuevo grupo parlamentario, Futuro y Libertad. Le siguieron 33 diputados y 10 senadores, dejando a Berlusconi sin la necesaria mayoría en la Cámara baja.

Una agónica sesión parlamentaria celebrada el miércoles, la primera tras la escisión, dejó patente una situación política en la que, de repente, Berlusconi ha perdido el control. En el orden del día figuraba una moción de censura presentada por la izquierda contra el viceministro de Justicia, Giacomo Caliendo, al que los fiscales acusan de formar parte de las sospechosas tramas de una oscura logia secreta, la P3.

El hemiciclo parecía un teatro griego. Los actores principales, ahora antagonistas, evitaron incluso mirarse, cada uno arropado por su corte de fieles. Berlusconi, que no suele pisar mucho la moqueta del Parlamento, fue acogido con aplausos; Fini se miraba las uñas. La votación certificó que el jefe de Gobierno no tiene la mayoría (le faltaron 17 votos) y el rebelde de la Cámara, Fini, cuenta con la disciplina de los suyos.

Futuro y Libertad se abstuvo, y coordinó su posición junto a tres partidos de centro, la democristiana Unión de Centro, la Alianza para Italia y el Movimiento para la Autonomía, que gobierna Sicilia. Cosecharon 75 votos. Calculando los ausentes del miércoles, pueden llegar a ser 85. Estos números inducen a muchos analistas a especular sobre el nacimiento de un tercer polo, una coalición centrista de partidos moderados que representaría una verdadera revolución copernicana en el escenario político italiano, anclado desde hace más de 15 años en una lógica bipolar.

Los interesados, sin embargo, lo niegan. Al menos de momento. 'El centro pertenece a la arqueología política', niega Silvano Moffa, diputado del partido de Gianfranco Fini. 'Solo hemos creado un área de convergencia sobre la legalidad', dice Fabio Granata, 'así no caímos en la trampa de Berlusconi que buscaba una excusa para disolver las Cámaras e ir a las urnas'. Constituir, ahora, un polo centrista daría pie a las acusaciones de traición procedentes de la derecha. Pero si se convocaran elecciones anticipadas, la opción parece más que plausible.

Mientras tanto, un anticipo electoral de tres años da miedo a todos. Excepto, según parece, a Il Cavaliere. A él se le dan bien las campañas electorales, que construye con frecuentes incursiones televisivas y chistes. Durante toda la semana, parecía decidido a dar el paso. A partir del viernes, sin embargo, se mostró más prudente. La variable es la relación con la Liga Norte, aliado fiel, pero peligroso. Umberto Bossi fue el verdadero ganador de las regionales de abril. Desde entonces Berlusconi ha reforzado el eje nordista de la mayoría, perdiendo el control de Sicilia y descuidando a un Fini que se ponía cada día más rígido.

Pero antes de ir a las urnas, la Liga necesita los decretos sobre la reforma del federalismo (previstos para diciembre). Bossi obtendría una avalancha de votos, incluso entre los desquiciados por la corrupción del entorno de Il Cavaliere. El primer ministro está cercado y el viernes decidió hacer un último intento para evitar adelantar las generales.

En agosto esbozará un nuevo documento programático en cuatro puntos (reforma de la justicia, fiscal, federalismo y ayudas al sur). Pedirá la confianza al Parlamento y desafiará a los finianos a rechazar el nuevo documento. La maniobra tiene una lógica clara: un rechazo endosaría la 'culpa' del adelanto electoral a los disidentes. Una aprobación volvería a hacerlos cautivos de Berlusconi. 'Nosotros estamos disponibles para un pacto en interés del país', afirma  Moffa. 'Veo un 50% de posibilidades de que logremos un acuerdo. Pero queda claro que para nosotros un político no tiene que tener sombras, la ética es central'.

'Estamos de acuerdo sobre las áreas que hay que someter a reforma, pero hay que ver los contenidos. Por supuesto hay que reformar la justicia. Pero no desmantelar todo el sistema judicial', comenta Fabio Granata. Mientras la derecha se machaca, la oposición se queda mirando. El Partido Democrático enmascara su fragilidad y su temor a las urnas con la propuesta -casi un salvavidas- de formar un Gabinete de 'amplios consensos' (lo que significa pactar con Fini y los católicos del centro). Por esa vía es difícil que el PD sepa liderar una alternativa de gobierno y caliente los ánimos de un electorado de izquierdas siempre más desanimado.

El escritor Giovanni Verga escribió que cuando las gallinas no tienen qué picar, empiezan a picarse entre ellas. Es lo que ha pasado ahora: a falta de una oposición a la que oponerse, la burbuja berlusconiana ha estallado por incongruencias y enemistades internas.

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