Lula protagoniza la campaña electoral brasileña

El próximo 3 de octubre son las elecciones y el mandatario espera que Dilma Roussef lo sustituya.

El presidente brasileño es la estrella de los actos de su heredera, Dilma Roussef “Luuu-la”, “Diiil-ma”, así, por este orden, cantan los miles de asistentes a los mítines de la candidata del Partido de los Trabajores (PT) en todo Brasil. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva busca que su heredera gane el próximo día 3 sin necesidad de acudir a una segunda vuelta (los últimos sondeos la mantienen en el 51%), y se está empleando a fondo los últimos 15 días para conseguirlo. Viéndoles moverse juntos por el escenario de Campinas (en el estado de São Paulo, feudo de José Serra, su principal rival, con un 27%) se comprende muy bien la importancia de ese apoyo y las razones de las quejas de la oposición. Lula es realmente el protagonista de esta campaña electoral y está convirtiendo cada acto en una clamorosa despedida, con su correspondiente exigencia de afecto.

Los brasileños adoran a Lula, y Lula, el sindicalista que gobernó este país durante ocho años, con un éxito deslumbrante, adora los baños de masas. A Dilma Rousseff, por el contrario, una economista de 62 años, con antecedentes de guerrillera leninista, le cuesta mucho más aceptar las demostraciones de cariño o reprimir el gesto de cansancio. Tiene, sin embargo, muy buena voz y ha aprendido a dar buenos mítines. Incluso baila en los escenarios (pese a que un esguince le obliga a llevar una bota ortopédica), pero, por mucho que se esfuerce, nunca consigue la aplastante naturalidad del actual presidente. “Luuuu-la”, gritan sus seguidores y “Luuuu-la”, grita ella misma sin parar.

“Ganar en primera vuelta sería una sorpresa, desde luego. No creo que el Partido de los Trabajadores confiara hace pocos meses en un éxito tan grande”, reconoce una de las asesoras de la candidata presidencial. La verdad es que el PT ni siquiera consideró que Dilma fuera la mejor candidata posible. Se trata de una apuesta personal de Lula. Rousseff era ministra de Energía cuando el presidente decidió llamarla para ocupar el influyente cargo de jefa de la Casa Civil y acabar así con la pelea entre quienes se consideraban sus posibles sucesores y querían situarse en las puertas de la presidencia. Dilma fue aceptada precisamente como una solución “neutral” porque nadie sospechaba, ni remotamente, que tuviera semejantes aspiraciones.

“Es injusto que se diga que toda la campaña es Lula”, se queja una colaboradora de Dilma. “El mérito de ella es muy grande: en los debates y en los espacios de televisión ha sabido demostrar que es seria, capaz, una alternativa creíble. Ha ganado algún debate con más de 56% de los espectadores consultados. Sin todo esto, el apoyo de Lula sería insuficiente”, asegura.

Lula intentó primero presentarla como “la madre” de los brasileños, pero como ese papel no le va, en absoluto, a esta enérgica mujer, ahora insiste más en presentarla como la persona junto a la que él mismo aprendió a gobernar. “Ella fue quien me ayudó a hacer un Brasil mejor”, proclama.

Lula vio rápidamente, además, que si convertía la campaña electoral en una formidable campaña de despedida, su partido, el PT, podría quizás conquistar nuevas esferas de poder, distritos y escaños que no han estado hasta ahora a su alcance, y la verdad es que se ha lanzado a esa tarea con pasión, confiando casi exclusivamente en sus propias fuerzas.

La imagen de Dilma Rousseff, hija de un comunista búlgaro que emigró y una maestra brasileña, ha cambiado sustancialmente en el último año. Tiene una hija, Paula, y un nieto (Gabriel, que nació hace menos de un mes), y ha superado hace poco un cáncer linfático, que fue, quizás, lo que más la animó a ensayar un nuevo aspecto. Ahora lleva el pelo mucho más corto y han desparecido las gafas y algunas arrugas (no todas, afortunadamente).

“Claro que Dilma que no puede aspirar a los mismos niveles de popularidad que Lula. Ni se le ha pasado por la cabeza. Pero se equivocan quienes creen que será una marioneta, ni de Lula ni del PT”, asegura su colaboradora. Quienes la rodean señalan más su capacidad para decir no, que su simpatía. Dilma va a tener que hacer frente, nada más ganar, a un problema muy serio, la corrupción que ha podido rodearla estos últimos años en la Casa Civil que ella dirigió desde 2005. Erenice Guerra, que se ha visto obligada a dimitir por posible tráfico de influencias, no era una simple colaboradora, sino su auténtica mano derecha, durante mucho tiempo. “La investigación judicial debe seguir adelante”, reclama, sosegada pero inflexible, Marina Silva, del Partido Verde.

En los mítines, Dilma sale al paso de esos ataques, pero su mensaje principal no gira en torno a su trabajo, sino en torno a Lula y a su legado. En Campinas, fue Lula quien arremetió con furia contra las acusaciones de corrupción en su entorno: la prensa es mentirosa, la oposición, brutal, el DEM (partido de centro-derecha) debe ser “erradicado”. La cólera de Lula sonó terrible, (el cantante Caetano Veloso, próximo a los Verdes, llegó después a llamarle incluso “golpista”), pero el presidente detectó rápidamente el ambiente festivo del mitin y volvió de pronto a los elogios. “Presten atención. Ella tiene un corazón eficaz y bonito”, bromeó, mientras se acercaba por detrás y la abraza cariñosamente. Luuu-la, gritaban miles de brasileños, encabezados por Dilma Rousseff.