'Muerte de Villar es un asesinato político'

El fallecimiento de Wilman Villar, un preso político que duró 50 días en huelga de hambre en Cuba, despierta las voces de disidentes en el exilio, como el exprisionero Rigoberto Carceller.

Las voces de opositores cubanos en el exilio han estallado tras la reciente muerte de Wilman Villar, el disidente que murió tras cumplir una huelga de hambre de 50 días en una cárcel de Santiago de Cuba, en protesta por la condena de cuatro años a la que había sido sentenciado por los delitos de desacato, resistencia y atentado. Entre quienes desde el exilio piden que el régimen castrista responda por el “asesinato político” de sus disidentes y que las instancias internacionales intervengan para garantizar la libertad de expresión en la isla está Rigoberto Carceller Ibarra, expreso en las cárceles cubanas por un supuesto delito de promover “propaganda enemiga”. Desde Madrid (España), el ahora fundador y presidente de la plataforma Cuba Democracia Ya, le cuenta a El Espectador su historia y su percepción sobre las detenciones a disidentes cubanos.

El gobierno cubano sostiene que Villar fue condenado por agredir a su esposa y que su muerte se produjo a consecuencia de un fallo multiorgánico secundario debido a un proceso respiratorio séptico severo, que llevó al paciente a un shock por sepsis. Sin embargo, la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN) ha pedido al régimen castrista aclarar varios puntos, pues para este organismo “Villar falleció bajo custodia del Estado y su muerte era evitable”. Además, “no se le ofreció la atención médica adecuada desde los primeros días de su huelga de hambre en la prisión de alta seguridad de Aguadores". A los llamados de la CDHRN se han sumado duras críticas de Estados Unidos, España, la Unión Europea y organismos internacionales que piden al régimen cubano liberar a sus presos políticos y detener las violaciones a los derechos humanos, pero La Habana ha desmentido cualquier abuso contra disidentes y ha rechazado cada una de las críticas.

Para Carceller la cuestión es clara: “la muerte de Villar constituye un asesinato político. Por el origen y el desenlace final”. Cuenta Carceller que el régimen cubano le impedía a Villar vivir y fijar su residencia dentro de Cuba, “donde quisiera o junto a su esposa que vivía en otra ciudad, la política y el estado le asfixiaron de tal manera que encontró la huelga de hambre como única salida. No tengo dudas, no es el primero ni el segundo caso, ya llevamos en Cuba un rosario de mártires por la libertad aun cuando la opinión publica lo desconozca”.

Rubén Fernández, también miembro de Cuba Democracia Ya en conversación con este diario, añade que la muerte de Villar es un asesinato político “porque fue detenido a raíz de participar en una protesta pública junto a otros activistas de su organización en la localidad de Contramaestre, en Santiago de Cuba, y posteriormente condenado a cuatro años de privación de libertad en un juicio sumario bajo los cargos de desacato y atentado a la autoridad. Porque se declaró en huelga de hambre y sed en protesta por lo que él y todos consideramos una condena injusta y en respuesta a su actitud lo confinaron a una celda de castigo bajo condiciones extremas donde su salud se deterioró, y cuando decidieron trasladarlo a un hospital ya fue demasiado tarde. Porque Villar, un activista pacífico, fue víctima de la intransigencia, la sangre fría y el desprecio a la vida de un régimen militar”.

La historia de Villar recuerda a la de Carceller, quien duró 18 meses de prisión en prisión y pudo salir gracias a la gestión de la iglesia católica. Cuenta que el preludio de su detención fue una serie de detenciones que él llama “súper absurdas”: La primera fue por “defender a un chofer que la policía quiso culpar injustamente por un delito que no había cometido, ellos (la policía) se saltaron la roja de un semáforo sin previo aviso y le chocaron, por todo ello le quisieron culpar injustamente y yo no pude sopórtalo. La segunda vez por defender a un compañero de trabajo que le culpaban de un robo que no había cometido y me consideraron su cómplice. La tercera, por responder irónicamente a un policía que se burlaba de mi porque estaba saliendo de la Catedral y me cuestionaba mi práctica religiosa”.

La cuarta fue la vencida. Esa vez Carceller fue condenado a cinco años de prisión por un supuesto delito de repartir propaganda enemiga. “Yo había hecho y distribuido dos años antes unas octavillas que decían Abajo Fidel. Únete por tu patria”, eso le bastó al régimen para ordenar la detención. El trato que recibió mientras estaba tras las rejas, cuenta él, fue “humillante y degradante, con muchas torturas físicas y psicológicas. Me decían que si no hablaba le iban a provocar un accidente de tráfico a mi esposa que estaba embarazada de tres meses, que me iban a fusilar, etc. Vi dar muchas palizas, fusilar con balas de salva, echar perros fieros a prisioneros”.

Carceller no tuvo cómo única salida la huelga de hambre, sino que por gestión de la iglesia católica cubana fue custodiado por la policía política del país hasta Madrid, donde vive ahora en el exilio. En esos meses, entre 1992 y 1993, Carceller pasó por las prisiones de Mar Verde, Boniato y el Combinado del Este.

La cosa no ha cambiado mucho desde entonces. Actualmente, según el exprisionero, se están llevando a cabo detenciones de corta duración, linchamientos públicos y deportaciones masivas. “Se siguen practicando los mismos viejos métodos: te imponen vivir con presos comunes y te obligan a gritar consignas castristas o marchas militares. Estimulan a estos presos con varias prebendas como visitas extras, pases a la calle, estímulos económicos, y a cambio les exigen que te hagan la vida imposible dentro de la prisión. No te dan tu correspondencia o te quitan la biblia o cualquier cosa que ellos consideren de las pocas miserias que te permiten tener. Te quitan los encuentros con tus seres queridos que son cada dos meses, amenazan a las esposas para que abandonen sus maridos, te encierran en el castigo”.

Para numerar las violaciones a los derechos humanos en las que incurre el régimen castrista al detener a sus disidentes habría que, en palabras del disidente exiliado, “citar toda la carta universal de los derechos del hombre y el ciudadano, desde el artículo primero hasta el 30”. Fernández cita algunos ejemplos de artículos flagrantemente violados: “el artículo 5, que prohíbe la sumisión a torturas, penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. El artículo 9, según el cual nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado. El 18, según el cual toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento. El 19, donde se afirma que todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión y se incluye el derecho a no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

A pesar de los llamados emitidos desde la Casa blanca, la Unión Europea y otros gobiernos que exigen al Gobierno de Raúl Castro detener las violaciones a los DDHH y liberar a sus presos políticos, la disidencia en Cuba sigue tan amenazada como desde que Fidel Castro llegó al poder. Carceller afirma que las acciones de la ONU, la OEA y la Unión Europea deberían valer para detener las agresiones contra la oposición. “Pero la dictadura castrista tiene la habilidad de hacer las mayores limpiezas cuando el mundo o la opinión publica están ocupadas con otros asuntos como la guerra de Iraq”. Para Fernández, “la ONU, de la misma forma que ha votado en contra de la permanencia del embargo económico que mantiene el gobierno de EE.UU. al régimen de los hermanos Castro, podría votar para emplazar a dicho régimen, a la instauración de la democracia, las libertades individuales y el respeto a los Derechos Humanos en la isla. También debería apartar a Cuba de la Comisión de Derechos Humanos por su incumplimiento sistemático de los artículos de la Declaración a pesar de ser signataria”.

No hay perspectivas de que la situación de la disidencia en Cuba cambie en el corto plazo. La Habana niega las acusaciones internacionales y tiene sus propias versiones de los hechos. Pero lo que sí podría lograr la frecuente captura de opositores es, para Carceller, un aumento del descontento social, es decir, más disidencia: “El régimen respondiendo a su propia naturaleza, que no es otra que detentar el poder absoluto, esta enconando a la nación cubana y encausándola en una confrontación civil, allí existe mucha rencilla en el corazón, más si le sumamos la ceguera y el extremismo de oportunistas que intentan limpiarse en los procesos de cambio, aquello puede ser una bomba de sin reloj”.

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