Así vivió Baltasar Garzón, en Bogotá, histórico anuncio de ETA

El juez español se refirió al histórico pronuciamiento de la organización terrorista.

Hace 22 años, cuando entró a trabajar por primera vez en la Audiencia Nacional, se marcó como 'un objetivo personal' acabar con ETA. El jueves, cuando la banda anunció por fin el cese definitivo de la violencia,  el juez Baltasar Garzón (Torres, Jaén, 1955) estaba muy lejos de aquel despacho, en Bogotá (Colombia), suspendido y a la espera de juicio por su investigación de los crímenes del franquismo. El que probablemente ha sido el peor enemigo de la organización terrorista compartió desde Seattle (EE UU), también muy lejos de las celebraciones, su análisis de lo que ha pasado, y de lo que queda por venir.
 
¿Qué sintió al ver el comunicado?

Estaba en Bogotá y sentí una mezcla de alegría contenida y de duda, porque otras veces hemos estado en situaciones similares, aunque en esta ocasión parece que la organización terrorista ha tomado la decisión unilateralmente, sin exigir nada. Alegría, pero contenida, y la expectativa de que esto es el final, aunque será lento.

¿Le ha dolido vivirlo tan lejos de la Audiencia Nacional?

Yo me siento en la Audiencia Nacional, aunque esté temporalmente suspendido, porque mis compañeros siguen trabajando en la misma línea y lo tendrán que seguir haciendo, porque ahora se abre una expectativa todavía no está exenta de riesgos. Tan importante es construir el final como combatir el principio. ETA se ha dado cuenta de que no tiene sentido la violencia para perseguir ideas políticas, y eso es lo que cuenta. Estoy muy contento de que esto se haya producido, y trabajando en ámbitos muy parecidos a los de la Audiencia. Ahora estoy en Colombia, en la misión de apoyo al proceso de paz. Creo que las FARC deberían aprender de este final de ETA.

¿De quién se acordó? ¿Tenía amigos entre las más de 800 víctimas de la banda?

Sí. Tenía al sargento mayor de la Ertzaintza, Joseba Goikoetxea, asesinado en 1993, al que apreciaba mucho. Tuvo muy claro, desde su posición nacionalista, que el terrorismo no era el camino, luchó claramente y lo pagó. A la fiscal Carmen Tagle, cuya valentía le hicieron pagar con el asesinato. A muchas personas en las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Me acordé del dolor del asesinato de Tomas y Valiente cuando levanté su cadáver en el garaje de la facultad de Derecho de la Universidad Autónoma. Y del ataque contra la dirección general de la guardia civil. Vi el humo desde casa y me eché a correr por la calle. Me vino a la mente todo lo que ha acontecido desde que en 1988 entré en la Audiencia Nacional, cuando el final de la organización parecía una ilusión, hasta ahora, que es una realidad. Me acordé de todos los compañeros, jueces, fiscales, funcionarios de la justicia. Y, por supuesto, de todas las víctimas, porque esto es un éxito suyo. Es penoso que ETA hable del dolor de sus compañeros caídos y no tenga ni una palabra para las víctimas. Habrá que exigírsela si aspiran a la credibilidad. Y me acordé también de momentos muy dulces. Estar presente en la liberación de José Ortega Lara fue algo impresionante.

¿El último comunicado de ETA es su final?

Es la primera vez que ETA da un paso de esta envergadura, y a todo ello ha precedido un tiempo importante de inactividad violenta. Ha ido recortando las acciones, incluso logísticas, y, simultáneamente, el ámbito en torno a la organización ha ido teniendo una proyección política mucho más importante, marcando la pauta por primera vez, como consecuencia de la debilidad del sector armado y con el Estado golpeándoles año tras año. Perdieron la oportunidad de 2006. No les queda demasiada opción.

¿Por qué cree que ETA ha tomado esta decisión ahora?

Por una parte, la convicción de que su acción terrorista no ha dado los éxitos que pretendían. Eso se debe a la acción firme del Estado, entendiendo por Estado a todos y cada uno de los que lo formamos. En España se ha combatido el terrorismo durante muchos años, pero el asesinato de Tomás y Valiente, el secuestro de Ortega Lara y el asesinato de Miguel Ángel Blanco marcaron un punto de inflexión: la sociedad española pasó de la indiferencia aparente a la indignación activa frente al terrorismo. Eso hizo que también las instituciones se dieran cuenta de que tenían que dinamizar su actividad. Desde el ámbito de la justicia tuvo mucha importancia la visión global de la organización terrorista, no solo como grupos violentos activos, sino como todo un entramado político, mediático y financiero.

¿Cree posible una escisión violenta en el seno de la banda?


Siempre puede haber, pero creo que en esta ocasión no es posible. ETA no tiene un liderazgo muy fuerte y los líderes que le quedan están a favor de esta decisión. No ha sido algo traumático, ha sido algo muy meditado, muy calculado, escenificado también a través de un discurso político que se viene fraguando en el entorno de la organización desde hace dos años. ETA se ha dado cuenta de que el impulso político es lo único que vale para defender esos postulados. Será bastante difícil que haya grupúsculos que discrepen. En todo caso, las fuerzas de seguridad no van a dejar de hacer su labor. Todos tenemos que seguir cumpliendo, pero desde una perspectiva totalmente diferente. Cuando llegue el momento, todo se tendrá que estudiar. En el ordenamiento jurídico español hay margen para establecer esas pautas y esas medidas que puedan favorecer un escenario totalmente diferente. Lo importante es que todos los actores estén en la misma línea. La situación es lo suficientemente importante como para que no se oigan voces salidas de tono como las que desgraciadamente hemos oído estos días.

¿Y ahora qué? ¿Cómo imagina el final de este proceso?

Es prematuro decirlo. La gran diferencia con situaciones anteriores es que [los etarras] abandonan definitivamente la lucha armada y no aparecen como interlocutores. No han ha exigido una negociación en la que sean parte. Lo más que dicen es que el Gobierno español y el francés dialoguen para llegar a puntos que por supuesto a ellos les interesan. Es curioso, porque, en definitiva, aunque con el lenguaje críptico que suelen utilizar, están apelando a que funcionen la democracia y la discusión política. Ahora, en la dinámica de cualquier organización armada comienza todo un andamiaje de entrega de las armas y de situaciones colaterales en el ámbito político para defender algunos de los postulados políticos de la organización. Serán el Estado, la justicia, las instituciones, las que establezcan esa pauta.

¿Cree que a ese proceso le quedan años?

No debería. Pero no hay que precipitarse. El final es más difícil que el principio. Habrá que tener mucha unidad y asumir una política integral, de Estado. Todos los grupos políticos deben ser conscientes de que es una oportunidad única y que la época de la confrontación entre los demócratas a costa del terrorismo debería de extender también su acta de defunción.

¿Cuál es ese margen de actuación que tiene el Estado de derecho a partir de ahora?

Lo hay en todos los momentos históricos en que organizaciones terroristas se han enfrentado a un final no pactado, como este caso. Aquí la gran novedad es que no ha habido pacto, ninguna acción de aproximación ni por parte del Gobierno español ni por parte de ETA. Ha sido un proceso interno el que ha llevado a la banda a tomar esa decisión, en función de su debilidad y de la concienciación de que cualquier acción que continuaran iba a ser contestada con firmeza. ¿Qué margen hay? Las leyes lo establecen. Habrá que diferenciar quiénes están condenados, quiénes pendientes de juicio, quiénes en paradero desconocido y tienen que someterse a la acción de la justicia, cómo y cuándo se entregan las armas, que es lo que realmente tendría que haber hecho ETA: entregar las armas y disolverse. Me imagino que ellos van a jugar con eso, pero creo que poco a poco esa entrega de armas sucederá, dentro de la ley y marcando los distintos escenarios. En el político ya está muy claro: que defiendan las ideas dentro de las instituciones democráticas. Y en lo judicial tendrán que someterse a las normas, que siempre se pueden modificar en función del escenario en el que nos movamos y ante una disolución absoluta.

¿Qué tipo de normas podrían modificarse?

El Gobierno español y francés tendrán que dialogar en función de los límites de cada uno sobre 'las consecuencias del conflicto'. Hay que analizar caso por caso y no se pueden dar soluciones definitivas y a priori porque no conocemos todavía qué va a hacer la organización. Lo único que ha hecho es un manifiesto de intenciones que parece que es definitivo, pero que ahora se tiene que concretar en hechos, como la entrega de las armas. A partir de ahí habrá que analizar qué tipo de beneficios se pueden otorgar a aquellos que se sometan a la ley: desde rebajarse penas a otros escenarios diferentes. Cuando ETA haga bastante más que anunciar este inicio, entonces se podrán tomar esas otras medidas compensatorias, pero no antes.

¿Qué ha supuesto ETA en su vida personal y profesional?

En mi vida profesional lo ha supuesto todo. Ha sido un objetivo permanente. Y personalmente ha supuesto una dedicación por encima de todo, incluso de la propia vida, pero no me arrepiento. Lo profesional y lo personal se confunden y me siento orgulloso de haber podido participar en primera línea durante tantos años de esa persecución, de ese combate legal. Me siento feliz de estar hablando de esto y de ver el final.

¿Cree que los atajos al Estado de derecho, los GAL, han retrasado este final?


No lo sé. Nunca debió suceder, y cuando se tuvo que actuar desde la justicia, se hizo y simultáneamente se combatió el terrorismo. Esa creencia de algunos de que los atajos valen, al final se convierte en algo mucho peor: se les da una justificación que no tienen. España lo vio claro y ha avanzado en estrechar los márgenes posibles de actuaciones fuera de la legalidad, estableciendo mecanismos que evitaran los malos tratos, torturas...

Usted fue el primero en decir que ETA era mucho más que sus comandos. Que ETA era también Batasuna. ¿Bildu es ETA?

No. El Tribunal Constitucional ya ha dicho que no. Está en las instituciones. La dinámica de Bildu es diferente a la que ha habido en ocasiones anteriores, y así lo ha visto el Constitucional. Yo ya no estaba en la Audiencia Nacional, y creo que ha sido la única ocasión en la que no ha habido una investigación judicial penal que viera ese contenido que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos exige para que se pueda afirmar esa vinculación. No tengo dudas de que Bildu [y ETA] han tomado caminos divergentes. Y si no fuera así o cuando se produzcan actos que acrediten lo contrario, se tendrá que actuar con la misma contundencia, pero siempre sobre pruebas, evidencias e investigaciones. Yo empecé a reunir información en 1989 para empezar a tomar las primeras medidas contra el entorno de la banda en 1998. Mucha gente no lo creía, pero a partir de un determinado momento, el Ministerio del Interior, tanto Jaime Mayor Oreja, del PP, como después Alfredo Pérez Rubalcaba, todos entendieron que ese era un camino importante, y que ETA no era solo una organización armada.

ETA intentó matarle con una botella de coñac envenenado. ¿Qué pensó cuando lo supo?


¿Eso cuándo fue?... No me acuerdo. Sí recuerdo que habían planeado disparar desde la calle Génova. Tenían un estudio de la posición de mi despacho y de mi sillón para disparar con un arma larga. Cuando me lo dijo la policía, les dije que continuáramos a ver si cuajaba esa posibilidad y podíamos detenerlos, pero se conoció el plan y se frustró. Las amenazas son nada si tienes la convicción de que haces lo que estás haciendo porque quieres. Yo siempre he estado voluntario en la Audiencia Nacional, y cuando me he ido no me he ido voluntariamente. No puedes no dar todo cuando la sociedad está perdiendo tanto. Sería una inmoralidad que te resguardaras, y en ese sentido nunca me han afectado ese tipo de cuestiones. Ha habido personas que han perdido mucho más que los que aún estamos aquí para contarlo.

¿Qué se le pasó por la cabeza cuando vio las imágenes de Gadafi siendo linchado por los rebeldes? ¿Debió haber sido así?


 Nunca he sido partidario de que el final de un dictador y un presunto criminal sea el de ser linchado, asesinado, ejecutado, porque tampoco soy partidario de la pena de muerte. A mí me hubiera gustado, como dije en su momento cuando ocurrió en Irak con Sadam Hussein, verle ante un tribunal, y en este caso el de La Haya, rindiendo cuentas de los crímenes cometidos frente a sus víctimas. Máxime teniendo en cuenta que durante algunos meses, antes de marcharme a Colombia, cuando estuve trabajando con el fiscal Luis Moreno Ocampo en el caso de Libia en el Tribunal Penal Internacional, vimos claramente esa incidencia criminal contra los libios. Me hubiera gustado que rindiera cuentas ante la justicia.

¿Está preparado para sentarse en el banquillo?

Absolutamente. Lo único que quiero es que se haga justicia, que hasta el momento no la estoy teniendo, al menos en la celeridad. Me hubiera gustado que se dieran más prisa. Me siento y soy inocente de lo que me están imputando. Tomen la decisión que tomen, yo voy a combatir y a defender mi sistema de trabajo y de interpretación de la ley, porque en definitiva por eso estoy ahí: por querer dar protección a las víctimas y combatir el crimen organizado con las armas que da la ley. Ni una más, pero ni una menos.

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