Asia, o la cólera de la naturaleza

Es el continente más poblado del mundo y a lo largo de los años ha sido centro de las más grandes tragedias: desde tifones que arrasan poblaciones, hasta terremotos y tsunamis que suman miles y miles de muertes.

Niños filipinos de la localidad de Borbon piden ayuda en una de las calles luego de que la región fuera azotada por el tifón Haiyan. / EFE

Raro es el año que la furia de la naturaleza no se ensañe en el continente más poblado del planeta y deje a su paso un rastro amargo de devastación, muerte, dolor y desesperanza. Los 4.300 millones de habitantes de Asia se empeñan desde hace más de tres décadas en dejar atrás el horror de las hambrunas y la miseria que azotaron a muchos de esos países, pero los hados parecen obstinarse en dar rienda suelta a su cólera en el escenario asiático.

Las mismas imágenes que hoy contemplamos en Filipinas, donde la ciudad de Tacloban ha quedado reducida a escombros por el tifón Haiyan, sacan de la tumba del recuerdo el terremoto de magnitud 9,0 que, a primeras horas de la tarde del 11 de marzo de 2011, sacudió la costa nororiental de la isla japonesa de Honshu y desató un maremoto con olas de hasta 40 metros de altura que barrieron ciudades, aldeas y las torres de refrigeración de la central atómica de Fukushima, hundiendo a Japón en su mayor crisis nuclear tras las bombas de Hiroshima y Nagasaki. “Viviría con cortes de electricidad a cambio de erradicar todo lo nuclear”, declaraba una superviviente de Hiroshima tras el pavor desatado en Japón al accidentarse la planta de Fukushima.

Los japoneses veneran la naturaleza, casi más que ningún otro pueblo, y sin embargo ella, caprichosa y esquiva, los azota con su látigo un año sí y otro también. A veces, como sucedió en Fukushima y en Kobe en 1995, su ira es tal que los muertos se cuentan por miles, por decenas de miles. No hay compasión cuando la naturaleza decide atacar.

Por las verdes colinas y extensos campos de cultivo de la provincia china de Sichuán aún se escucha el llanto de las madres que aquella soleada mañana de mayo de 2008 dejaron a sus hijos en las escuelas del distrito de Wenchuan, castillos de naipes que el zarpazo de un sismo asesino convirtió en gigantescos ataúdes. La tierra se estremece y encuentra a su compañera de baile en la corrupción que adelgaza los cimientos de la construcción. Todo se desmenuza y ladera abajo se deslizan escombros y barro en una amalgama espesa que sofoca todo atisbo de vida.

China, que con sus enormes recursos humanos se ha empeñado históricamente en domeñar la naturaleza, sufre con frecuencia sus embates y en 1976 se enfrentó a uno de sus peores golpes: el terremoto de Tangshan, que causó más de 200.000 muertos.

Las vecinas faldas de la impresionante cadena del Hindu Kush se removieron en octubre de 2005 por un sismo que transformó la belleza de un paraje sin igual en un río de desconsuelo. “Las piedras caían de las montañas en medio de un ruido ensordecedor. Cuando cesó, pude ver la aldea aplastada”, contaba Mohamed. Al menos 80.000 personas perecieron en la sacudida que tuvo como epicentro la Cachemira paquistaní, una región dividida y asolada por la violencia política desde la partición de India y Pakistán en 1947. Después de tres guerras sufridas en la zona, sus castigados habitantes se encontraron desarmados para hacer frente al embate de la naturaleza.

El 26 de diciembre de 2004, Asia vivió el mayor espanto de su historia reciente. Bajo las aguas del Índico, a escasa distancia de la región indonesia de Aceh, un choque entre dos placas tectónicas submarinas y el consiguiente desplazamiento desprendieron una energía equivalente a 14.000 bombas atómicas. Todo el océano se contagió. Los satélites captaron imágenes del primer frente de olas que se formó. No tenía mucha altura, unos 50 centímetros, pero medía 800 kilómetros de longitud y se desplazaba a una velocidad de 800 kilómetros por hora. Nadie ni nada de los que se encontraron en su camino pudieron impedir su avance. Las costas de Indonesia, India, Sri Lanka y Tailandia se llenaron de cadáveres, que las aguas escupieron sin decoro. Otros muchos miles de personas desaparecieron para siempre engullidos por el mar. Nunca sabremos las cifras exactas de aquella catástrofe, pero superaron el cuarto de millón de muertos.

“Todos tememos que vuelva la gran ola”, decía Mayesh, una joven cingalesa que perdió a sus padres cuando el tsunami se llevó la barriada de 600 casetas en la que vivían en Panadura, a una treintena de kilómetros al sur de la capital, Colombo.

Justo un año antes, el 28 de diciembre de 2003, Bam, la ciudad iraní que conservaba la mayor fortaleza de adobe del mundo, quedó reducida a polvo por un temblor de apenas 6,3 de magnitud en la escala de Richter. En unos segundos todo se convirtió en diminutas partículas de arenisca. Se formó un polvo denso que ahogó a 25.000 personas de las 80.000 que vivían en el corazón de ese importante oasis. En Bam el polvo olía a muerte, se agarraba a la garganta de los equipos de rescate e inutilizaba el olfato de los perros buscadores de supervivientes.

Pero si hay un país en Asia donde la naturaleza no tiene piedad y al cual el cambio climático que provoca la acción humana está martirizando, es Bangladesh. A bordo de helicópteros del Ejército pude contemplar el escenario de la tragedia del ciclón que en 1991 dejó 125.000 muertos y sumergió bajo las aguas más de un tercio de este país enclavado en el delta del sagrado Ganges, un delta que cada año se hunde un poco más.