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Baluchistán, tierra de desaparecidos

En Baluchistán, provincia más extensa de Pakistán y una región con pretensiones separatistas, han desaparecido y muerto miles de ciudadanos desde la década pasada.

Sabeen Mahmud en una fotografía sin fecha. Mahmud era fundadora del café T2F, dedicado al arte y los debates. /EFE

Cinco disparos. Cerca de las 9:30 de la noche, en el semáforo del cruce entre la Biblioteca Central y el bulevar Sunset, dos hombres en motocicleta se acercaron al auto en que estaban Sabeen Mahmud, su madre y el conductor, Ghulam Abbas. Habían salido del café The Second Floor (T2F), que Mahmud fundó en 2004, después de un conversatorio dedicado a Baluchistán, la provincia más extensa de Pakistán. Participaban varios activistas, entre ellos Mama Abdul Qadeer, que suma 73 años y que caminó casi 2.000 kilómetros entre Quetta e Islamabad en protesta por los desaparecidos. En Baluchistán, una región rica en oro y carbón, desde mediados de la década pasada han desaparecido y torturado a miles de personas, al parecer a manos de las fuerzas de inteligencia paquistaníes, que capturan a ciudadanos afectos a la independencia de Baluchistán. Ciudadanos que tal vez son afectos. Unos dicen que en un año ocurrieron más de 1.000 desapariciones; otros, de repente, sustentan cifras de no más de dos dígitos. En el conversatorio hablarían de la mudez de los medios ante Baluchistán, de las intenciones separatistas, de libertad de expresión.

Dispararon siete, ocho veces. Cinco disparos se alojaron en el cuerpo de Sabeen Mahmud y dos más en el de su madre: en la espalda y en un brazo. Abbas, después del aturdimiento del cañón, las llevó al Centro Médico Nacional de Karachi (Paquistán). Apenas al llegar, Mahmud fue declarada muerta; su madre se salvó y fue trasladada al Hospital Aga Khan. Durante año y medio, contó horas después su madre, Mahmud había recibido amenazas de muerte. La escritora Kamila Shansie le había pedido meses atrás que se cuidara. Mahmud le respondió: “Alguien tiene que pelear”.

Y peleó.

Como veía que los espacios de conversación en el país y que el arte era el modo más sencillo de llegar a muchas personas, Mahmud había fundado el café sin tener idea de mercadeo. Tuvo éxito de manera paulatina, y en breve, entre el espacio blanquecino de sus salas, comenzaron a ejecutarse actos de teatro, pintura, lecturas de poesía y discusiones sociales. Mahmud utilizaba las redes sociales, también, para desmontar la falsa idea de que en Paquistán debían quedarse en silencio ante los hechos más obvios, pero era también una activista con un pie en la calle. En un perfil publicado por la revista Wired en mayo de 2013 se lee: “Ella (Mahmud) también piensa que la tecnología puede hacer que alguien se convertía en activista de manera muy simple. ‘La democratización de la tecnología también provee una plataforma para la perpetuación de la mediocridad’. Mahmud está interesada en hacer un cambio social real, y está dispuesta a tomar riesgos que la mayoría no tomaría”.

Las amenazas, si es posible formular una fecha, comenzaron en 2013. Por entonces el gobierno vetó el Día de San Valentín; Mahmud convocó a las personas, a través de internet, a que enviaran fotos que burlaran la norma. Recibió llamadas y tuvo que recluirse en su hogar. Un día —cuenta la revista Wire— alguien timbró a su puerta y ella se mantuvo, rígida, en su puesto. El visitante insistió. Tomó un bate, caminó hacia la puerta y se dio cuenta de que era un cartero. Entonces, dijo, se sintió algo decepcionada. “La situación es peligrosa y pasan cosas malas. Pero no puedes dejar que el miedo te controle, porque de ese modo nunca harás nada (…). El activismo se trata de actuar”. Actuar era, en su caso, presentar un amplio debate sobre todo aquello que sucedía en Baluchistán. Por eso, dirían horas después, la mataron: por Baluchistán. Las posibilidades de que fuera asesinada, pensaron todos, eran mínimas y menos en Karachi, una ciudad principal.

¿Por qué Baluchistán? La provincia, situada al sur de Paquistán, es la más extensa en territorio y la menos poblada. Tiene yacimientos de oro y carbón y dentro de poco, gracias a un convenio entre los gobiernos de Pakistán y China, se convertirá en una vía de paso de productos desde China hacia el mar Arábigo. Desde 1948, auscultados en la riqueza de la región y en su potencial económico, grupos separatistas han buscado la independencia de Paquistán. Congregados hoy en el Ejército de Liberación de Baluchistán, los grupos separatistas se enfrentan al ejército nacional y han producido numerosas muertes de población civil y armada, y también han desaparecido y torturado a agentes oficiales. Han caído integrantes de lado y lado, y esa era justo una de las discusiones que tendría Mahmud en el conversatorio. ¿Cuáles son los intereses separatistas y qué de todo esto es verdad?

Las fuerzas de inteligencia de Paquistán —en las figuras del Frontier Corps y la Inter-Services Intelligence (ISI)— han enfrentado durante la última década a los insurgentes, calificados como terroristas por Paquistán y el Reino Unido. De acuerdo con Human Rights Watch (HRW), que recogió 45 testimonios y realizó más de 100 entrevistas en la zona, sus métodos han sido poco humanitarios: hay pruebas y testimonios de que, bajo una simple estela de sospecha, han torturado y asesinado a supuestos integrantes de las fuerzas rebeldes. A orillas de las carreteras han aparecido cuerpos con tiros de gracia. Quienes han salido, cuentan que los militares, con apoyo de la policía —que se asegura de que la zona esté libre de testigos—, los llevan amarrados y cegados por vendas en camionetas sin identificación. Les preguntan por horas, producen miedo, desdeñan las salidas afortunadas. Bashir Azeem, antiguo secretario del partido republicano de Baluchistán, fue capturado en una ocasión. Su testimonio fue recogido por HRW. Su secuestrador le dijo: “Aunque el presidente nos diga que debemos soltarlo, no lo haremos. Podemos matarlo, torturarlo, tenerlo por años bajo nuestra voluntad”.

El gobierno paquistaní ha respondido en pocas ocasiones sobre la suerte de estas personas y la policía dice tener las manos atadas. “La inhabilidad del sistema de justicia criminal para acabar con las desapariciones está exacerbada por las continuas fallas de las autoridades paquistaníes, a nivel nacional y local, a la hora de impulsar la voluntad política para atender este tema”. El ministro Zafrullah Zehri dijo en 2011 que sólo 55 personas habían desaparecido en un año; tres años antes, el entonces ministro del Interior, Rehman Malik, había estimado esa cifra en 1.100. De 2002 a 2005 cerca de 4.000 personas fueron detenidas sin cargos claros, y desde entonces están incomunicados de su familia. El gobierno, en ciertos casos, ha creado cargos falsos para sustentar la captura. Existe la certeza de que tres niños, uno de ellos de 12 años, fueron desaparecidos. Otros han desaparecido, vuelven a sus casas y desaparecen de nuevo. Otros han sido golpeados con correas mientras los apuntan con armas. Periodistas y activistas han sido amenazados, y muchos han huido de la zona. El Ejército de Liberación también ha sido acusado de secuestrar, desaparecer y asesinar a profesores, ingenieros y ciudadanos de otras regiones por disentir. 

Mahmud, que protestaba por las políticas del gobierno en Baluchistán, estaba involucrada en la creación de un grupo para prestar atención a las personas desaparecidas. En sus foros, reunía a los afectados de todos los bandos. Era, entonces, objetivo del Ejército de Liberación y las fuerzas de inteligencia militar. Dos horas antes de su muerte subió una fotografía del debate en The Second Floor. Es una fotografía sencilla: la gente discute en una sala luminosa.

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