Boris Johnson, el nuevo verdugo de Rusia

El ministro de Exteriores del Reino Unido pide que investiguen al gobierno de Vladimir Putin por crímenes de guerra. Pide protestar frente a la embajada rusa.

El ministro de Exteriores de Reino Unido, Boris Johnson , durante un evento público en Birmingham.AFP

Del 21 de septiembre hasta este martes, Boris Johnson transitó de la diplomacia a la acusación rigurosa: pasó de decir que había “fuertes” evidencias de que Rusia bombardeaba hospitales en Siria a pedir que se juzgue a ese país por crímenes de guerra. Johnson, que suma sólo algunos meses como Ministro de exteriores de Reino Unido, acusa a Rusia de derruir todo cuanto queda en pie en Alepo, que sufre un sitio de bombas y hambre desde hace tres semanas en el que han muerto más de 300 personas. Rusia es la principal aliada militar del gobierno sirio, y es en muchos sentidos la oveja negra de esta rebatiña: hay pruebas dicientes de su participación en bombardeos contra civiles e instalaciones médicas que en nada tienen que ver con el objeto de la guerra.

Una aclaración, querido lector: Rusia no tiene el dominio de la muerte en esa guerra. También EE.UU. ha asesinado a civiles: según la organización Airwars, al menos 1.642 civiles han muerto en 15.600 bombardeos. La participación de Estados Unidos en la guerra siria es mucho más extensa que la rusa.

Sigamos, sin embargo. Johnson ha dedicado este último mes en señalar a Rusia como posible culpable de crímenes de guerra. ¿Qué quiere decir? Significa que Rusia se habría salido de las reglas de la guerra —estipuladas en el Estatuto de Roma— y que habría tomado como objetivos a personal protegido por la ley: civiles, personal desarmado e inocente. Eso ha dicho Johnson: “(La devastación continúa) con la complicidad de los rusos al cometer lo que son patentemente crímenes de guerra: bombardeando hospitales cuando saben que son hospitales y nada más que hospitales, lo cual hace imposible que comiencen las negociaciones de paz”.

Rusia ha negado todas las acusaciones. Johnson ha pedido que se hagan protestas ante la embajada de Rusia en Londres. El servicio diplomático ruso le ha respondido: “Un llamado muy inusual del Ministro de Exteriores. ¿Nueva forma de diplomacia británica?”.

Antes de posesionarse como la cara diplomática del Reino Unido, Johnson era un político reconocido por su retórica bromista. Apoyó la campaña para que el Reino Unido se saliera de la Unión Europea y ahora estará cargo de buena aparte de las negociaciones para deslindar con elegancia dicho matrimonio. Johnson predispone a Rusia como su primer enemigo diplomático: los rusos han respondido con armas suaves y diplomáticas. Johnson no ha tenido un respaldo general a sus ruegos, aunque las relaciones entre Estados Unidos y Rusia están congeladas (Putin dijo que volverá a tratar con ese país hasta que llegue el nuevo presidente) y Francia, otra de las potencias que influye en Naciones Unidas, tiene una ligazón fría con Putin.

En medio de sus discusiones acaloradas, están los civiles que nada tienen que ver con la diplomacia y que son los afectados directos de una guerra que ha dejado 300.000 muertos en cinco años (una cifra muy similar a la de los muertos por el conflicto en Colombia, pero a lo largo de cinco décadas). Mientras usted lee esta nota, cerca de 250.000 personas se encuentre en el este de Alepo atrapadas por los bombardeos, sitiadas por la pelea entre los rebeldes opositores y el gobierno de Bashar Al Assad. No hay mucha esperanza si salen de la ciudad: a donde miren hay un nuevo invasor, otro guerrerista que se ha declarado en posesión de aquellas tierras, ya sea el Estado Islámico, ya sea Al Nusra.