Brasil: ¿Temer o no temer?

En mes y medio, las medidas que ha tomado el presidente (e), Michel Temer, además de impopulares, han minado su imagen pública y amenazan con fomentar un aislamiento regional sin precedentes.

El presidente interino de Brasil, Michel Temer, durante una rueda de prensa en abril en Brasilia.  / EFE
El presidente interino de Brasil, Michel Temer, durante una rueda de prensa en abril en Brasilia. / EFE

Desde hace algunos meses se habla del esquema de corrupción que se destapó en Brasil por medio de la operación Lava Jato y de la inmensa capacidad de la clase política brasileña tradicional para concertar la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, y poco a poco se asiste a la caída del sistema político vigente desde 1985, como un verdadero efecto dominó.

Los brasileños se dividen en dos grupos. Primero, los esperanzados en la habilidad política del presidente interino, Michel Temer, y en la experiencia de su partido, el PMDB, que en las últimas semanas se ha transformado en el más reciente rehén de las investigaciones lideradas por el juez Sergio Moro, el mismo que ha destapado las conexiones corruptas en Petrobras. Del otro lado están los desilusionados de ver al país de nuevo en las manos de los de siempre. Brasil sigue dividido y víctima de sus propias circunstancias.

En los últimos días, prender la televisión, abrir un periódico, estar conectado en las redes significa seguir en contacto con la corrupción, los resultados nada alentadores de la economía nacional, el desarrollo del juicio político contra Rousseff en el Senado y la fragilidad sistémica del gobierno interino.

Sin embargo, Brasil no deja de sorprender. Cuando se piensa que ya va a voltear la página, sale Temer, figura estilizada, con un portugués erudito, lenguajes y gestos ensayados que recuerdan a políticos que no lideran y los discursos sin alma, a tomar decisiones imprevistas por sus aliados y por sus críticos.

En su primer día al mando del país, mal asesorado, puso sobre la mesa uno de los temas que atañen directamente a la sociedad brasileña: la controvertida reforma de la seguridad social, lo que en principio podría significar el incremento de la edad para pensionarse a los 70 años. Si bien es justificable desde el punto de vista económico ortodoxo, inmediatamente generó el temor de la mayoría de la población asalariada. Luego, en las primeras semanas de gobierno, tres ministros cayeron por haber sido vinculados a actividades de corrupción.

Como si no fuera suficiente, su gobierno anunció la adscripción del Ministerio de Cultura al de Educación, degradándolo al estatus de secretaría, lo que hizo emerger de inmediato el descontento de artistas, académicos e intelectuales, que creen aún que la cultura y la educación son instrumentos importantes para cambiar el mundo. Pero ¿quién dijo que Michel Temer llegó a la Presidencia para cambiar Brasil? Sólo los ingenuos lo creen.

Afortunadamente, después de muchos días de protestas masivas y de tomas de órganos vinculados a la cultura, Temer anuló su decisión. De pronto, asesores más lúcidos hicieron un cálculo de cuánto costaría a su gobierno una pelea abierta con los que dan voz a los que no la tienen, pero sin duda su gabinete salió una vez más resquebrajado ante la opinión pública nacional, hasta aquel momento en la expectativa de los primeros días del cambio entre Rousseff y Temer.

Y de repente otro interrogante aparece: ¿este gobierno no se decía defensor de la democracia? Las democracias no vetan cultura, educación ni tampoco libertad de prensa, otro capítulo inesperado del presidente interino, que ahora ha decidido cerrar el más importante canal estatal, la TV Brasil.

Un datico más: el gobierno interino, en una lógica confusa, anunció la fusión del Ministerio de Comunicaciones con el de Ciencia, Tecnología e Innovación. Los expertos no entienden cómo unir comunicaciones con ciencia y tecnología, salvo que se quiera promover la innovación tecnológica debilitando la histórica forma brasileña de desarrollo industrial propio, fortalecido en 1930 en el gobierno de Getulio Vargas, el primer presidente que priorizó el desarrollo de la industria nacional y entendió que la política exterior debería estar al servicio del desarrollo del país.

Vale recordar que el Ministerio de Ciencia y Tecnología fue creado en el primer gobierno de la redemocratización, después de 21 años de dictadura militar. En los últimos 30 años la ciencia en Brasil presentó avances significativos. “Brasil ocupa el puesto 13 en el ranquin mundial de producción científica”, con una amplia oferta de doctorados. Entre 2011 y 2012 graduó más de 12.000 doctores. Es importante destacar que hasta 2015, 80 % de los estudiantes inscritos en cursos de posgrado eran becados por agencias estatales.

El gobierno interino ha olvidado que en épocas de significativo crecimiento de sus economías, o incluso de crisis, varios países del mundo piensan exactamente lo opuesto y deciden aumentar el presupuesto en ciencia, tecnología y educación como una forma estratégica de intervención positiva de Estado.

Pareciera ser que el Brasil actual no está dispuesto a hacer una apuesta presupuestal significativa en la producción de conocimiento para ingresar a la economía mundial de una forma diferenciada. Esta es la pobre visión estratégica de los que ciertamente gobernarán el país en los próximos dos años y medio. Todo indica que el modelo a seguir será el extractivismo y los negocios en el agro, en un ámbito de colonialismo cultural.

Ni hablar de política exterior. El nuevo ministro de Relaciones Exteriores, José Serra, un canciller político, alejado del imaginario de la histórica escuela de diplomacia Instituto Río Branco, ha proclamado el Brexit brasileño sin necesidad de un referéndum al distanciarse de los procesos de integración regional construidos desde la firma del Tratado de Asunción que derivó en el Mercosur, en 1991. Serra pasó por alto el yo geográfico del país y la tradición de esta casa, en la que a principios del siglo XX José María da Silva, el llamado Barón de Río Branco, ya vislumbraba con visión futurista la importancia del grupo ABC (Argentina, Brasil y Chile) en la política exterior de Brasil y de la región.

¿Quiénes son los asesores de este gobierno? ¿En dónde están los genios que trabajan con Temer, los que anunciaban la salvación de Brasil? A pesar de la gravedad del momento, no se pierde la esperanza de que un líder surja para salvar a Brasil de sí mismo.