Buenos días, democracia

Protestan: gays, de izquierda, de derecha, estudiantes, desempleados, funcionarios públicos, amas de casa.

Río de Janeiro, São Paulo y Recife, tres de las 14 ciudades de Brasil donde más manifestantes se han movilizado. / AFP
Río de Janeiro, São Paulo y Recife, tres de las 14 ciudades de Brasil donde más manifestantes se han movilizado. / AFP

Buenos días, democracia. Así decía una pancarta gigante frente al Congreso. No esta semana; en 1984, cuando la mayoría de los manifestantes de ahora ni siquiera había nacido. Llovía en Brasilia y centenares de manifestantes se hicieron bajo una enorme bandera de Brasil y subieron, cantando, la rampa del Congreso. Yo tenía 18 años entonces y quedé emocionado, como toda mi generación, al ver aquellas imágenes.

Había una causa muy concreta. El pueblo luchaba y vencía la larga y tenebrosa noche de la dictadura militar y el autoritarismo político, y volvía a soñar con un nuevo Brasil, tal como debe ser: soberano, democrático, desarrollado, socialmente justo y solidario. El sueño sonaba a Coração de Estudante y Canção da América, composiciones de un famoso cantautor brasileño de Minas Gerais.

Casi tres décadas después, con un Brasil distinto, ¿qué significan las manifestaciones? ¿Cuál es su alcance y qué esperanza de cambios pueden despertar? El denominador común es la insatisfacción difusa, espontánea y desorganizada que abarca, sin la conciencia y la elaboración política de la década de los 80, causas tan diversas como los pasajes de ómnibus, inseguridad, combate a la corrupción, agenda “homoafectiva”, miedo a la inflación y un Mundial de Fútbol costoso.

Brasil cambió materialmente, volviéndose, por primera vez en la historia, un país de clase media. Las manifestaciones representan el primer evento de un país mayoritariamente de clase media, con todos sus méritos, ambigüedades e hipocresías. Ya no se trata de una lucha de clases, de privilegiados tratando de mantener sus estructuras de opresión social y de la masa luchando por justicia. Es necesario que los manuales de sociología y política se actualicen para comprender lo que realmente está pasando en Brasil. Tratar de interpretarlo con base en ideologías y estereotipos académicos no va a funcionar. Brasil no es para principiantes, ni tampoco para dogmáticos y simplistas.

El espacio público volvió a ser ocupado para fines políticos de cambio, aprovechando la gran visibilidad internacional del momento brasileño. La casi totalidad de los manifestantes es pacífica y desvinculada de partidos políticos y rechaza a la ínfima minoría que desea usar la violencia o capitalizar políticamente el movimiento. Salieron a las calles, dejaron Facebook y el sofá y caminaron lado a lado, extrema izquierda y conservadores de derecha, evangélicos y gays, funcionarios públicos y desempleados, ciudadanos que distribuían flores y vándalos, curiosos y militantes.

Vuelve a manifestarse el Brasil mestizo. Un país extraordinario que mezcla razas, creencias y condimentos, pero también ideologías y causas políticas. De forma difusa, desorganizada, espontánea, más allá de las constantes conspiraciones, sin liderazgo personal o de grupos específicos, pero con la irreverencia poderosamente destructora del mal político, con una anarquía de buen humor, creativa, paradójicamente seria y contundente.

¿Qué pasará con ese tsunami de ciudadanos y causas tan dispares como contradictorias? ¿Qué pasará con esa gran energía política liberada? La respuesta será dada por la capacidad de organizar de forma eficiente esa energía política y social, canalizándola para que se operen cambios de mentalidad, de parámetros de votación y de avances institucionales y se implementen agendas de desarrollo humano y sostenible.

Como afirmó la presidenta Dilma Rousseff: “Brasil amaneció más fuerte. La grandiosidad de las manifestaciones comprueba la energía de nuestra democracia, la fuerza de la voz de la calle y el civismo de nuestra población. Es bueno ver tantos jóvenes y adultos juntos con la bandera de Brasil, cantando el himno, diciendo con orgullo ‘yo soy brasileño’ y defendiendo un país mejor”.

Los ciudadanos brasileños parecen desear reinventar la democracia y participar de forma más consciente y activa en la construcción de su propio futuro. Todos conocen la pasión del brasileño por el fútbol que, según algunos, era el opio del pueblo. Sin embargo, el hecho de que esos eventos ocurran durante la Copa Confederaciones demuestra que el brasileño no es alienado, y que —sin dejar de celebrar las jugadas y goles de Neymar y su equipo— está dando un mensaje fuerte de construcción de una nueva ciudadanía, de un nuevo pacto social.

 

* Doctor en socioeconomía del desarrollo, Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.Traducción de Bianca Sacchitelli.