La burbuja de Donald Trump en Colombia

Durante diez años el magnate estadounidense y sus hijos han estado explorando negocios en nuestro país.

Lunes 21 de febrero de 2011: el presidente Juan Manuel Santos recibió en la Casa de Nariño a Donald Trump Jr. (al frente) en compañía del cuestionado empresario Jeremy Blackburn (a la izquierda de Trump). Asistieron el entonces presidente del Congreso, Armando Benedetti (a la derecha de Santos), y su polémico hermano Camilo (junto a Blackburn).Archivo Presidencia

La primera vez que Donald Trump, el dueño del concurso de Miss Universo y ahora candidato antilatino a la Presidencia de Estados Unidos, pidió a sus asesores información concreta sobre potenciales inversiones en Colombia fue después de realizar el concurso de belleza en Panamá en 2003, donde Amelia Vega, de República Dominicana, fue la ganadora justo cuando el magnate estadounidense estaba interesado en invertir en Punta Cana. El año anterior la corona había sido precisamente para Miss Panamá, Justine Pasek, tras la destitución de la rusa Oxana Fedorova. Entonces el portafolio de negocios de Trump en el istmo empezó a consolidarse.

El primer contacto serio del emporio Trump con empresarios colombianos ocurrió en 2005, cuando coincidió con las firmas bogotanas Espacios Urbanos y Arias, Serna Saravia, junto al inversionista panameño K Group, en la construcción del Trump Ocean Club International Hotel &Tower, una combinación de lujosos apartamentos para ejecutivos con oficinas exclusivas en el centro financiero del país vecino.

Carlos Alberto Serna lo conoció a través de un amigo común que Trump había hecho en Miss Universo 2003. Serna, de espacios Urbanos, se reunió con su hija Ivanka Trump, entonces modelo de marcas como Versace, en Panamá y hablaron del potencial de Ciudad de Panamá y de Cartagena. Ella le manifestó que no era el momento para ese tipo de inversiones, pero dos días después el propio Donald llamó a Serna para disculparse por la negativa de su hija y manifestarle que le interesaba oír ofertas.

Carlos Alberto y su hermano Rodrigo Serna viajaron a Nueva York y lo convencieron de las bondades inmobiliarias en Panamá. Designó a Ivanka y a su hijo mayor Donald para ponerse al frente de las negociaciones, que duraron cinco meses. Trump aportaba la franquicia de su nombre y se quedaba con la administración del hotel y del casino, mientras las firmas colombianas asumían la gerencia del proyecto, el diseño, la construcción y las ventas. Firmados los contratos hicieron pública la construcción del edificio en forma de vela marina el 25 de abril de 2006 en rueda de prensa en la legendaria Trump Tower, frente a 100 periodistas.

Carlos Alberto Saravia, gerente de la firma constructora Arias, Serna, Saravia, recordó el evento y le dijo a El Espectador que ese fue el único negocio en el que trataron con Trump y sus hijos. “En realidad Trump no tuvo nada que ver más allá de poner su marca. No invirtió un dólar porque la financiación se logró en el mercado de bonos”. Preguntado sobre la impresión que le dejó el norteamericano dijo: “Es un empresario que actúa de acuerdo con sus esquemas y no podría decir que presente comportamientos inadecuados. Otra cosa es lo que haga en la política”.

A sus hijos los califico como “empresarios fuertes, bien sustentados jurídicamente, agresivos, pero de ninguna manera deshonestos. Tienen la personalidad que se refleja en el reality El aprendiz”. Como su padre, ellos se formaron en la exclusiva escuela de negocios Wharton, de la Universidad de Pensilvania. Saravia destacó el interés de Trump por hacer inversiones en Colombia. “Pero al final no invirtió en nada. Con él no tenemos preacuerdos ni algo en perspectiva, y con los hijos perdimos contacto. Lo mismo le pueden ratificar mis colegas de Espacios Urbanos”.

El Trump Ocean resultó un éxito. Los Trump consiguieron el respaldo del poder político panameño, tanto que en la inauguración el entonces presidente Ricardo Martinelli dijo: “Me gustaría agradecerle a Donald Trump por venir a Panamá y permitir que este increíble edificio lleve su nombre”. El toque final fue la instalación de dos esculturas de Fernando Botero. El interés de los Trump por Colombia seguía vigente.

En octubre de 2006 llegaron a Cartagena en un vuelo comercial Donald Trump Júnior y su hermana menor Ivanka. Se hicieron pasar como turistas, pero habían coordinado con anticipación su visita con el alcalde de la ciudad, Nicolás Curi, quien les cumplió el pacto de no hacer pública su presencia hasta que se hubieran marchado. Les puso a disposición todo lo necesario para que conocieran teniendo en cuenta su interés de invertir en la ciudad amurallada, donde se hospedaron. Hicieron un sobrevuelo en helicóptero, incluyendo la bahía y las islas del Rosario, dieron un paseo en yate y dijeron estar impresionados con la belleza natural.

Curi los atendió en su oficina y les mostró los planes de desarrollo a nivel de turismo, incluida la ampliación de la avenida del malecón de Bocagrande. Les regaló sombreros vueltiaos y hamacas, y en privado les entregó las llaves de la ciudad, diciéndoles que era un honor su visita y que esperaba que se convirtieran en promotores de Cartagena en Estados Unidos. Ellos le agradecieron, le aseguraron que la ciudad hacía parte de los planes de expansión de la Organización Trump en América Latina, que se vincularían también a proyectos sociales para mitigar la pobreza y le pidieron que los ayudaran a concertar una cita con el presidente Álvaro Uribe Vélez.

Regresaron dichosos a Nueva York con cuatro guardaespaldas que los acompañaron, que parecían más amigos que hombres de seguridad. No se volvió a saber de los Trump, pero su visita generó un boom inmobiliario. Se aseguró que iban a construir un complejo turístico en Barú, un hotel cinco estrellas en el centro histórico y otro en el sector de Arroyo Piedra, en la vía hacia Barranquilla. Incluso inversionistas como Business Group Corp empezaron a vender lotes en esa zona con la advertencia “muy cerca del hotel de Donald Trump” y lo señalaban en el mapa costero con una flecha.

Tiempo después el vicepresidente Francisco Santos empezó una campaña para que Colombia fuera sede de Miss Universo y el propio Donald Trump anunció a comienzos de 2007 que pensaba “seriamente” hacerlo en Cartagena. En enero de 2007 declaró en Caracol Radio todo lo contrario a lo que hoy es su discurso contra los inmigrantes latinos que llegan a Estados Unidos y con el cual busca posicionarse en su campaña a la Presidencia de ese país: “Esa región ha sido especial para mí, he estado allí muchas veces en distintos países, la gente y el ambiente son sobrecogedores. Siempre he sido un gran fan de América Latina”.

También se dijo que el magnate iría a Cartagena como invitado especial al XXVI Congreso Nacional de Fedelonjas, en el Centro de Convenciones del Hotel Las Américas, donde “disertaría sobre los grandes desarrollos turísticos y el mercado inmobiliario” y se reuniría con el presidente Uribe Vélez y varios de sus ministros. Sí fue invitado, pero no asistió porque sus intereses inmediatos estaban en otra parte y porque parte de su juego como empresario es crear la sensación de que invierte en todas partes.

A finales de 2006 los Trump invitaron a un periodista de El Espectador a la inauguración de la torre de apartamentos TrumpSoho en Nueva York. Lo recibieron, junto a cinco reporteros latinoamericanos más, en la Trump Tower, símbolo empresarial y familiar en el 725 de la Quinta Avenida. Subieron al piso 24 a la urna de cristal que hace de sala de juntas y que ofrece una impactante vista de la Gran Manzana a la que sólo le quita interés un collage de portadas de revistas con la imagen de Donald Trump padre. El primero en saludar fue Donald Jr. y lo hizo de manera especial con el empresario colombiano Rodrigo Niño, presidente de Prodigy International, la firma inmobiliaria encargada de comercializar las 413 habitaciones del nuevo proyecto. A través de Niño, hoy reconocido allí como uno de los pioneros en proyectos inmobiliarios con el modelo crowdfunding (asociación de pequeños inversionistas) y uno de los promotores de la nueva torre Bacatá en el centro de Bogotá, el interés de los Trump en Colombia se reavivó.

Luego apareció el dueño del emporio, saludó con la misma amabilidad, y padre e hijo ofrecieron una rueda de prensa en la que dijeron estar dispuestos a concretar inversiones en Cartagena. Donald Jr. recordó su reciente viaje a Cartagena y la describió como “hermosa y romántica”. Su papá destacó que no le era extraño negociar con latinoamericanos, pues ha tratado con ellos en el mercado inmobiliario de Miami, donde casi la mitad de sus clientes tienen ese origen.

Se declararon impresionados con el trabajo de Niño y al final del encuentro Trump padre les mostró su oficina de 30 metros cuadrados con vista al Central Park, presidida por su gran sillón rojo y decenas de placas y condecoraciones. Al frente impactaba un sistema de intercomunicación con todas las dependencias. El trabajo con Niño fue tan exitoso como con los demás colombianos en Panamá, pero los proyectos en Colombia se disiparon porque la Organización Trump le dio prioridad a inversiones en India y Canadá.

Sin embargo, en 2010 empezó a verse en la torre TrumpSoho al empresario colombiano Camilo Benedetti, hermano del en ese momento presidente del Congreso y hoy senador Armando Benedetti. Se presentaba como director de mercados globales de la inversora Yun Capital y llegaba allí a reuniones con los Trump en compañía de la señora Jung Yun.

La segunda semana de agosto de ese año, durante un encuentro con Donald Jr. y su amigo Jeremy Blackburn, concedieron una entrevista al corresponsal de El Espectador en Nueva York, Álvaro Corzo, y posaron para una fotografía que se publicó junto con un artículo en el que Trump hijo anunció su desembarco en Colombia, porque “ahora sí la cosa va en serio”.

“El descalabro de la economía mundial indiscutiblemente tomó a todos por sorpresa, truncando los planes y las estrategias de negocios del sector, y Latinoamérica se han convertido en la nueva frontera por conquistar”, dijo Trump Jr. “Comparado con India, China o los países árabes, Latinoamérica, y en especial Colombia, posee todas las ventajas posibles. Es por esta razón que vamos para allá con el objetivo de quedarnos”.

Eso pareció confirmarse el lunes 21 de febrero de 2011 cuando Donald Jr. llegó a la Casa de Nariño acompañado de Blackburn, de Camilo y Armando Benedetti, quienes concretaron la cita. El presidente Juan Manuel Santos lo recibió y junto a funcionarios de Proexport le entregaron una cartilla de “Colombia es Pasión”, aparte de recomendarle invertir en el país en especial en hotelería y turismo.

Armando Benedetti recuerda la reunión (ver foto): “Trump hijo mostró gran interés en invertir aquí y tal, pero el papá nunca vino y finalmente nunca hicieron un carajo. Mi hermano, que estaba radicado en Nueva York, le ayudó con los contactos porque él quería conocer al presidente y empresarios. Hablaron de un montón de proyectos que resultaron habladurías”.

Benedetti no se acuerda de Blackburn, originario de Utah, y quien, según estableció este diario, ya estaba envuelto en fraudes financieros en Estados Unidos por la quiebra de empresas en Carolina del Sur y hasta el cierre del America West Bank en su estado natal en 2009.

El diario local The Post and Courier lo llamó “míster agradable” y describió sus prácticas como un “va y viene de ofertas de alto vuelo” que terminan en quiebras. Hoy es el CEO de Titán Atlas Global, con sede en North Charleston, y respondió a esas acusaciones con un “tengo el derecho a empezar de nuevo”. En todo caso, en el Palacio de Nariño nadie sabía de sus antecedentes. Donald y Blackburn conocieron también el centro de Bogotá y el sector financiero de la avenida Chile, donde se hospedaron antes de regresar a Nueva York en un avión privado.

En mayo de 2011 el periodista colombiano Gerardo Reyes publicó en Univisión un informe sobre “las malas amistades de los Trump” e incluyó en la lista a Camilo Benedetti, entonces investigado por la Fiscalía dentro del escándalo por las regalías petroleras del departamento de Casanare, un desvío de $63.000 millones que se colocaron en Fidupetrol y Fiduagraria, de los que apenas se recuperó el 30%. Reyes dijo que Benedetti se identificaba como el representante de los Trump para Latinoamérica, cosa que Donald hijo negó y amenazó con “acciones legales”.

Preguntado por su hermano, Armando Benedetti dijo: “Ahora vive en Miami y que yo sepa no tiene relaciones con los Trump, ojalá así fuera”. Sobre sus líos en Colombia, aseguró que los señalamientos que le hicieron, fue llamado a indagatoria por la Fiscalía en 2010, “resultaron pura paja” y no ha tenido ningún problema porque no tenía nada que ver”.

Lo que hablaron en la Casa de Nariño en 2011 es muy parecido a lo que Trump hijo le dijo a El Espectador en 2010: que “barajaba la construcción de un selecto club de golf en el norte de Bogotá, al igual que un complejo empresarial que podría llegar a convertirse en el edificio más alto del país”. Dos fastuosos resorts VIP con marina, restaurantes, boutiques y casino, uno de ellos ubicado en Santa Marta y el otro a las afueras de Barranquilla. “El potencial es infinito. Nos sentimos listos y estamos convencidos de que los problemas de seguridad, estabilidad política, infraestructura y aquellos relacionados con el sistema bancario quedaron en el pasado”. Incluso los Trump preguntaron por el Hotel El Prado de Barranquilla, entonces decomisado por la Dirección Nacional de Estupefacientes, pero habrían desistido de él por su carga pensional y antecedentes legales.

Quedó sonando en el ambiente la frase “las fichas están sobre la mesa y estamos listos para recibir propuestas”. Una vez más se trataba de la estrategia de negocios de la famosa familia: lanzar el anzuelo a ver qué inversionistas pican y concretar en la medida en que les pinten condiciones favorables en las que sus utilidades se basen en su apellido como marca y no les implique grandes inversiones. Donald Trump padre no es un rey Midas, que lo que toca lo convierte en oro, poder que le atribuía su padre Fred según la historia de la familia contada en el libro Grandes dinastías (Plaza&Janés), el mismo en que dice: “La ética es para profesores de universidad”.

Completa cinco décadas como el personaje influyente y excéntrico que llamó la atención de escritores como Truman Capote y Tom Wolfe. Fue amigo del artista Andy Warhol, que lo incluyó en sus Diarios, y del escritor Gay Talese, a quien le donó el hospedaje de 200 habitaciones para el VIII Congreso del Pen Club, realizado en 1985 en homenaje a Norman Mayler. Después ninguna de esas plumas quiso escribir sobre él y Trump terminó publicando libros de autoayuda como Por qué queremos que te hagas rico, en coautoría con su amigo Robert Kiyosaki, autor de Padre rico, padre pobre, y dictando cátedra sobre cómo hacerse multimillonario con bienes raíces en su fracasada Universidad Trump. En Estados Unidos son recordadas las múltiples quiebras del magnate y cómo sobrevivió apoyado en el capítulo 11 de la ley de bancarrota. Él les sacó dinero en El arte de regresar y se ufana de utilizarlas como “estrategia de negocio”.

Alcanzó a lucrarse organizando peleas de boxeo en su Taj Mahal de Atlantic City, incluido Myke Tyson, pero se quedó con ganas de llevar al colombiano Miguel Happy Lora, al que admiraba.

La última vez que se oyó se Trump en Bogotá fue de boca del gerente de Ventas Internacionales de la cadena, José Manuel Barreda, quien estuvo en la XXX Vitrina Turística de Anato en Corferias y tampoco concretó negocios, como tampoco se materializaron los propuestos por Trump Jr., Camilo Benedetti y Blackburn en el estado de Sonora, México.

Como en Colombia no les resultaron socios, dieron el salto a Brasil y en Río de Janeiro encontraron condiciones tan favorables como las que capitalizaron en Panamá. Con referencias como sus encuentros con Martinelli y Santos, lograron reunirse con el alcalde de Río, Eduardo Paes, y convencerlo de que los respaldara para la consolidación del hotel Trump Collecction y le ofrecieron ayudar con programas sociales en las favelas. Sólo se hizo realidad lo del hotel. Algo similar pasó en Punta del Este, Uruguay.

En las páginas web de la organización y de Donald Jr. no aparece la palabra Colombia y las prioridades para 2016 son Estados Unidos, Panamá, Canadá, Turquía, Corea del Sur, Filipinas e India. En el portal de Ivanka, en un artículo de hace un mes, se recomiendan de manera destacada los cosméticos de la colombiana Tata Harper y cenar en Miami en el restaurante El Cielo, abierto este año por el chef colombiano Juan Manuel Barrientos.

De manera que Colombia le interesa muy poco a Trump, menos a los 69 años de edad, y si tras la elección de la colombiana Paulina Vega como Miss Universo 2015 pensó en volver con sus promesas al país, ese interés terminó minimizado por su campaña electoral por el Partido Republicano con miras a las elecciones presidenciales de 2016 en EE. UU. Menos le importan las críticas de Shakira y J. Balvin o que Bogotá haya retirado su postulación a ser sede de Miss Universo. Ni siquiera la larga lista de empresas que le han cancelado contratos por racista, según dijo a CNN: “Me ha costado mucho dinero, pero soy muy rico y para mí es insignificante”.

Por eso ratificó el discurso del pasado 16 de junio en la Trump Tower, en el que atacó a los inmigrantes que llegan por México y contra los cuales construiría un muro, con la misma certeza con que bombardearía al Estado Islámico y a la guerrilla en Colombia si fuera necesario. Por eso la mejor descripción del personaje es la que hizo en Grandes dinastías Tony Schwartz, coautor con Trump del libro El arte de vender: “Sagaz, terco, obsesivo, arrogante, seguro de sí mismo, se sabe autopromocionar, un charlatán de feria”. Aunque en esas mismas páginas la periodista del The New York Post Cindy Adams lo llamó “un hombre de clase alta, educado en Wharton y un estafador brillante” .