¿Buscarle límites al humor?

La revista se burlaba de todo y de todos. Tóxico, pero necesario.

Siguen las manifestaciones en París contra los atentados a la revista satírica ‘Charlie Hebdo’. La libertad de expresión, lo principal. / AFP

“Urgente: se necesitan seis dibujantes”, se lee en la portada del que será el primer número de Charlie Hebdo luego de la masacre, apenas ocho páginas en las que participarán los dibujantes sobrevivientes, menos de la mitad del equipo de planta con el que contaban. Charlie Hebdo bromea y bromeará acerca de su propia tragedia y, con la sátira habitual de su quehacer, se hará a sí misma un homenaje, combustible y apuesta para seguir. El humor, como siempre, se antoja como ese bálsamo que alivia tensiones y desnuda incomodidades, a pesar de.

Charlie Hebdo se ríe de sí misma y su eco se escucha como una invitación a no sacralizar a la revista, un mensaje que incluso podría reírse de todos los que se han dejado llevar por la solidaridad del #JeSuisCharlie o que se han vestido con la sospecha del #JeNeSuisPasCharlie. Y todo porque con su humor, tan valemadres, se opone a eso mismo, a esa sacralización de los conceptos. Entender la agonía y el dolor, sin hundirse en la contradicción de iconizar una publicación iconoclasta.

Las horas posteriores a la masacre de París abrieron campos de discusión acerca de los mínimos que debería tener un humorista a la hora de escoger el alimento para sus ideas. Hacia esa orilla, tal vez una de las más resbalosas en los últimos días, muchos han invocado las fronteras que deberían contener a una broma. Una vez más, la pregunta sube a escena: ¿debería tener límites el humor? La respuesta del bufón: una sonrisa irónica con cara de no. La discusión, con ánimos de corrección política, así como los supuestos márgenes por trazar, dicen mucho de una sociedad. Las barreras, el muro contra el que algunos pretenden estrellarse y las cosas con las que algunos aseguran que se puede bromear o no, darán cuenta de la profundidad crítica (y autocrítica) y no serán más que síntoma de los miedos y los caprichos de la moral. Si le dibujamos límites a la risa, ¿qué nos asegura que esa pared no caerá sobre nosotros después?

La situación, con todas sus fracturas, no es nueva para el arte de la caricatura, que ha tenido que lidiar con esto durante toda su historia. Tal vez se deba a su origen, tantos siglos hacia atrás, y que no es otro que el caudal del humor. La caricatura satírica, esa herramienta característica de Charlie Hebdo y de muchos otros artistas, se basa en ese tipo de humor que deforma la realidad, en la libertad para reírse de todo y de todos. Y sí, ese humor tóxico que tantas veces puede ofendernos es necesario dentro del ecosistema mismo de las ideas.

Aquí vale la pena recordar entonces que la caricatura y el humor gráfico no son periodismo. Aunque pueden compartir el balcón, no comparten su origen y sus búsquedas, y por lo tanto no atienden con obligación a esa necesidad ecuánime e imparcial. Un chiste no es ni pretende ser una tesis académica, tampoco una investigación periodística. No contiene miradas objetivas y puede apoyarse en evasiones. Un chiste, que busca incomodar y hacer reír (postes en los que encuentra su éxito), es subjetivo y mañoso, y ese chiste en complicidad con la imagen, hace que ese humor se haga más punzante y ágil, porque en la cabeza de cualquier lector la imagen viaja a la velocidad de la luz mientras las palabras viajan a la velocidad del sonido.

La idea de que hay asuntos con los que no se puede jugar, con los cuales no se puede joder ni bromear, es admitir una tremenda derrota social, una derrota de la razón. Todas las ideas, todos los conceptos, merecen ser críticos y asimismo ser criticados, y muchas veces la sátira es la mejor forma de desarmarlos. La sátira, esa forma de la inteligencia que es tan noble porque se atreve a señalar las verdades más difíciles de la manera más sencilla.

Es horrible lo que ha sucedido en París. El escenario no admite matices, la barbarie homicida no los admite. Hay que pensar en que mataron a un grupo de dibujantes por el simple hecho de hacer humor y hay que recordar que una bala mata, mientras que un dibujo no. Los que no hayan visto eso hasta ahora, no han enfocado bien.

Es cierto, la libertad de expresión y el humor, por ser libres, no pueden estar exentos de crítica. No obstante, una cosa es la crítica y otra suponer límites. Ponerle límites a lo que se puede decir o no es convencerse de que la culpa no es del violento sino de la víctima, es creer con ingenuidad que si nos comportamos bien, nunca nada malo nos va a pasar.

El humor no se agota y por lo mismo seguirá. 

* Director del Festival Entreviñetas y Revista Larva.

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