La caída estrepitosa de Dilma Rousseff en 2016

La mandataria brasileña fue apartada del cargo tras un proceso de ocho meses en que Brasil se dividió y la clase política demostró que está sesgada por intereses.

La expresidenta Dilma Rousseff durante una rueda de prensa el día en que fue destituida. Dijo que era un “golpe de Estado”.EFE

El 31 de agosto, la entonces presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, fue expulsada de su cargo. Sesenta y un votos en el Senado determinaron su suerte: tras un proceso de ocho meses, Rousseff salía de la Presidencia, según las acusaciones, por haber cometido un crimen administrativo. La razón de su salida no tuvo que ver con la corrupción de Petrobras, ni en general con el panorama de abuso de poder que impregna a la política brasileña, donde el 60 % de los legisladores están investigados por casos relacionados con corrupción. Rousseff había tomado dineros públicos para cubrir los huecos fiscales de su mandato. Para los senadores y diputados que aprobaron su salida, era una razón suficiente para sacarla. Para los juristas y seguidores que estaban de su lado, se trataba de una sobreinterpretación de la norma y, por lo tanto, de un golpe de Estado. Sin armas ni militares de por medio, pero golpe.

Todo empezó en diciembre de 2015. El presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, hoy arrestado por recibir sobornos y suspendido por ocho años para ejercer cargos públicos, aprobó el inicio del proceso de impeachment, o destitución. El 17 de abril se llevó a cabo la primera votación en la Cámara de Diputados: 367 votos a favor del impeachment y 137 en contra. El proceso siguió en el Senado en mayo: 55 votos favorables, una mayoría extendida. Entonces se abrió de manera formal el proceso y se suspendió, por un período máximo de seis meses, a la mandataria. El 31 de agosto se le descerrajó el último golpe y Michel Temer, su vicepresidente y antiguo aliado, quien meses atrás había dicho que era “imposible” que sucediera la destitución, tomó el poder.

En el proceso, Brasil se dividió de una manera curiosa: la mayoría, según los sondeos de ese entonces, quería que Rousseff saliera del poder, pero sentía poca atracción por el resto de los políticos. Tenían la certeza de que el problema no era sólo Rousseff, sino el resto del Senado y de la Cámara de Diputados. En ese sentido, este no sólo fue el año del desmoronamiento del Partido de los Trabajadores, la alineación política a la que pertenecían Rousseff y el expresidente Lula da Silva, sino también el año de una tormenta política que promete seguir descabezando el próximo año: además de Eduardo Cunha, que era considerado un gamonal político, el presidente del Senado, Renán Calheiros, se encuentra en riesgo de perder su cargo por un caso de corrupción ocurrido en 2007 (fue suspendido a principios de diciembre, pero luego reafirmado en su cargo una semana después).

La caída de Rousseff señala, además de la profunda crisis de la política brasileña y su necesidad de rehacer la representación popular desde sus bases, un cambio de orientación ideológica en América Latina. Hasta entonces, Brasil se había mostrado, con ciertos matices, como el proyecto exitoso de la izquierda en el continente. Temer, en cambio, sugiere una modificación del entorno: hasta ahora, ha sido más cercano, en un plano político, a sus homólogos de Chile y Argentina, lo que ha dejado a Venezuela aún más aislada.