Cameron o la política de la austeridad

Las elecciones del jueves serán apretadas. El primer ministro, David Cameron, insiste en el recorte de gastos públicos, la creación de trabajos y un programa para adquirir hogar.

David Cameron durante uno de sus recientes discursos, en la escuela Hayesfield (Bath). /AFP

Cameron parece carecer de miedo de cara a las elecciones del jueves. Tiene, sin embargo, algunas reservas. Es consciente de que el voto a su favor depende, en muy buen parte, de la evaluación que los ciudadanos hagan de su gestión. Esa es, pues, su arma de doble filo: después de cinco años como primer ministro del Reino Unido, más que promesas, Cameron tiene hechos y datos precisos sobre su trabajo. Hechos destacables y hechos lamentables. Y reconoce, con cierto margen de orgullo, que muchas de sus decisiones han sido impopulares.

La palabra más común en su diccionario es austeridad. El recorte de gastos públicos, que fue la bandera de su programa después de su elección (tras la unión con el Partido Liberal Demócrata), ha sido discutido por los laboristas, el partido opositor, como una política con escasos beneficios. También han recalcado, acudiendo a la memoria, que Cameron prometió que el déficit presupuestario del país (que supera los US$13.500 millones) terminaría en 2016. Cameron ha tenido que dar un paso atrás, aceptar que para esa fecha el país seguirá en recuperación y pedir, con un dejo de ruego, que los británicos sean conscientes de los resultados más recientes de sus políticas y continúen con el recorte de gastos. “No todo es perfecto —dijo en una entrevista reciente con The Economist—. Sé que ha sido difícil, sé que muchos no sienten aún la recuperación del modo que les gustaría, una recuperación que ocurrirá, pero esto es un avance, no lo pongamos en riesgo. Ese avance viene con un plan (...) que es convertir las buenas noticias de nuestra economía en una buena vida para usted y su familia: más trabajos, reducciones de impuestos al construir hogares que usted pueda comprar y poseer, buenas escuelas. Poner sobre la tierra las ventajas prácticas de una vida mejor”.

La fecha para el término de ese déficit fue aplazada cuatro años: en 2020, sin aumentar los presupuestos ni la sanidad pública, el Reino Unido tendrá una economía más eficiente, que cubrirá las necesidades más comunes y primarias de sus ciudadanos. Con ese objeto, Cameron y los conservadores (el partido que lidera desde 2005) lanzaron hace algunos meses un manifiesto con 11 puntos esenciales, entre ellos la sanidad pública, la creación de trabajos, el papel del Reino Unido en la Unión Europea (Cameron piensa que es necesario un referendo en 2017 donde se decida si siguen siendo parte de la unión o no), impuestos y trabajo. En esta ocasión Cameron ha estudiado la vida práctica de los británicos y hacia allí apuntan sus propuestas: aumentar a 30 horas el tiempo que un padre trabajador puede estar con su hijo a la semana, disminuir la presión sobre las hipotecas para aumentar el patrimonio familiar (dejar un país más rico a las próximas generaciones), construir 200.000 hogares para nuevos compradores menores de 40 años, crear un sistema de préstamos para maestrías y doctorados.

La austeridad, sin embargo, está presente en el manifiesto: el dinero que entrega el Gobierno por cada estudiante queda congelado. El plan de recortes está dividido entre las prestaciones sociales, los presupuestos de los ministerios y las medidas contra la evasión fiscal, de donde Cameron espera obtener más de US$42.000 millones. En la salud, uno de los puntos críticos del programa, este año fueron invertidos US$2.200 millones gracias a estos ahorros. El camino no puede ser otro, dice Cameron. La fortaleza política del país, ha dicho, es el Partido Conservador, que tiene más constancia y equilibrio que sus opositores, y si a eso se suman las cifras positivas que se han creado en empleo, es claro que el Reino Unido debe seguir recortando. La otra opción, según Cameron, es subir los impuestos y afectar los gastos más elementales.

Cameron, que se muestra siempre sonriente y seguro de sí mismo, sabe que sus críticos piden más del Estado. Como discípulo espiritual de Margaret Thatcher, primera ministra entre 1979 y 1990, sabe que ciertas decisiones impopulares suelen ser agradecidas a medida que pasa el tiempo. Le ha sucedido así, incluso, en su período de gobierno. El referendo dedicado a la independencia de Escocia, que muchos de sus opositores pensaron que golpearía su carrera política, resultó en un severo impulso a su imagen pública, tanto como el referendo de las Malvinas. En ese sentido, dos de las claves de su gobierno han sido la soberanía y el apoyo al bienestar social. Su política internacional, en cambio, ha sufrido reveses a causa de la entrada del Reino Unido a Libia, una decisión de la que Cameron no se arrepiente porque “evitó un genocidio” (aunque fracasó al impulsar un nuevo gobierno estable y democrático), y su insistente aunque negada intervención en Siria. Se arrepiente de no haber atacado a Bashar al Asad. De no haber detenido otro genocidio.

En sus primeros años de universidad, David Cameron hizo parte del Bullingdon Club: eran famosos por sus actos vandálicos y las borracheras sonoras y el caos original. Cameron ha cambiado. Su llamado es al orden.

 

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