Candente resultó último debate presidencial en EE.UU.

El resultado de las elecciones del 6 de noviembre tendrá repercusión planetaria. Irán, Cuba, Siria, China, Rusia, Europa, América Latina... pendientes de si gana Romney u Obama.

El candidato republicano, Mitt Romney, y el presidente, Barack Obama, sostuvieron el último y quizás más importante debate a 15 días de las elecciones presidenciales de EE.UU.  / AFP
El candidato republicano, Mitt Romney, y el presidente, Barack Obama, sostuvieron el último y quizás más importante debate a 15 días de las elecciones presidenciales de EE.UU. / AFP

El presidente de Estados Unidos y candidato a la reelección, Barack Obama, y su rival, Mitt Romney, repasaron los temas más candentes de la actualidad internacional durante su tercer y último debate en la Universidad Lynn de Florida. Si bien la política exterior no es el asunto que más interés despierta en la sociedad estadounidense —ciertamente, la situación mundial no es lo primero que tienen en mente los 100.000 votantes de Ohio y Florida que, en última instancia, decidirán el nombre del próximo presidente—, sí es un aspecto determinante en la creación de la imagen que el público se hace de un candidato —por tanto, de sus posibilidades de victoria—. Así, el de anoche fue el último y más decisivo debate a 15 días de las elecciones.

Estados Unidos sigue teniendo gran influencia en la marcha de los acontecimientos en distintas regiones, y algunos focos de conflicto están a la espera de los resultados de estas elecciones para pasar a una nueva fase. El caso más claro es el de Irán, sobre el que el próximo presidente tendrá que decidir si da luz verde a una guerra con potenciales consecuencias catastróficas.

Pero ese no es el único ejemplo. Las recientes tensiones surgidas en Asia por el temor al expansionismo de China, la decantación de Rusia hacia un régimen más o menos democrático, la evolución de la Primavera Árabe, dependen, en mayor o menor medida, de la política que se adopte en la Casa Blanca. Incluso en un territorio de mayor autonomía, como Europa, ha habido en estas semanas rumores creíbles de que Obama había presionado a los líderes de la Unión Europea para que esperaran al 6 de noviembre para tomar una decisión sobre Grecia. En América Latina, donde el declive de la influencia estadounidense es más ostensible, es muy posible que el próximo presidente tenga que enfrentarse al comienzo de la transición en Cuba.

Aunque no votan, los ciudadanos del mundo se van a ver, por tanto, afectados por lo que decidan las urnas en EE.UU., y los efectos pueden ser diferentes si gana Obama o gana el candidato republicano, Mitt Romney.

La política exterior de Estados Unidos responde, por supuesto, a intereses generales muy bien definidos que no se ven drásticamente alterados por la llegada de uno u otro al Despacho Oval. La protección de la economía de libre mercado, la promoción de los derechos humanos, la confluencia de valores con Europa o la defensa del Estado de Israel son principios que se mantienen constantes. Pero la aplicación práctica de esos principios puede dar lugar a políticas diametralmente opuestas. Tanto George W. Bush como Obama enarbolaron la bandera de la democracia, uno para invadir Irak y otro para apoyar la revolución en Egipto.

Es difícil anticipar cómo puede ser un segundo mandato de Obama y, mucho más, pronosticar la política exterior de Romney. Obama evolucionó desde una política más visionaria y ambiciosa —su discurso de El Cairo al mundo islámico, su intervención en Praga a favor de un mundo sin armas nucleares...— hacia una más pragmática y realista —su alejamiento del conflicto palestino-israelí, su silencio habitual ante los atropellos a los derechos humanos en China o su tolerancia con el comportamiento de los regímenes dinásticos del golfo Pérsico—. La tradición dice que los presidentes de EE.UU. suelen dedicar más tiempo a la política internacional en sus segundos mandatos, con la vista puesta en la historia y no en Ohio. Fue en su segundo mandato en el que Bill Clinton hizo ese esfuerzo desesperado, aunque inútil, por conseguir los acuerdos de Campo David. Fue en su segundo mandato cuando Ronald Reagan emprendió con Mijaíl Gorbachov el camino que acabó con la caída del Muro de Berlín.

Para su segundo mandato, Obama tendrá que resolver antes que nada la duda sobre su secretario de Estado. Hillary Clinton, quien ha sido valorada como una de las mejores de la historia en ese cargo, ha anunciado que no tiene intención de continuar. La que hasta ahora era considerada como su más probable sucesora, la embajadora en la ONU, Susan Rice, ha salido muy quemada de la polémica sobre si la administración reaccionó correctamente tras el ataque que le costó la vida al embajador en Libia. En una intervención en televisión, varios días después del suceso, Rice lo atribuyó a “la furia espontánea” por la película sobre Mahoma, aunque después se supo que el ataque había sido premeditado y bien planificado. Eso ha arruinado muchas de las posibilidades de Rice de ser secretaria de Estado, probablemente la opción preferida por Obama, y ha abierto un vacío que no será fácil de llenar.

Romney, por su parte, es un total neófito en política exterior, lo que hace su presidencia aún más impredecible. Obama, al menos, escogió como vicepresidente a Joe Biden, un experto que presidía el comité de relaciones exteriores del Senado. Paul Ryan, en cambio, está aún más verde que su compañero de candidatura. Entre las 200 personas que integran el comité de asesores de Romney en política exterior figuran la hija de Dick Cheney, Elizabeth Cheney, digna heredera de la posición ideológica de su padre; Robert Kagan, el famoso intelectual conservador; Elliott Abrams, responsable de la política centroamericana de Reagan y viceconsejero de seguridad nacional de Bush hijo, y John Bolton, embajador en Naciones Unidas durante la anterior administración y uno de los más apasionados miembros del movimiento neoconservador. Pero en el entorno de Romney están también moderados como Condoleezza Rice, a la que invitó a uno de los principales discursos de la Convención Republicana, y Robert Zoellick, que fue subsecretario de Estado y responsable del comercio exterior con Bush y que ha sido nombrado al frente del equipo que hará la transición con la actual administración en el caso de una victoria republicana.

La política internacional es el único campo en el que la Constitución estadounidense concede al presidente poderes casi absolutos, excepto el de declarar la guerra. Bush abrió Guantánamo, organizó una red de cárceles secretas en varios países, autorizó torturas y espionajes, respaldado por los instrumentos legales de los que disponía, aunque sea discutible su correcta interpretación. Obama ni siquiera solicitó la autorización del Congreso para lanzar el bombardeo contra Muamar Gadafi.

Con esta nueva concepción de sus poderes, el próximo presidente, que es también comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, tendrá por delante un mundo que diseñar según su criterio y unos conflictos inmediatos a los que responder de acuerdo con su particular instinto.

Europa

 

El crecimiento de EE.UU. se ha visto lastrado por la crisis europea. Convencido del papel que el Estado puede jugar como motor de la economía, el presidente estadounidense ha alentado a los líderes europeos, con los que ha mantenido contacto telefónico casi a diario, a favorecer una mayor inversión pública para crear empleo o una acción más contundente del Banco Central Europeo para proteger al euro. Reforzado por una victoria electoral, Obama se encontraría en una mejor posición para insistir en esa línea.

Romney, en cambio, no sólo no cree en ese papel del Estado sino que no cree siquiera en Europa. Forzado por la realidad de que tiene que contar con Europa, Romney se sentiría mucho más identificado con las ideas de la canciller alemana, Ángela Merkel, y animaría a los europeos a profundizar en la línea de reducción de su Estado del bienestar.

 

Irán

Obama ha sido hasta ahora un factor de contención del deseo del gobierno israelí de atacar cuanto antes a Irán para paralizar su programa nuclear. La posición de la actual administración es que todavía existe margen para la negociación, porque Irán aún está lejos de producir una bomba atómica. Presionado por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, Obama ha llegado incluso a advertir que EE.UU. impedirá por cualquier medio que Irán llegue a poseer ese armamento, pero la capacidad de presión de Netanyahu sobre Obama disminuye en un segundo mandato.

Romney ha criticado a Obama por permitir que Irán siga desarrollando su programa nuclear y por enfrentarse a Netanyahu. Sólo ha dicho que aplicaría sanciones más fuertes contra el régimen islámico.

 

Conflicto palestino-israelí

Es una misión pendiente para Obama. En los primeros días de su administración presentó la solución de ese conflicto como la piedra angular sobre la cual reconstruir las relaciones entre Occidente y el islam. Frustrados todos los intentos, es posible que Obama, libre del peso de otras elecciones, dedique nuevas energías a favorecer la paz entre palestinos e israelíes.

Romney ha anticipado  que no piensa gastar su tiempo en eso. Según ha dicho, “los palestinos no tienen interés alguno en hacer la paz”, por lo que su principal labor sería la de reforzar los lazos con Israel, supuestamente debilitados por Obama.

 

China y Rusia

Respecto a China, no son previsibles grandes cambios con Obama. Uno de los aspectos más delicados es el de la presencia militar estadounidense en el Pacífico. La actual administración ha advertido que piensa aumentarla con la movilización permanente de otro portaaviones a esas aguas, donde actualmente hay diferentes focos de tensión regional. Romney prometió que el primer día de su presidencia firmaría un documento que declare que China manipula artificialmente su moneda para perjudicar a EE.UU., lo cual sería el anuncio de una guerra comercial. Frente a Rusia, el horizonte de una difícil relación con Vladimir Putin parece inevitable. En el caso de Obama, porque lo van a presionar para que denuncie con más claridad el retroceso democrático ruso, y de Romney, porque considera a Rusia como “el enemigo geopolítico número uno”.