Las caras de Caracas tras las cortinas de humo

Un día después de la noche violenta que se vivió en varios sectores de esta urbe el pasado 19 de febrero, sus habitantes salieron de sus casas como si lo ocurrido hubiese sido obra de una película de acción.

Un hombre prende fuego a barricadas durante una protesta contra el gobierno del presidente venezolano, Nicolás Maduro, el jueves, en el sector Altamira, en Caracas. / EFE

Simón Díaz era una ausencia desde mucho antes del pasado 19 de febrero, cuando su hija, Betsimar Díaz, confirmó su muerte. El alzhéimer lo alejó de micrófonos y cámaras y sólo el Grammy Latino a la Trayectoria le sacó en 2008 una sonrisa pública con liquiliqui. Entonces Venezuela escuchó día y noche La vaca mariposa, Caballo viejo, Tonada de luna llena, la banda sonora de un artista que le cantó de todas las formas al mismo llano. El viernes 21 de febrero, horas antes de cerrar esta nota, había que sortear calles trancadas por protestas y restos de basura quemada para llegar a su sepelio en el Cementerio del Este. Caracas no despidió al Tío Simón como él merecía porque Caracas sigue debatiéndose entre la normalidad, el disimulo, la furia y el miedo.

El fronterizo estado de Táchira está sitiado por fuerzas militares y lleva dos días con severos problemas para conectarse a internet. Ante la hegemonía comunicacional del gobierno en radio y televisión, Twitter se ha convertido en plataforma de denuncias para una parte del 43% del país con acceso a internet. Agresiones de la Guardia Nacional Bolivariana —parte de las Fuerzas Armadas— y civiles armados en los estados Lara, Carabobo, Aragua, Mérida y Anzoátegui no han tenido eco sino en diarios, a veces porque periodistas se enteran de los acontecimientos a través de redes sociales y videos de Youtube. Fue el escenario que se vivió en Caracas el 19 de febrero en la noche, cuando fuerzas estatales y paraestatales vulneraron viviendas y dispararon contra manifestantes con una violencia nunca antes registrada durante los años del chavismo. Parte de los ocho muertos, 137 heridos y 506 detenidos que han dejado las protestas, entre el 12 y el 21 de febrero, se conocen públicamente gracias a la internet.

Emblemático es el caso de Bassil da Costa, asesinado el primer día de manifestaciones de un tiro en la cabeza. La evidencia audiovisual recogida por vecinos permitió al diario capitalino Últimas Noticias reconstruir los hechos y, aunque el homicida no ha sido capturado, un paseo por el lugar del deceso revela la naturaleza compleja de estos días.

La Candelaria es un barrio en el oeste de Caracas, sede de varios edificios ministeriales y a menos de dos kilómetros del Palacio de Miraflores. No parece el lugar más predecible para levantar un altar en memoria de un manifestante opositor muerto, pero es precisamente lo que ocurrió dos días después del suceso. Al día de hoy el joven Bassil da Costa ocupa una esquina del barrio con una silueta tricolor de su cuerpo caído, veinte velas encendidas, estampas religiosas, cartas de espontáneos, afiches que piden cese a la violencia, flores y cinco vecinas que vieron todo y ocupan buena parte del día en la zona contando la historia a quienes pasan por ahí y se detienen a mirar.

A las seis de la tarde rezan el rosario y aunque durante el día oficialistas las increpan, ellas sostienen que el altar no es parte de guerra política alguna, sino un gesto memorioso. Hace seis días una proponía tocar cacerolas a las ocho de la noche. “¿Cacerolas por aquí?”, preguntó incrédula la vecina de más edad. El 19 de febrero en la noche la Guardia Nacional Bolivariana le dispararía a quemarropa a un opositor, a escasas tres cuadras de esa esquina.

Es cierto que la mayoría de protestas han tenido lugar en el este de Caracas, el espacio más pudiente y, en principio, opositor de la ciudad, pero los focos se trasladan a urbanizaciones en el oeste, como El Paraíso y Montalbán. Es también en el oeste donde la represión ha sido más violenta. Es también en el oeste donde se reúnen los famosos colectivos, grupos de civiles a veces armados que cumplen diversas labores de apoyo al gobierno.

El 20 de febrero, Henrique Capriles convocó una rueda de prensa poco difundida por medios locales audiovisuales y se mostró contundente al señalar que la consigna “Maduro vete ya” nunca ha sido de su agrado porque “puede significar Diosdado vente ya”. Se trata de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, militar y verdadera voz de mando entre las Fuerzas Armadas. Varios videos muestran colaboración entre militares y supuestos colectivos durante las represiones, pero es indudable que estos grupos de trabajo político, social, cultural y comunitario operan de un modo mucho más complejo.

Mientras Capriles hablaba, el barrio popular 23 de Enero, bastión político de la izquierda en Venezuela, arropó una pequeña marcha que integraba a por lo menos una docena de colectivos y conducía el partido oficialista Redes. Una camioneta liderada por un hombre y una mujer aupaba a los 400 individuos y al menos veinte motos tocaban sus bocinas y aceleraban. Desde cuatro parlantes sobre la camioneta se escuchaba la voz de Hugo Chávez cantando el himno nacional una y otra vez, interrumpido por los gritos ya carrasposos de la señora: “No hay pacificación un coño con la derecha fascista” o “¡Unidad! ¡Unidad cívico-militar!”.

Los manifestantes se animan y se excitan y se convencen de que el fascismo define a toda oposición al régimen. Levantan el puño en dirección al mausoleo donde reposa Hugo Chávez, en una montaña que ve de frente al 23 de Enero y al Palacio de Miraflores. Se suman más motos y al llegar a la Plaza Venezuela ya son cientos con banderas y pañuelos y cohetes. Comienzan a declarar a los pocos medios presentes, mientras de fondo queda la megafonía de una consigna que los define: “Las calles son del pueblo, no de la burguesía”. Hacen referencia a las protestas que sacuden varias avenidas de las principales ciudades del país, donde la mayoría pertenece a la clase media.

Hacia el norte, desde una ventana alta de un edificio corporativo, un pequeño grupo que apenas se divisa con claridad saca una olla e inicia su batalla particular: cacerolea en señal de rechazo a esta convocatoria. La respuesta no se hace esperar y desde una de las motos, en la calle, alguien grita: “¡Lánzale un cohete!”. El pequeño petardo va directo hacia allá y estalla justo al frente de la impotencia de quienes ahora se esconden con su olla y su miedo. Abajo celebran.

Hay también en estos colectivos presentes, según sus propias declaraciones vía conversa, vía micrófono, vía altavoz, una exigencia al gobierno de Nicolás Maduro: que no los dejen solos, que no les den la espalda, que no los expongan como “carne de cañón” ni para poner muertos ni para poner la otra mejilla. Juancho Montoya, una de las personas asesinadas el pasado 12 de febrero en las adyacencias de la Fiscalía General de la República, pertenecía a un colectivo y, al mismo tiempo, a un organismo policial. El presidente de Venezuela declaró un día después en una cadena de radio y televisión, que la pistola de donde salió la bala que mató a Montoya, horas más tarde fue la que se usó para matar a Bassil da Costa, el joven del altar.

Una de las críticas más fuertes que hicieron estos colectivos hacia el gobierno que defienden tiene que ver con la impunidad del kafkiano sistema judicial venezolano. Además de la corrupción, la burocracia y las alianzas que pueden estar estableciendo Nicolás Maduro o Diosdado Cabello con sectores de la oposición. El mismo día que el dirigente político Leopoldo López se entregó a la justicia venezolana, luego de incentivar y coordinar las protestas, su esposa, Lilian Tintoti, declaró a CNN que habían aceptado en familia la mediación y la custodia de la Guardia Nacional Bolivariana “para resguardar la seguridad de Leopoldo”.

Entre los colectivos hay una variedad elocuente: desde aquellos que están “armados en defensa de su territorio y la revolución”, con un trabajo de formación comunitaria —algunos con modelos productivos— como Alexis Vive, en el 23 de Enero, hasta aquellos que enarbolan las banderas de la cultura popular, la diversidad sexual o la producción de alimentos orgánicos. Lo que quieren es lo mismo: que gobierne el pueblo, sea como sea. Pero pueblo es pobre, dicen. Y la defensa de los espacios que han conseguido no se los dejarán arrebatar tan fácilmente. De ahí la frase que repiten hasta la saciedad: “No volverán. No volverán”.

Esa tarde, en la Plaza Venezuela de la capital, no estarán más de una hora entre intercambios de ideas, presentaciones —porque no todos se conocen entre sí—, más y más cohetes al aire, uno que otro lema como eslogan revolucionario y el constante ronroneo del motor de sus motos. Su motivación, por ahora, era salir a la calle y que los vieran juntos porque, según ellos la derecha, ya los estigmatizó y los criminalizó de forma injusta a través de sus medios de comunicación.

La censura y autocensura de los medios en el vecino país volvió a quedar de manifiesto el pasado viernes, cuando el canal internacional de noticias CNN en Español confirmó la suspensión de las credenciales de su corresponsal en Venezuela, Osamary Hernández. El pasado 13 de febrero la señal del canal de noticias colombiano NTN24 fue expulsada de todas las cableoperadoras del país por una “orden es Estado”, y varios días atrás, el presidente de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel), William Castillo, llegó a afirmar que la página web de ese canal seguiría bloqueada por el gobierno hasta tanto desista “de sus intentos de apoyar activamente la desestabilización”.

Ante esto, las redes sociales funcionan como ventana para el desahogo, la histeria, las denuncias, los insultos y los debates en corto. Las calles, incluso en los municipios donde se registran las manifestaciones más violentas o reprimidas, con mayor número de detenciones, van de las detonaciones y las piedras a la rutina apacible.

Apenas un día después de la noche violenta que se vivió en varios sectores de Caracas el pasado 19 de febrero, las personas salieron de sus casas como si lo ocurrido hubiese sido obra de una película de acción. Quioscos, tiendas, bares, autobuses, vendedores informales, locales de comida, cines, parques, artesanos, todo funcionaba con normalidad. Así sigue siendo en la mayoría de las vías, aunque en la noche del 21 de febrero se viera a más de mil efectivos militares formados en la Base Aérea La Carlota, dentro de la propia capital venezolana. Sólo las vías más fogosas, como aquella que impedía el flujo abierto para ir al sepelio de Simón Díaz, son auténticas barricadas que no dejan ver con claridad lo que está pasando. Cortinas de humo negro.