La casita del beato Romero

La cama sencilla en la que dormía, su máquina de escribir, su radiograbadora y la túnica que vestía cuando fue asesinado son algunas de las cosas que permanecen allí.

Esta es la túnica que vestía Monseñor Romero cuando fue asesinado. / Diana Durán.

Si hubiera podido, el primero en rechazar la tumba de monseñor Óscar Romero hubiera sido monseñor Óscar Romero. Enterrado en el subsuelo de la catedral metropolitana del Divino Salvador del Mundo, que está en el corazón de la capital salvadoreña, monseñor Romero es todo un monumento, mientras los demás arzobispos que están allí inhumados son una placa sobre una pared. Monseñor Romero, beatificado el pasado sábado, llamado “el mártir de los pobres”, el hombre que se negó a recibir carro blindado y escoltas porque su pueblo seguía inseguro, es allí un bronce de 2,5 metros de largo por 1,8 metros de ancho elaborado por un escultor italiano llamado Paolo Borghi.

En esa cripta se delata la opulencia que ha sido tradición entre los jerarcas de la Iglesia católica, pero está lejos de parecerse al Óscar Arnulfo Romero que, desde que llevaba unos meses como obispo de San Salvador hasta el día de su asesinato, vivió con la comunidad de Hermanas Carmelitas en el hospital de la Divina Providencia, al cual llegan pacientes con cáncer y sin recursos. Monseñor Romero los visitaba desde mucho antes de ser arzobispo. “En ellos, que eran todos tan pobres, monseñor veía las grandes desigualdades de El Salvador”, dice la carmelita María Julia García, directora general del hospital.

Las carmelitas construyeron la casa en la que monseñor Romero vivió hasta morir. Fue erigida frente a la capilla del hospital, donde celebraba una misa el 24 de marzo de 1980 cuando un francotirador le incrustó un disparo certero en el pecho. Una sola bala. No se necesitó más para acabar con un hombre que, a través de la denuncia, se volvió esencial en un país acosado por una guerra civil que causó más de 75.000 muertes entre 1979 y 1992, y que se movía bajo consignas como “haga patria, mate un cura”.

Esa casa, que todos en San Salvador insisten en llamar la “Casita Romero”, ha cambiado un poco desde que monseñor Romero dejó de ser su inquilino. En la entrada los visitantes son recibidos por unas letras de molde grises que dicen “Centro Histórico Monseñor Romero”. Unos metros más adelante se ve su carro color beige, que su familia donó a este museo hace unos 10 años, y no menos de 90 placas, agradeciéndole por “el milagro recibido”. Días antes de la beatificación alguien dejó sobre el muro de las placas un arreglo de flores artificiales rojas y blancas para monseñor Romero y para el padre Rutilio Grande.

El sacerdote Rutilio Grande importa en esta historia porque fue amigo personal de monseñor Romero. Porque lo asesinaron en marzo de 1977, cuando monseñor Romero no había cumplido ni un mes como obispo de San Salvador. En una de las paredes de la Casita Romero hay un carboncillo del padre Grande vistiendo una camisa negra con un alzacuello blanco, recordatorio del hombre cuya muerte hizo que monseñor Romero cerrara todas las iglesias por un día y diera una misa única; que se rehusara a asistir a actos oficiales hasta que se aclarara el crimen; que empezara a hablar más duro contra la violencia que militares, Gobierno y grupos subversivos promovían en El Salvador. Tan duro que todo el mundo lo oyó y fue por eso, por hablar duro, que lo mataron.

“Rutilio Grande fue el primer sacerdote asesinado por un escuadrón de la muerte patrocinado por el Estado y la oligarquía. Su martirio es escandaloso porque era ajeno a la gran política de la capital y a la violencia de las organizaciones de masas de entonces. A partir de su muerte (monseñor Romero) es más claro y firme en sus reclamos de justicia para el pueblo salvadoreño”, dice Rodolfo Cardenal, jesuita que fue vicerrector académico de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) y que ha investigado la historia centroamericana y de la Iglesia, en entrevista con El Espectador.

En el libro Hablan de monseñor Romero, del periodista Roberto Valencia, la carmelita María de la Luz Cueva Santana relata que el corazón de monseñor Romero fue enterrado al lado de la Casita Romero, debajo de un palo de aguacate. Lo retiraron años después y, según la religiosa, estaba intacto. No olía mal. “Hasta rosadito se veía”, dijo. El retiro fue a propósito de una visita del papa Juan Pablo II.

Juan Pablo II

La escritora nicaragüense María López Vigil se reunió con un monseñor Romero que se devolvía de Roma hacia San Salvador derrumbado, dolido y humillado. En un escrito ella no dejó olvidar cómo fue ese encuentro entre Juan Pablo II y monseñor Romero en mayo de 1979: 1) el papa no lo habría recibido sino fuera porque él insistió de más; 2) el papa le dijo que no tenía tiempo de leer los documentos que le había llevado para explicarle la crueldad de la guerra salvadoreña, y 3) sutilmente le dio a entender que al padre Octavio Ortiz, asesinado a principios de 1979 por militares (le pasaron una tanqueta sobre el rostro), lo habían matado por guerrillero. Con displicencia replicó: “¿Acaso no lo era?”.

Luego del asesinato de monseñor Romero, Juan Pablo II visitó dos veces El Salvador. Dos veces fue a su tumba. Dos veces se arrodilló y oró ante ella.

“Excepto su obispo auxiliar, monseñor Arturo Rivera, los demás obispos se pusieron en contra de monseñor Romero y lo dejaron solo. Es un beato incómodo, incluso el día de hoy. Beatificarlo es legitimar su ministerio episcopal, que tanto incomodó al episcopado local y a Roma”, resalta el padre Rodolfo Cardenal.

“Hay quienes justifican la muerte de monseñor Romero diciendo que fue por meterse en política, como si eso justificara un asesinato. Yo creo que él entendió el poder del Arzobispado; criticaba a la derecha, pero también la violencia que venía de la izquierda”, dijo Carlos Dada, en un conversatorio días antes de la beatificación.

Carlos Dada es fundador y fue director del periódico digital salvadoreño El Faro. Es, además, el único periodista que ha hablado con el capitán Álvaro Saravia, uno de los hombres que conformaron el escuadrón que segó la vida de monseñor Romero. Saravia le confirmó en entrevista a Dada que el dios del anticomunismo salvadoreño, Roberto D’Aubuisson, había ordenado la muerte de monseñor Romero; lo mismo había concluido la Comisión de la Verdad de El Salvador en 1993. D’Aubuisson fundó un partido político, Arena, y murió en 1992 de cáncer en la boca. Nunca admitió haber estado relacionado con el magnicidio.

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En una pared de la Casita Romero están exhibidas las imágenes que el fotógrafo Eulalio Pérez alcanzó a tomar el día del magnicidio. En blanco y negro quedó para la posteridad un monseñor Romero con el rostro empapado en sangre y las hermanas carmelitas de rodillas a su lado, unas petrificadas y otras llorando a mares. Pérez salió al exilio y nunca más se supo de él. Al frente de esas fotos, en una vitrina, hay cuatro piezas de tela: las hermanas carmelitas conservaron las prendas que monseñor Romero vestía cuando fue asesinado. En una de ellas, de color blanco, está regada por toda la espalda la mancha de la infamia. Como un fósil en el subsuelo, el destino de esa mancha es permanecer ahí por mucho tiempo: es el recordatorio del día en que la violencia acabó con la vida del hombre que, justo un día antes, había exigido desde el púlpito a los radicales: “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

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