Chile, a segunda vuelta

Michelle Bachelet triunfó en la primera vuelta de las presidenciales. Obtuvo 46,74% de votos, frente a 25,12% de la candidata del oficialismo, Evelyn Matthei. Sin embargo, no alcanzó la mayoría absoluta y tendrá que confirmar su victoria el 15 de diciembre.

Michelle Bachelet, la candidata favorita en las presidenciales chilenas, deposita su voto durante los comicios. / EFE

 Michelle Bachelet, la candidata de la coalición Nueva Mayoría, no logró ayer el triunfo que muchos esperaban en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Chile. Sin embargo, obtuvo el 46,74% de los votos, frente a 25,12% de la candidata del oficialismo, Evelyn Matthei. Le faltaron poco más de tres puntos para alcanzar la mayoría absoluta. Según todos los sondeos, Bachelet será la ganadora en la segunda vuelta el próximo 15 de diciembre. Como presidenta, si ejecuta sus promesas, impulsará una profunda transformación que reclama buena parte de la sociedad chilena.

En los últimos tres años las movilizaciones sociales han cuestionado el modelo político y económico chileno. Miles de ciudadanos se han tomado las calles para reclamar mayor representatividad en el sistema político, mejoras al sistema de salud y menos desigualdad salarial. Las masivas manifestaciones estudiantiles pusieron en la agenda política nacional sus exigencias de una educación gratuita y de calidad.

Esas reivindicaciones no son nuevas. Aunque últimamente han alcanzado una visibilidad y fuerza inéditas, han sido una constante desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet, en 1990. Desde entonces, bajo la sombra del régimen militar y fuerzas de derecha aún atadas al pinochetismo, Chile ha caminado lentamente hacia una mayor expresión de su democracia.

Las elecciones de ayer, aunque no dieran a Bachelet como ganadora absoluta, demostraron que llegó el momento de cortar definitivamente el cordón con el pasado y hacer las reformas estructurales necesarias para eliminar cualquier vestigio. El solo hecho de que participaran nueve candidatos, haciendo de estas las elecciones con mayor número de postulantes en la historia moderna del país, ya refleja que el sistema electoral binomial (heredado de la dictadura) ya no se ajusta al pluralismo al que se ha abierto la sociedad chilena.

 Bachelet se abanderó de las manifestaciones sociales y prometió dar el paso definitivo para enterrar la sombra de Pinochet. Esta es la primera campaña electoral en que se propone una transformación tan drástica de la nación: primero, hacer una nueva Constitución que reemplace a la actual, que entró en vigencia en 1981 y que trataba de afianzar el régimen militar y legitimar el nuevo orden social y económico impuesto por la Junta Militar. Segundo, hacer una reforma educativa para instaurar una enseñanza pública de calidad y gratuita en los niveles universitarios y erradicar el lucro de los centros privados que reciben fondos estatales. Tercero, hacer una reforma tributaria para luchar contra la desigualdad (Chile está entre los países más desiguales de Latinoamérica) y aumentar los impuestos a las grandes empresas para financiar la educación gratuita.

Con toda su experiencia en la política interna e internacional (después de ser presidenta de Chile entre 2006 y 2010, Bachelet pasó a la presidencia de la Unasur y luego al segundo cargo más alto de las Naciones Unidas como jefa de ONU-Mujeres), el discurso bacheletista no se ocupó tanto en los tecnicismos sobre cómo hacer las reformas, sino en conectarse con la emotividad de miles de chilenos que claman por un cambio. Con Bachelet en la Presidencia se impulsarán grandes transformaciones, pero no se sabe cómo ni cuándo.

A primera vista, parecen demasiado ambiciosas las promesas de la candidata de la coalición de centro-izquierda llamada Nueva Mayoría. Sin embargo, Jaime Ensignia, sociólogo de la Universidad Libre de Berlín y director de proyectos sociopolíticos de la Fundación Friedrich Ebert en Chile, explicó a este diario que “si bien podrían parecer muy grandes las propuestas, las mismas han sido desarrolladas desde el regreso a la democracia. La oposición a Pinochet quería una nueva Constitución, mejor educación y unas reformas tributaria y laboral. Esas ideas se consideraban pilares centrales de un sistema democrático. Sin embargo, con la Concertación (la coalición de centro-izquierda que gobernó desde 1990 hasta 2010 y que ahora fue reemplazada por la Nueva Mayoría), quedaron en segundo plano, se hicieron reformas pero no de fondo. Entonces, las propuestas de Bachelet parecen muy grandes y lo son, pero han pasado 24 años como para asumir que son necesarias e imprescindibles. Las manifestaciones sociales de los últimos años irrumpieron en el ethos político chileno para confirmarlo”.

Con Bachelet en su segundo mandato, esas históricas reivindicaciones serán la prioridad en la agenda política. Entre ellas, el cambio de Constitución es el mayor desafío. Aunque en 2005 el entonces presidente Ricardo Lagos eliminó de la Carta Magna algunos artículos autoritarios, como la designación de senadores, y estableció la facultad del presidente para destituir a los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, su reforma resultó sólo cosmética y no dio el gran cambio que la sociedad esperaba y que Bachelet promete.

Cynthia Arnson, directora del programa para América Latina del Woodrow Wilson Center, explica que muchos exigen una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución. Otros dicen que se puede alcanzar lo necesario sólo mediante una reforma constitucional. “Bachelet no tiene las mayorías suficientes para llamar a una Constituyente. De las tres reformas que está empujando, esta es la que tiene menos probabilidad. Sin embargo, la mayoría reconoce que esa Constitución escrita durante la dictadura ya no sirve en la democracia”.

Para que se materialice un cambio de Constitución, las reformas a la educación y al sistema tributario, todo dependía de la representación que tenga la Nueva Mayoría en el Legislativo. Ayer, además de la presidencia, se renovaron el total de los 120 miembros de la Cámara de Diputados y 20 de los 38 miembros del Senado. Tal como advertía Ensignia y otros analistas, aunque la Nueva Mayoría logró algunos doblajes en el Senado y la Cámara, no consiguió la suficiente representación para asegurar la aprobación inmediata de todas las promesas reformistas. “A Bachelet, entonces, le quedará recurrir a un debate político, social y público sobre las reformas que quiere impulsar. Lo que necesita no es sólo el debate parlamentario, sino un enorme apoyo de la sociedad que comprometa a todas las fuerzas legislativas y políticas”.

Muchos piensan que el fenómeno político que representó Bachelet, no sólo en estas elecciones sino desde que finalizó su período presidencial en 2010 con más del 80% de popularidad —algo inédito en la región—, marcó el hundimiento de la derecha chilena. No obstante, ayer la candidata oficialista obtuvo casi diez puntos más de la votación que le pronosticaban las encuestas, y los sectores conservadores tienen garantizada una buena representación en la Rama Legislativa.

En palabras de Ensignia, “es muy apresurado hablar de un desfonde estructural de la derecha. Lo que hay es una derecha que tiene que adquirir nuevas fisionomías, que tiene que cambiar su lazo con el pasado, porque todavía tiene muchos vínculos con la época pinochetista. Un desfonde de la derecha tampoco sería bueno para un sistema democrático. Los demócratas saben que es bueno tener entre el pluralismo una derecha fuerte y republicana. Si bien es cierto que hay una baja en la votación presidencial, ésta no va a ser tan sustantiva. En todo caso, el triunfo de Bachelet no deberá entenderse como el logro de una revolución socialista, sino como un avance por regular el capitalismo salvaje en un país donde todo está privatizado”.