La ciudad más tranquila del mundo

Más allá de borrachos ruidosos, en Puerto Stanley no hay escándalos. No hay semáforos ni existen las pandillas, como tampoco las calles están destapadas. En la cárcel sólo hay cuatro prisioneros. Los 2.600 habitantes se enorgullecen de tanta paz.

Uno de los momentos de más emoción y movimiento en las islas fue esta semana, cuando se votó el referendo.  / AFP
Uno de los momentos de más emoción y movimiento en las islas fue esta semana, cuando se votó el referendo. / AFP

La gran mayoría de habitantes de Puerto Stanley pueden beber. Alrededor de 1.600 de los 2.600 habitantes son mayores de 18 años y los desmanes relacionados con el alcohol son la principal causa de detención. El jefe de la estación de policía de la ciudad, el amable y veterano inspector McGill, ha tenido que lidiar con muchos borrachos durante más de una década de servicio: “He recogido a personas tiradas en las calles casi inconscientes o borrachos que hacen mucho ruido y despiertan a los vecinos. Los llevamos a la estación a pasar la noche. Más allá de eso, somos un pueblo muy apacible, no existe el crimen acá. Puedes caminar tranquilo, nadie te va a robar”, asegura jactancioso el inspector McGill, quien a su cargo tiene 17 hombres con quienes es responsable de mantener la rotunda calma del puerto.

En Falkland es difícil pecar. Para los casados, o al menos quienes tienen una pareja, es casi imposible ser infiel: cada persona es un conocido y hay muchos vigilantes porque muchos son familia. Se puede ser infiel, pero difícil será pasar impune. La vida privada es sumamente estrecha, casi inexistente. Si alguien va a salir de la isla todos lo notarán porque la radio local anuncia la lista de pasajeros para los vuelos de la semana, no hay drogas, no hay armas, no hay prostitución, la mafia es una palabra ajena, no hay bandas de atracadores, no hacen paseos millonarios. Los taxis son seguros a cualquier hora, aunque pasada la medianoche están descansando.

Tampoco hay irrespetuosos que se saltan las filas del semáforo porque sencillamente no hay semáforos, ni existen las pandillas, ni las calles están destapadas, ni es necesario poner tres guardas a las puertas para estar tranquilo. Hay quienes a veces, incluso, olvidan sacar las llaves de la cerradura y hay personas que acuden a la estación del inspector McGill a entregar un fajo de billetes que encontraron tirados en la calle o el iPhone 5 que olvidó un turista después de estar sentado en la bahía, como ocurrió hace un par de semanas.

Las cifras, a las que tanta pleitesía rinden los políticos, rozan la perfección aquí. Muy pocos casos de delitos serios han afectado a la población. El último asesinato se registró en los años 70 y los pobladores no conocen detalles, sólo algunos saben la historia como una suerte de mitología espeluznante: un hombre enfurecido cortó con un chuchillo la garganta de su esposa en un ataque de ira. La gravedad de su delito lo obligó a viajar a Gran Bretaña a purgar su pena. Es todo lo que se sabe.

La isla ha crecido también desde la guerra. Ahora existe la estación de policía que comanda el inspector McGill, con su chaqueta verde y luminosa con la que se protege del viento y que usa encima de su uniforme policial británico. Él trabaja a 20 metros del Ayuntamiento y su oficina está justo en frente de un mar sin playa, sobre la vía que emula a un malecón y atraviesa la ciudad de palmo a palmo. El edificio es estación y cárcel a la vez: tiene disponibles nueve celdas para castigar eventuales delitos, pero ahora sólo custodia a cuatro prisioneros. Todos ellos están obligados a trabajar, salen de día a realizar labores asignadas por la Policía y regresan en la noche para dormir, siempre vigilados por un oficial. Son muy pocos como para tramar un motín y en el caso extremo de que cada uno de ellos planeara una fuga, no tendrían muchos lugares en dónde esconderse sin enfermarse de frío, ni facilidades de transporte para ir muy lejos. Es como si la isla quisiera tomar justicia por mano propia.

El inspector Mcgill es reservado al hablar de los presos, sólo deja escapar que de los cuatro, tres están condenados por delitos sexuales, el otro por fraude y que entre ellos la condena más alta es de 19 años de cárcel. Los detalles que omite el jefe de la estación los entregó el semanario Penguin News, el único periódico de las islas, a finales de enero: el nombre del condenado es David Reginald Thomas, tiene 39 años y fue sentenciado por abusar sexualmente de un menor. Fue un caso grave, tan grave que para el juicio la justicia local necesitó la asistencia de dos abogados del Reino Unido, uno para la acusación y otro para la defensa.

La sala de redacción de Penguin News cuenta sólo con dos computadores. John Fowler, uno de los periodistas, afirma que esta ha sido una semana dura para el periódico, luego de que tuviera lugar el referendo que preguntaba a la población si deseaba continuar con su estatus de ‘territorio de ultramar del Reino Unido’, a lo que el 99,8% de los votantes respondieron “sí”. “Usualmente tratamos todo tipo de noticias, sobre los ocho magistrados de la Asamblea Legislativa, sobre empresas que vienen a explorar recursos en las islas… tratamos de cubrir la realidad nuestra y también publicamos contenidos que recibimos del Reino Unido. Hace varias semanas ya publicamos la nota de un pingüino perdido que anduvo caminando por la vía principal de Stanley. Formó una larga fila de carros, porque nadie se animó a hacerlo a un lado”.

En general, los isleños se sienten tranquilos y consideran que tienen lo necesario para pasarla bien. La edición del viernes 18 de enero del Penguin News, que informaba de la condena a David Reginald Thomas, tuvo una foto memorable en su primera plana: un poblador encontró a una foca enferma en el sector de Surf Bay y la montó en su camioneta para llevarla a la ciudad en busca de atención. En la fotografía se ve a la foca de espalda, sentada en la silla de atrás y mirando a la bahía con nostalgia. La atención fue oportuna y el final feliz: días después la foca regresaba a la bahía a reencontrarse con el mar.

 

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