La contrarrevolución preventiva de Rusia

Uno de los más reconocidos historiadores y literatos de Europa se aproxima a la dictadura de Vladimir Putin con miras a 2015.

Vladimir Putin en un foro público el pasado 15 de enero. / AFP

En 2014, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, trajo de vuelta la dictadura a su país. Desde el Kremlin hasta Crimea, los ciudadanos rusos ahora deben lidiar con la ambición, el miedo y la mendacidad de un dictador que, en el transcurso de este año, ha erradicado toda revisión de su autoridad.

En muchos sentidos, la dictadura de Putin es primitiva. Está fundada en emociones básicas más que en motivaciones ideológicas de la era soviética. Aunque Putin intentó atizar el deseo popular de un imperio con la anexión de Crimea y la intervención en el este de Ucrania, estas acciones representan poco más que un robo flagrante perpetrado por hombres enmascarados en mitad de la noche; tienen pocas probabilidades de generar una gloria duradera.

Muchos de mis colegas historiadores culturales no están de acuerdo. Insisten en que el régimen de Putin representa una forma de continuidad de las tradiciones culturales de Rusia. Creen que Rusia ha heredado un ADN cultural que trasciende las revoluciones, como si algún tipo de gen vicioso estuviera motivando la actual agresión imperialista del Kremlin (y, si uno hubiera de creer en las amenazas de Putin, Kazajistán podría ser el próximo en breve). Otros creen que esta continuidad se canaliza a través del carácter nacional. Sostienen que la naturaleza específica de los rusos los lleva a respaldar a Putin, de la misma manera que presuntamente respaldaron a Stalin y a los Romanov.

Este tipo de argumentos no toleran un escrutinio. Los imperios van y vienen, al igual que sus tradiciones. Por cada zar expansionista, o comisario, desde Catalina II hasta Putin, ha habido líderes dispuestos a dar un paso atrás. Alejandro II vendió Alaska; Lenin se retiró de Ucrania a cambio de la paz con Alemania, y Gorbachov se retiró de Europa central en un esfuerzo por poner fin a la Guerra Fría.

La idea de que los rusos desean un líder autoritario también es inapropiada. Sin duda, los índices de aprobación de Putin siguen siendo altos (aunque no son un indicador más confiable que las proyecciones presupuestarias, los pronunciamientos políticos o los suministros de gas rusos). Pero, incluso si las encuestas fueran precisas, su popularidad es ampliamente irrelevante: los dictadores no gobiernan a través de un contrato social, y ni su posición ni su legitimidad se desprende del respaldo popular.

Esa distinción entre Estado y pueblo ha definido durante mucho tiempo la política occidental hacia Rusia. En su Telegrama Largo de 1946, que marcó el inicio de la Guerra Fría, el diplomático estadounidense George F. Kennan entendió que la línea del Partido Comunista “no representaba la perspectiva natural del pueblo ruso”.

En cualquier caso, si bien se lo retrata como un líder poderoso, no se puede decir que Putin esté siguiendo los pasos, en algún sentido relevante, del hombre fuerte por excelencia de Rusia, Stalin. En el régimen de Stalin, la abnegación entusiasta y la racionalidad científica se promovían como ideales. El desarrollo industrial y las victorias militares, aunque llegaban de la mano de un costo humano intolerable, eran reales. El régimen dependía de las farsas de juicios y del trabajo de los gulags, y empleó una violencia sin precedentes para consolidar el poder de burócratas dogmáticos y ascéticos. La corrupción era un crimen que recibía castigo.

Hoy la corrupción es la norma, y los juicios falsos, aunque todavía siguen ocurriendo, no suceden en la escala industrial de Stalin. Putin y su círculo están más que nada preocupados por la supervivencia y el enriquecimiento. Él teme que el levantamiento de Ucrania en 2014 sea una “plaga revolucionaria” sólo porque podría estallar en las propias plazas de Moscú. El deseo de Putin de prevenir ese desenlace explica la respuesta brutal del Kremlin.

El régimen de Putin es, simplemente, una versión rusa de clientelismo, en el que la riqueza y la oportunidad económica se distribuyen con base en la lealtad política. Los crímenes del sistema han sido evidentes durante años y es trágico que ninguna potencia internacional haya podido castigarlos. Los occidentales que piensan de otra manera y han aceptado las acciones de Rusia en Ucrania lo hacen exclusivamente por su propia ambición, miedo o autoengaño.

Por cierto, después de succionar los recursos y el dinero de Rusia y de sus ciudadanos, Putin y sus oligarcas obedientes han recibido el aval para invertir sus ganancias ilícitas en bancos y bienes raíces de Europa y Estados Unidos, pagando honorarios suculentos que abultaron las ganancias de las firmas occidentales.

El rédito de Occidente, sin embargo, sigue causándoles un enorme malestar a los ciudadanos rusos. Después de casi un cuarto de siglo de una llamada política económica “liberal”, todo desde los productos importados hasta las hipotecas bancarias siguen siendo muchísimo más caros que en Occidente. Y las sanciones recientes no hicieron más que agravar las condiciones.

La crisis de Ucrania ha revelado de qué manera la colaboración de larga data entre Rusia y Occidente ha minado principios importantes del orden global moderno. Todos estaban al corriente de la desinversión, de la sobreexplotación y de la ilegalidad que caracteriza a la Rusia de Putin, pero ninguna potencia internacional estaba interesada en discutirlo, y mucho menos en combatirlo. Recién cuando el Estado ruso decidió en 2014 elevar la cleptocracia a la categoría de principio de política exterior, el sistema de gobierno de Putin se convirtió en una preocupación internacional.

Rusia ha tenido más de dos décadas para reformularse y transformarse en un país que beneficie a su pueblo, a Europa y al mundo en general. Por el contrario, sigue atrapada en un inframundo possoviético, debido a los esfuerzos mancomunados de una élite que tiene un marcado interés en impedir el afloramiento de un país productivo y respetuoso de la ley. No era inevitable, aunque es probable que continúe en 2015.

  

* Exprofesor adjunto de literatura e historia cultural rusa en el King’s College, Cambridge, y profesor de historia en el European University Institute en Florencia, Italia.Copyright: Project Syndicate, 2014.