Corea está en guerra

En las dos Coreas hay generaciones que ya no recuerdan que en otro tiempo fueron un solo país. La amenaza nuclear de Corea del Norte y las divisiones políticas son motivos esenciales para que su separación perviva.

Este no es un titular amarillista (bueno, sí lo es), es una verdad jurídica: las dos Coreas firmaron un armisticio, una suspensión de hostilidades que ya llegó a los 63 años el pasado 27 de julio, sin que formalmente se haya puesto fin al conflicto armado.

Entre 1950 y 1953 hubo una prolongación de la Segunda Guerra Mundial en la cual Estados Unidos, Naciones Unidas, China y Rusia estuvieron involucrados y que dejó como resultado la división del país: el Norte bajo control comunista y el Sur bajo influencia estadounidense.

Del lado sur de la guerra, y bajo bandera de la ONU, participó una coalición de tropas de 16 países, incluyendo Colombia. Este tema es recurrente entre la sociedad coreana del Sur, cuando en cualquier restaurante descubren que eres colombiano y te saludan con gratitud.

Hay varias cosas que mantienen vivo el conflicto: las pruebas nucleares de Corea del Norte para provocar a su vecino del Sur y demostrar poder, la falta de reunificación del país y, cerca del famoso paralelo 38, la Zona Desmilitarizada.

La DMZ

La Zona Desmilitarizada (DMZ) es un área de cuatro kilómetros de ancho y 238 kilómetros de longitud cuyo nombre no deja de ser paradójico, pues es una de las zonas más militarizadas del mundo. A cada parte le corresponde una franja de dos kilómetros, cuyo punto más cercano es el Área de Seguridad Conjunta (JSA, por sus siglas en inglés).

Allí, en la JSA, hay un par de casetas azules donde pueden entrar los visitantes de ambos lados, avisando previamente para que el otro desocupe las instalaciones mientras entra la visita del primero. Afuera de las casetas hay militares de ambos sectores, cuidando una demarcación de frontera que no es más que un corto andén que separa el país.

Los diálogos bilaterales han ido en retroceso: de 55 en 1998 se pasó a prácticamente uno al año. Entre los dos ejércitos, en medio de la DMZ, hay comunidades que continúan con sus vidas, propietarios que siguen (al menos en el Sur) cultivando arroz, pero bajo drásticos controles, precisamente por la naturaleza del sector.

El Norte ha amenazado con ocupar el Sur y anexarlo. Para ello construyó, en los años 70, cuatro túneles, los cuales han sido descubiertos y bloqueados. Sobre la superficie, del lado sur, fue izada una bandera a 120 metros de altura, a lo que el Norte respondió con una a 160 metros, me explica un soldado coreano que también estudió español. Parecería un juego de niños si no fuera una realidad con armas nucleares de por medio.

Es difícil saber qué pasa en el Norte. Su hermetismo es casi absoluto y las pocas noticias que llegan sobre la vida cotidiana son desalentadoras. Los testimonios recopilados por algunas organizaciones de derechos humanos, entre miles de refugiados que huyeron de Corea del Norte, dan una impresión de lo que pasa. Kim Jong-un, de sólo 33 años, se hace llamar “El Sol del Siglo XXI” y dirige un país donde hay campos de reeducación, sitios para presos políticos y de trabajos forzados.

En Seúl

Ya en la ciudad está un muro de 50 metros de largo, donde miles de coreanos han puesto azulejos para mostrar su esperanza por una Corea unida. Hay rostros dibujados, pájaros y paisajes, en medio de llamados a la reconciliación.

En el Sur hay simulacros semestrales para recordar que la guerra sigue. Mi guía, Hee Kim, una coreana que habla muy buen español, me dice que pocos de su generación visitan la DMZ. En su caso, lo hizo sólo para acompañar a extranjeros que quieren conocerla. A lado y lado hay familias separadas por la Zona Desmilitarizada y propuestas de reunificación, en medio de dos modelos de sociedad y de desarrollo muy diferentes.

En una visita a la Alianza de Ciudadanos por los Derechos Humanos de Corea del Norte nos cuentan sobre la percepción ciudadana mayoritaria sobre el país del Norte. Los jóvenes, que no vivieron la guerra, tienen reparos para la reunificación: la quieren, pero sin pagar el precio. Los jóvenes han nacido en países diferentes y, a diferencia de sus padres, no tienen nostalgia por un país diferente al que los vio crecer. Me cuenta Sohee Kim, de esa organización, que hace algunas décadas, cuando había tensiones militares entre los países, la gente solía comprar provisiones. Hoy sólo generan rabia.

Después de haber visitado Camboya y las huellas del paso del dictador, Pol Pot, es inevitable la comparación con Kim Jong-un, el líder supremo de Corea del Norte, hijo de Kim Jong-il y nieto de Kim Il-sung, los dos anteriores gobernantes. Los tres son venerados más allá de lo racional. Por ejemplo, se dice que Kim Il-sung escribió 18.000 libros. Una amiga en Corea del Sur me dice: “No pueden tener dios porque el líder es su dios”.

Por su parte, la ciudad capital, Seúl, es un centro pujante, muy occidentalizado, con grandes construcciones y una proliferación de centros de cirugía estética y tiendas de maquillaje. Marcas de electrodomésticos que usamos todos los días tienen aquí sus oficinas principales. Su paisaje urbano no muestra para nada que sea un país con una guerra sin concluir.