Crisis entre Colombia y Venezuela ¿cuál crisis?

Más allá de un cruce de comunicados, derivados de una visita no oficial de Andrés Pastrana a Caracas, nada ha cambiado en las relaciones con el país vecino, a pesar del ruido mediático.

Fotografía publicada en la cuenta de Twitter de la Cancillería de Venezuela estemiércoles en el marco de la cumbre de la Celac.

"La Venezuela chavista, que obsesiona a los medios en Bogotá y Miami". Es una frase extraída de la más reciente columna de Óscar Guardiola Rivera en El Espectador, una crítica entre líneas al despliegue colosal, casi titánico, que los medios colombianos suelen dar a los temas que ocurren en el país vecino o en el “vecino país”, como sus periodistas prefieren llamarlo. Desde los tiempos de Hugo Chávez y la llamada era de la “diplomacia de los micrófonos”, lo que pasa con Caracas absorbe todas las luces, antes del proceso de paz con las Farc; antes de que el precio del petróleo cayera; antes de que la oposición venezolana denunciara desabastecimiento de productos básicos…

En especial, Venezuela pasó a las primeras planas durante el gobierno de Álvaro Uribe, de intensidad apremiante en la denuncia de una supuesta presencia de guerrilleros más allá de la línea fronteriza nororiental. Entonces Chávez comparaba a Uribe con Vito Corleone, Uribe sentenciaba su disposición de acudir a estancias internacionales y en la frontera se contaban las historias de quienes temían que las bravuconadas de sus líderes fuera a desvelarlos en la noche. Incluso, desde Caracas, la palabra “guerra” fue pronunciada varias veces.

Una guerra dolorosa que nadie quiere, decía Chávez, no sin advertir que dicho escenario, triste y doloroso, no iría en contra del pueblo colombiano sino de su gobierno. Vino el ataque colombiano a Angostura (Ecuador, 2008), la advertencia de Chávez -“Uribe, ni se te ocurra hacerle lo mismo a Venezuela”-, la ruptura de relaciones de Bogotá con Quito y Caracas, la caída del comercio binacional y las hipérboles: el presidente venezolano, de tanto en tanto, lanzaba la señal de ir calentando los motores de sus Sukhoy.

Y quizá desde entonces el ‘raiting’ marcara bien y en la web los ‘clicks’ rompieran sus propias marcas cuando se hablaba de Hugo Chávez, del socialismo del siglo XXI y de su “espíritu guerrerista”, porque los enfoques en los medios siempre iban acompañados de profundo nacionalismo. Y entonces llegamos al punto actual, cuando la marea de la ira está baja, cuando la tensión es color verde y no rojo, cuando Nicolás Maduro está en la presidencia e intenta imitar –sin éxito- el viejo tono arengador de su mentor.

Hoy un expresidente colombiano visita Caracas rodeado de los enemigos del Gobierno, de quienes el primer mandatario acusa de fraguar un golpe de Estado en su contra y Maduro reacciona alzando la voz. Y son enemigos del Gobierno, y el Gobierno es enemigo de ellos porque desde hace tiempo la polarización convirtió la política interna en una disputa entre salvadores y sometidos (aplica para ambos), incapaces de reconocer al otro como interlocutor válido. El actual mensaje opositor admite pocos matices: es hora de un cambio de gobierno. Así, sin ambages. ¿En qué país los aliados de la oposición serían recibidos con honores militares?
Diversos medios de Colombia hoy consideran un ataque contra el país (así dicen) que Maduro dijera que Andrés Pastrana acudía a Venezuela financiado por el narcotráfico. Algunos de sus voceros más notables pidieron reacciones de la Cancillería en defensa del exmandatario, con un extraño reconocimiento implícito de que la dignidad de un expresidente vale más que la del ciudadano corriente, sin siquiera aclarar que la visita de Pastrana jamás tuvo carácter oficial. Y al final, la Cancillería fue enfática en este punto pero en comunicado –esta vez sí oficial– pidió por la pronta liberación del opositor Leopoldo López (quien sin duda, también desea profundamente un cambio de Gobierno inmediatamente).

Maduro consideró un retroceso en las relaciones esa frase: que “Leopoldo López recupere su libertad lo antes posible” y como por ensalmo la prensa coreaba que había habido un “giro” de Colombia al plantar posición y que la tensión predominaba hoy en las relaciones. Algo que hasta ahora no pasa en Chile, aunque el expresidente Sebastián Piñera recibiera las mismas acusaciones de Pastrana por parte de Caracas. En Santiago luce mucho más claro que Piñera ni es el Gobierno, ni es Chile, aunque valga decir, los patrones de raiting y ‘clicks’ sean distintos.

De modo que, a pesar del disgusto venezolano, hubo “un giro” en la posición de Colombia, un giro de ocho palabras porque nada más ha cambiado y presumiblemente todo se mantendrá como hasta ahora, pese a las posiciones instigadoras que en Colombia buscan réditos políticos a costa de señalar con grandilocuencia y superioridad moral al Palacio de Miraflores. Las relaciones seguirán su cauce, tal vez, de la misma manera en la que lo siguieron cuando en 2013 el presidente Santos –en su oficialidad como jefe de Estado- recibió al opositor Henrique Capriles en el Palacio de Nariño, un hecho de por sí mucho más polémico para Caracas que el que hoy nos convoca; solucionado por los canales que permanecieron rotos en los últimos años. Quizá estemos en los tiempos de la post-confrontación y su inherente paranoia.

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