La crisis griega con ojo literario

Escritores como Vassiliki Petsa y Christos Ikomonou resaltan con sugestivas metáforas el duelo que producen la pobreza y el desempleo. Dimosthenis Papamarkos, uno de sus autores relevantes, habló con este diario.

Un hombre espera en el centro de Atenas a la salida de uno de los bancos que reabrieron esta semana. / AFP

El hecho de que Edipo, en la tragedia compuesta por Sófocles, se saque los ojos no es un mero artificio: es el modo en que supera el peso del pasado —el incesto, el asesinato— y a su vez proyecta un futuro próspero, ejecutado con mesura. No es culpa, no: es la aceptación de la soledad. Dicha resignación resulta familiar a la Grecia de este tiempo; su crisis económica —y por extensión social y política— ha criado la soledad entre sus ciudadanos y los ha obligado, de manera atemperada, a encontrar caminos en que esa soledad tóxica pueda ser aplicada con inteligencia.

El pasado resulta esencial en la fórmula. Herederos de una cultura antiquísima y también de una historia en la que esa cultura fue deshaciéndose, Grecia resulta un campo nutrido para sus escritores. Ser griego es, en parte, estar en duelo constante. Uno de sus poetas nacionales, Constatino Cavafis, escribe en Jónico: “Aunque rompimos sus estatuas,/ aunque los expulsamos de sus templos,/ no por eso murieron del todo los dioses”. Romper, expulsar, casi asesinar: la separación de Grecia con su pasado reciente está expresada en la construcción de un gobierno de izquierda, lejos de la derecha que gobernó en las últimas décadas, y en la negativa popular del referendo sobre nuevas medidas de rescate.

¿Qué podría decir la literatura de estos hechos? Joshua Barley, estudiante de literatura griega moderna en el King’s College de Londres, apunta en un artículo de febrero de la revista The White Review que los autores griegos abundan en referencias poéticas, incluso metafísicas, de esa soledad atávica, histórica. En una de las historias de Christos Ikonomou (1970), Letrero en un palo de escoba (no traducida al español), un trabajador pierde a su mejor amigo y trata de afrontar la injusticia de esa muerte. Sin embargo, nada es capaz de expresar semejante sentimiento. Escribe Barley: “Es como si el peso de toda una historia de pérdidas hubiera embargado a todos estos personajes, como si estuvieran tratando de procesarlo todo. Es, de hecho, un intento por decir lo indecible”.

En esa misma línea trabaja Dimosthenis Papamarkos (1983), autor de Metapoesis. En Hierro, uno de sus cuentos cortos, un minero pierde a su mejor amigo en el trabajo. El final resulta sugestivo: para hacer frente al duelo, cava hasta el infinito y se convierte en un hombre de hierro, tieso, inmutable. Dice Papamarkos desde Atenas: “Cuando escribí este cuento, la crisis no había empezado. Supongo, sin embargo, que estaba poniendo en esta historia, de manera inconsciente, todos los elementos que nos llevaron a la crisis: estaban allí incluso antes, a la vista de todos aquellos que no cubrían sus ojos”.

Crisis, recuerda Barley, significa en griego “el modo en que las cosas vuelven a su lugar”. Una crisis es, entonces, el arte de construir de nuevo. “Ahora mismo, como sociedad, estamos en emergencia —anota Papamarkos—. De ese modo el arte se presenta más como una medicina alternativa a un paciente que ya está en la mesa de operaciones”. Esa medicina tiene varios nombres en la narrativa actual de Grecia, entre ellos Vassiliki Petsa y Michalis Ganas, narrador el primero y poeta el segundo. El título de uno de los libros de Petsa es Todas las cosas perdidas y el de uno de los poemarios de Ganas es Wormwood, un término tomado del Apocalipsis. Las cosas se deshacen y son al mismo tiempo la base prematura de una proyección esperanzada.

Ese renacimiento parte de un ánimo actual, palpitante, como el gusano partido en dos que busca respirar de nuevo. ¿Qué sienten los griegos? Papamarkos responde: “Rabia, decepción, depresión (en un sentido clínico), inhabilidad para controlar su vida, un aumento del cinismo y miedo por lo que pueda traer el futuro. Dicho de otro modo, un total gobierno de estos sentimientos que tienen la capacidad de disolver una sociedad”. Sin embargo, anota Barley, Papamarkos sugiere en sus cuentos que el pasado debe ser respetado y que el futuro debe incluirlo. En la primera historia de su libro, Surgimiento (o Arise, en su título en inglés), hay un ejemplo certero: un herido de guerra resucita a su hermano muerto para recuperarse.

 

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