¿Cuál sandinismo? ¡Orteguismo!

El presidente nicaragüense Daniel Ortega es candidato para un tercer período presidencial. Lo acompaña su esposa, Rosario Murillo, como fórmula vicepresidencial. Es casi un hecho que va a ganar el 6 de noviembre.

El presidente Daniel Ortega con su esposa, Rosario Murillo.  / Reuters
El presidente Daniel Ortega con su esposa, Rosario Murillo. / Reuters

Tiene que ocurrir un milagro para que Daniel Ortega no sea reelegido presidente de Nicaragua en las elecciones del 6 de noviembre de este año. En efecto, el dirigente sandinista lleva años labrando minuciosamente su camino hacia una eternidad en el poder.

Primero fue la reforma constitucional de 2013, con la que el Congreso, de mayoría sandinista, le abrió la puerta a su reelección, al eliminar un “articulito” que le prohibía ser candidato, como diría un exconsejero presidencial colombiano.

El Congreso, de hecho, le dio la posibilidad de presentarse cuantas veces quisiera a la reelección. En palabras castizas: de perpetuarse en el poder. Y, en paralelo, le dio mayores poderes al Ejecutivo, como imponer impuestos, así como a los militares.

Luego, Ortega fue acrecentando su poder y debilitando a sus opositores. Como era lo esperado, el 4 de junio de este año, durante su sexto congreso, el Frente Sandinista de Liberación Nacional designó a Ortega como su candidato presidencial.

Lo hizo con palabras rimbombantes: “Este Congreso Sandinista reconoce las Luchas, Desafíos y Victorias de nuestro Pueblo, en todas las circunstancias, y particularmente el Liderazgo de nuestro Comandante de la Revolución y Secretario General, gracias a Dios y a las Familias nicaragüenses, Presidente de la República, Daniel Ortega, y lo propone y designa como Candidato”. Las mayúsculas, valga decirlo, son del texto original.

Entonces vino la ayuda de la que se ha convertido en una socia de Ortega: la Corte Suprema de Justicia. Esa entidad avaló su reelección en 2011, al negar una demanda que señalaba que era ilegal, con base en el artículo 147 de la Constitución, que prohibía la reelección. De acuerdo con la Corte, controlada por el sandinismo, esa norma era “inaplicable” ya que tal prohibición no estaba incluida en la Constitución de 1987, sino que fue creada de manera irregular en 1995.

Fue un salvavidas del alto tribunal al excomandante guerrillero. El segundo llegó este año, cuando la Sala Constitucional de la Corte Suprema, en un cuestionado fallo, le quitó al jefe opositor, Eduardo Montealegre, la representación legal de su partido, el Liberal Independiente, para dársela a un desconocido: Pedro Reyes Vallejos.

Reyes es visto como cercano al Gobierno, por lo que el fallo de la Corte fue calificado por algunos en Nicaragua como un golpe de mano. “Con esta sentencia, Daniel Ortega está tratando de darle un golpe de Estado a la oposición porque sabe que no puede derrotarla en las urnas. Los miembros de este partido y los ciudadanos nicaragüenses deben tener claro que el Partido Liberal Independiente no es una bandera o una casilla o un presidente, esos son accesorios”, dijo al respecto Montealegre, quien fue el rival de Ortega en las elecciones de 2006, en las que obtuvo el 38 % de los votos.

Entonces se dio inicio a una purga silenciosa, ya que con este fallo no sólo se le quitó a Montealegre la representación de su partido, sino que, además, se le dio un portazo a la candidatura presidencial del diputado Luis Callejas, quien había sido elegido por la Coalición Nacional por la Democracia, liderada por el PLI, para representarla en las elecciones de noviembre.

Al final, la Coalición decidió retirarse de la contienda. “Hoy, Daniel Ortega está cerrando las puertas de la vía electoral en Nicaragua. Hoy le ha robado al pueblo de Nicaragua su derecho a votar libremente, así como antes le robó su voto mediante los fraudes electorales”, dijo Montealegre al anunciar esta decisión.

Pero faltaba una movida: el hasta hace poco desconocido Pedro Reyes le pidió al Consejo Supremo Electoral investigar a todos los diputados del PLI que habían dicho que no lo iban a apoyar. Y aquél decidió destituirlos. Fueron, por lo menos, 28 diputados descabezados.

El tiro de gracia vino el viernes 29 de julio. La junta directiva de la Asamblea Nacional, controlada, como casi todo, por el sandinismo, hizo cumplir, con prontitud, el fallo del CSE y confirmó las destituciones de los diputados, 16 principales y 12 suplentes. Entre ellos Montealegre y Callejas.

El retiro de los 28 diputados fue criticado por el secretario de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, y por la Iglesia católica. “Todo intento por crear condiciones para la implementación de un régimen de partido único en donde desaparezca la pluralidad ideológica y de partidos políticos es nocivo para el país”, dijo la Conferencia Episcopal. Aunque a Ortega no lo han preocupado mucho estos cuestionamientos.

El presidente guardó silencio hasta ayer. Pero en vez de referirse a estos señalamientos, dio a conocer el nombre de la que va a ser su vicepresidenta: su esposa, Rosario Murillo. Aunque Ortega tiene vicepresidente —el exguerrillero y general en retiro Moisés Ómar Halleslevens Acevedo—, Murillo, quien se desempeña como coordinadora del Consejo de Comunicación y del Poder Ciudadano, siempre ha sido la mano derecha de Ortega. Incluso hay quienes la ven como el poder a la sombra.

Durante la inscripción de su candidatura, Ortega aseguró que se va a encargar de que este “proceso electoral camine como debe hacerlo” y se “alegró” de que varias coaliciones hubieran presentado candidatos. No dijo, por supuesto, que todas estas son alianzas menores que tienen muy pocas posibilidad de disputarle el poder. Ortega se va a enfrentar a candidatos de segundo nivel, como el mismo Pedro Reyes. Su victoria, de nuevo, se da por descontada.

Vaya paradoja: si Ortega es elegido presidente, se convertiría en la persona con más tiempo en el poder en Nicaragua desde la caída de la tiranía somocista, que él ayudó a derrocar. Los rivales al final se parecen.

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