Cuando Donald Trump sea presidente de Estados Unidos

El cineasta Michael Moore dice que el candidato republicano ganará la elección de noviembre. ¿Qué pasaría entonces en el país de las libertades? Aquí lo imaginamos.

Seguidores del candidato republicano, Donald Trump, en Daytona (Florida). / AFP

Unos pensarán que la broma fue demasiado lejos. Recordarán que cuando se presentó como candidato, los medios rieron, los políticos eludieron discutir su candidatura porque faltaba a la inteligencia, y recordarán también que los votantes sí se lo tomaron en serio. Que le creyeron en las discusiones públicas. Que lo aplaudieron. Que se convencieron de que Trump, el gran magnate, sería capaz de administrar un país porque ya había administrado su emporio con destreza. Que tenían la certeza de que América —la nominación continental que tomaron para su país— volvería a ser grande, aunque no supieran con precisión cuándo había dejado de serlo. O si lo había sido alguna vez.

Por entonces, el partido Demócrata se preguntará en qué falló, qué prometió y no cumplió, quiénes de entre sus filas son los culpables mayores. A Hillary Clinton se la señalará de haber separado al partido, de dividir a los votantes y entonces de esa escisión nacerán otros líderes que, en la siguiente elección presidencial —con Trump buscando la reelección—, tendrán como lemas la renovación y la revolución. Dirán que Clinton, en realidad, nunca tuvo la fuerza suficiente para ser la candidata ganadora, dirán que el fracaso de Obama —porque será un fracaso de entrada— contaminó la campaña de la primera candidata de los demócratas, y que la Esperanza —así, en mayúsculas— de la que alardeó Obama en su campaña se convirtió en Desgracia y en Decepción. Dirán que Clinton, por ser Clinton, los guio a la derrota.

Los Republicanos celebrarán en silencio que su candidato, el más fiel a sus principios victorianos, haya ganado con un porcentaje contundente. Designarán esta victoria como la victoria de la familia y los buenos valores. Quizá algunos de entre sus huestes rememorarán los puntos de su plataforma de partido para presionar a Trump: negación irrestricta del aborto, educación a partir de la Biblia, anulación del matrimonio entre homosexuales. Dirán que están rescatando la Nación —así, con mayúsculas— y que volverán a ser grandes. Trump, que en principio parecía el niño malo de la casa, será el orgullo empedernido de su generación.

Con su discurso fanfarrón, como el anfitrión de un circo ambulante, Trump desdeñará cualquier crítica sobre su presidencia, que será dorada —por los ornamentos de oro que reemplazarán la adustez de la Casa Blanca— y será la degeneración pomposa de la figura pop que hasta ahora Obama ha criado. No, Trump no será aquello que fue Obama, que poseía una figura mítica innegable y que rapeaba con puertorriqueños en el jardín de la Casa Blanca. Será más bien como el blanco, anglosajón y protestante, fiel a la tradición, que domina al toro desde su lomo. Un látigo y un grito al aire.

Los analistas, en cambio, se estancarán al desglosar las razones de su victoria. En sus exégesis dirán que Trump fue producto de un movimiento mundial, del Brexit, de la decadencia de las democracias, de la mala administración de Obama, de la debilidad de los demócratas y en último lugar, porque ya lo habrán olvidado, dirán que los votantes de Bernie Sanders fueron los divisores, la resta ineludible que le rapó los votos de la victoria a Clinton. Los menos suspicaces dirán que Clinton, por mujer, carecía de ímpetu.

Quienes votaron por Trump se dividirán en dos grupos: aquellos que seguirán creyendo en que América volverá a la gloria que siguió a la Primera Guerra Mundial y aquellos que se dieron cuenta de que erraron. Con el mero objeto de recordar errores garrafales, los diarios publicarán de nuevo, y de manera ininterrumpida, las reacciones de quienes votaron en el Brexit y horas después decían: “Si pudiera volver a votar, lo haría por el no”. Pero no ya no será una respuesta viable. Trump está en el poder.

Y prometió construir un muro alto, cuya concesión ha ganado una empresa israelí o rusa, y prometió hacerlo alto para que ningún mexicano cruzara. Porque eso querían los estadounidenses: que nadie les robara el trabajo ni su dinero, porque siempre supieron que lo que querían hacer en su vida era ocupar los cargos de cocineros, lavaplatos y trabajadoras domésticas que ocupan esos mexicanos y esos latinos. Porque el sueño americano es demasiado bueno para compartirlo.

Recordarán también que prometió vetar a los musulmanes, aunque pululen por todo el país y entonces la única solución será deportarlos o convertirlos al cristianismo. Debatirán entonces cómo algunas de las dos opciones es posible sin violar los derechos fundamentales. Se preguntarán si existe tal cosa. Algún periodista responsable se dedicará a recordar a sus lectores que Trump ha expresado ideas racistas, que su empresa en algún tiempo aplicó la política de rechazar a los negros en sus vacantes. Tendrá el buen tino de formular preguntas quisquillosas a los estadounidenses. ¿Por qué eligieron a ese presidente? ¿Por qué si daba esas declaraciones? ¿Por qué si quería segregarnos? ¿Cómo es posible que el país que se precia de sus libertades haya permitido que un hombre que las desprecia sea su presidente? ¿Por qué, por qué?

Los amantes de las armas estarán contentos. Los blancos más blancos estarán contentos. Los latinos naturalizados estarán contentos. Trump les habrá dado una victoria que querían desde hace tiempos, desde el momento en que un negro pudo ser presidente de su país, desde el momento en que les arrebataron la grandeza. Porque serán ellos, de nuevo, los dueños del país, los genuinos plenipotenciarios de esas tierras, abarcadas desde Alaska hasta Texas, los propietarios auténticos y únicos de los territorios. La buena raza.