Cuando el conflicto entre Israel y Palestina se trasladó al fútbol

Aficionados del Celtic ondearon banderas palestinas en el encuentro contra el equipo israelí Hapoel Beer Sheva. No es un hecho único: la Fifa ha tenido que intervenir para limar las asperezas entre las asociaciones de fútbol de Israel y Palestina.

Aficionados palestinos durante la Copa de Asia en 2015. / Flickr - Nasya Bahfen

El Hapoel Beer Sheva, el equipo de fútbol que representa al pueblo de Beer-Sheva, al sur de Israel, ganó este martes el partido de vuelta contra el Celtic de Escocia. No le servirá para pasar a la siguiente ronda de la Liga de Campeones, puesto que perdió el primer partido por 5 a 2, pero es seguro que su participación será recordada por un hecho que en apariencia nada tuvo que ver con el fútbol. En el partido de ida, el 17 de agosto, un grupo de seguidores del Celtic, organizados bajo el nombre de Green Brigades, desplegó más de un centenar de banderas palestinas. La osadía —agitar banderas palestinas ante un equipo israelí— fue calificada como desafiante, fuera de lugar, inadecuada, carente de tacto.

En consecuencia, en el enfrentamiento de este martes en Beer Sheva fueron prohibidos los símbolos palestinos. “Este es un partido profesional de fútbol y no una oportunidad para hacer política —dijo Micky Rosenfeld, vocero de la policía israelí—. En términos de juego, no va a sumar nada a la atmósfera y en cambio podría comenzar tensiones que lleven a otros problemas”. Banderas israelíes ondearon en medio del partido. Nadie salió lastimado. El partido, contrario a la realidad, se jugó en franca lid.

Para quien la desconoce, y a manera de resumen, la tensión entre Israel y Palestina es esta: desde la constitución de Israel en 1948, ambas naciones se han enfrentado por el territorio. En los últimos años, Palestina ha acusado a Israel de fundar asentamientos en tierra palestina y, por lo tanto, de colonizar de manera forzosa una región que no le pertenece. Israel defiende su derecho a poseer dicho espacio. Desde 1987, los civiles palestinos han pergeñado dos intifadas (levantamientos populares) contra los israelíes. Ha habido cientos de muertos, sobre todo de la parte palestina. La última ola de violencia ocurrió en 2015: fue calificada por algunos como la tercera intifada, la de los cuchillos, porque los ataques sucedían por lo general con esa arma. Un año atrás, en una operación denominada Marco Protector, Israel bombardeó Gaza. Grupos paramilitares palestinos, como Hamas, respondieron con misiles caseros. Más de 700 palestinos murieron (la mayoría civiles); más de 60 israelíes perecieron (la mayoría soldados). En términos generales, el conflicto jamás se ha solucionado a pesar de los Acuerdos de Oslo, firmados en 1993 y rechazados, años después, por las autoridades de ambos países.

La división regional ha producido una división internacional. Las Green Brigades son una expresión del apoyo de numerosas organizaciones a la causa palestina (que quiere ser reconocido como país ante la ONU y tener claro los límites de su territorio). El apoyo es de tal magnitud que en dos días, a través de una página de recaudos por internet, las Green Brigades han recogido más de US$170.000 que irán a la organización de caridad Ayuda Médica para los Palestinos, con base en Reino Unido, y al centro Lajee, que se encarga de desarrollar proyectos deportivos y culturales en un campo de refugiados en Belén.

A pesar de los buenos deseos del vocero de la Policía, el fútbol ha sido uno de los campos hacia donde se ha extendido la rebatiña. El deporte, con toda su intención amistosa y su objetivo de unir a los pueblos, no ha sido inmune a la tensión entre Israel y Palestina: en los Olímpicos, el yudoca egipcio Islam El Shehaby rehusó dar la mano a su homónimo israelí, Or Sasson. El hombre, en el ring en que había ganado la lucha en un solo round, permaneció con la mano extendida mientras El Shehaby se retiraba negando con la cabeza. Pocos días después, Sasson apareció en rueda de prensa con Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí. Como en el partido de ida entre Hapoel Beer Sheva y el Celtic, su acto le acarreó la condena moral de una nación que en julio pasado destruyó 43 casas palestinas en territorio palestino.

En el fútbol, en cambio, la discordia ha superado el mero disgusto de una pretendida falta de educación. Desde 2007, la Asociación Palestina de Fútbol (APF) ha denunciado de manera pública a la Asociación Israelí de Fútbol (AIF) por obstruir el tránsito libre de sus jugadores y prohibirles, en ocasiones, la salida del país. Las acusaciones llegaron hasta la Fifa en 2011, donde su entonces director, Joseph Blatter, procuró una solución salomónica: una línea directa con las autoridades israelíes para que los equipos israelíes no tuvieran problemas al moverse por el territorio.

Las prohibiciones se redujeron pero no se acabaron, de modo que Jibril Rajoub, presidente de la APF, amenazó con impulsar una votación en la Fifa para expulsar a Israel de la asociación. En 2013, la Fifa se vio obligada a crear un comité para minar las aspiraciones de Rajoub: se creó un mecanismo para que la APF notificara a la Autoridad Nacional Palestina —el gobierno en curso de los territorios palestinos— sobre los viajes y las necesidades de sus deportistas. Ésta, a su vez, se encargaría de contactar a las autoridades israelíes. Según Al-Monitor, las solicitudes de viaje fueron aprobadas entre un 90% y 95%.

Rajoub insistió en sus demandas: en el Congreso de la Fifa de 2015, pidió discutir los problemas de movimiento de personas y bienes, el racismo y el estatus legal de cinco equipos que se localizaban en Cisjordania. Entonces, de nuevo, intervino Blatter. En una “misión de paz”, como entonces la bautizó, el entonces presidente de la Fifa viajó a Israel y Palestina para limar las asperezas. Blatter propuso un “partido de la paz” entre Israel y Palestina, que nunca se concretó pese a que Netanyahu aceptó la propuesta.

Para diciembre de 2015, los representantes de las dos asociaciones de fútbol se habían reunido tres veces, más que las que otros líderes de Israel y Palestina se han reunido. Según Al-Monitor, las relaciones entre ellas han “mejorado de manera sustancial”: Tokyo Sexwale, un político sudafricano, es el encargado de mediar entre ambas partes desde mayo del año pasado.