Cuando Syriza derrota el miedo

El triunfo de la izquierda radical en Grecia puede obedecer a la desesperación de la crisis o a la ilusión de un cambio. En cualquier caso, el temor a lo desconocido parece el telón de fondo.

Alexis Tsipras, con 40 años, es el primer ministro más joven que ha tenido Grecia. / AFP

¿Cómo puede en la vieja y experimentada Europa un partido inventado anteayer (2012), el griego Syriza, derrotar sin manos a los eternamente dueños del poder, Nueva Democracia y el Pasok? Pero sí creo saber al menos que la victoria en las elecciones legislativas de esa nueva formación política, cuyo nombre se traduce por “coalición de izquierdas”, es la de la desesperación, dirían algunos, y otros, de la ilusión, pero en ambos casos sobre un enemigo temible, el miedo; miedo a lo desconocido; a una indignación popular que hierve, como ocurre con Podemos en España, porque siente que le ha estado robando la modernidad un gobierno de paniaguados, que encabeza el gran partido de la derecha Nueva Democracia, pero en el que los “dizque” socialistas del Pasok han figurado siempre larga y prominentemente.

Pero el triunfo de los advenedizos que dirige Alexis Tsipras, con 40 años el primer ministro más joven de la democracia griega, no es ni el principio del fin, sino el fin del principio.

El engaño, la corrupción, el más desfachatado nepotismo, el caciquismo rural y de barrio, y como remate, la incompetencia, han presidido históricamente la gobernación de Grecia, ingreso en la UE incluido.

Para hacer como que cumplía las exigencias de la organización europea, Atenas declaraba en 2009 un déficit de 2,9%, cuando en realidad era de más del 12%; y en parte para engrasar la máquina de empleo y corruptela que eran las instancias públicas, Grecia debe hoy 360.000 millones de dólares, el 17% del PIB; este año debería reembolsar 20.000 millones de interés de la deuda; y necesitará otros 25.000 millones en los próximos dos años. Yendo todo bien, Grecia estaría devolviendo plata hasta 2045.

Y ante todo ello, los dirigentes de Syriza reaccionan no como energúmenos, sino como un buen alumno que pide un trato personalizado. Durante la campaña electoral, personajes, sobre todo de una “Mitteleuropa” disciplinada y soberbia en su virtud, como la propia líder germana, Ángela Merkel, y su ministro Wolfgang Schäuble, cuyos antepasados llevaban taparrabos cuando Aristóteles instruía a Alejandro Magno, se han permitido decir al ciudadano de la polis cómo votar.

Pero, con un iracundo estoicismo muy mediterráneo, el pueblo de la Hélade ha dicho: “vamos a darles a estos chicos una oportunidad”. Y esa oportunidad consiste en reconocer la deuda, pero para renegociarla con aspiraciones a una quita (condonación parcial), que los gobiernos europeos no han tenido problema en conceder a los bancos, así como acabar con la política de austeridad a cualquier precio, impuesta desde Bruselas, que se traducía en recortes en el Estado providencia, que en Grecia ha sido siempre casi invisible, para reiniciar un consenso de estímulos a la economía.

Ni Europa ni la opinión griega quieren que Atenas salga del euro, sino que se arbitre un cuadro de alivio-luto para que lo mejor no mate lo bueno. Y de la comprensión de Europa depende en gran medida que Syriza sea un éxito o la enésima catástrofe de la idea griega de sí misma.

Pero la victoria de la coalición de izquierdas tiene extensas repercusiones en toda Europa. No sólo, eventualmente, en el partido hermano, Podemos, de Pablo Iglesias, sino en países que están mucho más a la expectativa, como Francia e Italia.

El ascenso de formaciones razonablemente respetuosas con el sistema liberal capitalista, bien que de pedigrí social demócrata y con aspiraciones a domeñar la bestia, es, primero, un verosímil freno a otro crecimiento que tiene raíces en algún caso parecidas, como es el de la extrema derecha en Francia, Alemania, incluso países escandinavos, y cuya “bicha” es la inmigración, pero que se nutre también de la indignación provocada por el fracaso de gobiernos tanto de centro derecha como centro izquierda, los que llevan más de medio siglo dirigiendo la UE; y segundo, y mucho más importante, el posible despertar de un new deal, que deje atrás los flecos de un neoliberalismo, que en Grecia no era tanto una doctrina como una rebatiña inmisericorde en la que todo estaba en compraventa, que recoja la antigua vocación de una Europa social.

Si Syriza sirve para recordar a Europa lo que un día quiso ser, no habrá sido únicamente un fenómeno griego, sino el revolcón que muchos pensamos que tanto necesita la organización de los 27.

En una comunidad europea de 500 millones de habitantes y un PIB de 14 billones de dólares a fin de 2012, Grecia, con sólo 10 millones de naturales y un 3% de ese PIB continental, se ha convertido en la piedra de toque de una larga y dura batalla. Por eso estamos hoy ante el fin del principio.

 

 

 

*Columnista de El País de España

 

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