Cuatro mitos sobre Libia

Después de la desaparición del tirano, Libia no es el paraíso y dista mucho de serlo, hay fuerzas radicales, agendas mezquinas, procesos fallidos y una larga lista de dificultades.

Manifestantes  libios celebraron la muerte de  Muamar Gadafi, el 20 de octubre de 2011.  / AFP
Manifestantes libios celebraron la muerte de Muamar Gadafi, el 20 de octubre de 2011. / AFP

Durante los 42 años del régimen de Gadafi, Libia no tuvo partidos políticos, ni organizaciones de la sociedad civil. La guerra terminó, pero no el largo camino hacia la construcción de un país decente. Ese proceso apenas completa un año y ya se espera, injustamente, que la nueva dirigencia haya resuelto todos los problemas. Los avances no se ven, en parte por las dudas existentes sobre el proceso libio.

Primero, nos dijeron que como las tribus eran de las pocas redes sociales con capacidad de movilización al final de la guerra, lo tribal no sería superado por un ideal nacional y Libia entraría en una nueva dinámica de disputas.

Pero no fue así. Fue posible consolidar las organizaciones que participaron en las primeras elecciones en 60 años. En este proceso, el 80% de las personas en edad de votar lo hizo, con más de 3.000 candidatos. Es cierto que hay 140 tribus, pero la mayoría de ellas no tiene más de mil personas, siendo las más grandes los warfallas y los magarihas. Las tribus sufrieron divisiones internas durante el levantamiento contra Gadafi, pues sus integrantes no actuaron simplemente como “miembros de una tribu”. Renunciar a las tribus, como espacio político, sin tener alternativas, llevaría al país a una crisis como la de Somalia; pero lo que se observa en Libia es la capacidad de priorizar en este momento una propuesta política nacional, por encima de los proyectos tribales.

Segundo, nos dijeron que las milicias iban a definir la política, que Libia se hundiría en un Estado fallido bajo el control de los señores de la guerra, tal como Afganistán en 1989, pero no fue así; de hecho, el nuevo ejército libio se nutre de las milicias. Las recientes manifestaciones, pidiendo su desmonte, no sólo fueron respetadas sino seguidas de una campaña de recolección de armas.

Algunas milicias islamistas, como las poderosas Mártires del 17 de Febrero y Rafala al Sahati, siguen operando, con una autorización oficial, ante la fragilidad de la institucionalidad pos-Gadafi, pero eso no significa que Libia se reduzca a una guerra entre milicias. Como muestra de rechazo social, ciudadanos furiosos atacaron e hicieron huir a las milicias de Ansar Al Sharia de Bengasi, responsables de la muerte del embajador de EE.UU. La tarea del nuevo gobierno será unificar las milicias bajo un solo mando, las cuales, en justicia, fueron las que derrocaron a Gadafi.

Tercero, nos dijeron que como el cambio fue a través de la violencia, un modelo participativo no era ya posible; que la revuelta, por su pecado original, estaba condenada y que ganarían los fanatismos religiosos. A diferencia de Túnez y de Egipto, en Libia las elecciones fueron ganadas por el partido liberal, con más del 48% de los votos.

Una coalición de 58 organizaciones, la Alianza de Fuerzas Nacionales, ganó las elecciones de la Asamblea Constituyente, quedándose con 39 de los 80 escaños para partidos políticos. A pesar de la fragilidad del contexto, sólo ocho de 6.629 puestos de votación no pudieron abrir.

Cuarto, nos dijeron que Libia se fragmentaría en sus regiones, al estilo de Yugoslavia: resultado de las tensiones entre Tripolitania y Cirenaica. Recordemos que Libia nació de la fusión de tres regiones bajo el dominio de los imperios inglés y francés, y sólo es un Estado independiente desde 1951.

No hay actualmente señales de que las tensiones regionales vayan en aumento o el país se esté dividiendo. Hay resistencias obvias porque, como muchos estados, Libia no es homogéneo.

Hay banderas regionales y agendas locales, como la bandera negra de la región de Cirenaica, o la reivindicación de Bengasi como punto de nacimiento de la revuelta, pero eso no impidió la formación de una Asamblea Nacional. Es más, muchas de las críticas son más a favor de una Libia federal que de una separación.

Muchos de los que se escandalizarían con una ruptura de Libia, se quejan de la forma en que los colonizadores europeos delimitaron las fronteras africanas. Si rechazamos la forma como se crearon los estados africanos, ¿cuál es el problema con que se separen? ¿Por qué esa tardía defensa del Estado?

El error estaría en pensar que los libios no pueden ser mayores de edad políticamente hablando y que no pueden acceder a agendas universales, y en reducirlos a los límites de sus regiones, sus tribus y su religión.

Por lo menos hasta hoy, Libia no vive una lucha de señores de la guerra, ni se dividió por tribus o por regiones, ni los islamistas tomaron el poder, ni ha fracasado la institucionalidad en ciernes.

Hay manifestaciones de todo tipo: contra el Gobierno, por un modelo federal, contra el video que ofendía al profeta Mahoma, por una mayor transparencia, por una mayor representación de las mujeres en la Asamblea Nacional, contra las milicias, etc. Estas marchas deben ser vistas como un síntoma de ejercicio de derechos antes que una fractura social.

El rechazo del Parlamento a la propuesta de gabinete de emergencia presentada por el primer ministro Abu Shagur, alegando que su composición no representaba la pluralidad del país, es una muestra del avance democrático. El primer ministro fue reemplazado por Alí Zeidan, opositor a Gadafi desde los años 80.

En todo caso, demasiada fe en la forma más que en el fondo, en las elecciones más que en la construcción de consenso social, puede llevar al fracaso, cuando las agendas sociales, económicas y de género siguen pendientes. Libia no es el paraíso y dista mucho de serlo, hay fuerzas radicales, agendas mezquinas, procesos fallidos, díscolos armados y una gran lista de dificultades, pero no es justo reducir a un pueblo que puso más de 50.000 muertos para lograr expulsar a un tirano, a unos cuantos lugares comunes.

 

 

* Profesor de la U. Javeriana.